Reseña: Esclavos de Taur-Krim

Pocas veces reseñamos en La Nave literatura infantil, porque no era nuestro objetivo inicial. Pero, con el tiempo, hemos ido dándonos cuenta no solo del enorme valor e importancia que tiene la literatura enfocada a niños y preadolescentes, sino también de la gran cantidad de autoras del género fantástico que se centran en esta franja de edad a la hora de escribir. La extendida creencia de que “las mujeres se ocupan mejor de las cosas de la infancia” ha creado la ilusión de que solo estamos realmente capacitadas para trabajar un “género menor”, que ni es menor de verdad, ni es tan simple, ni por lo más remoto es vacuo. Es un doble combo de infravaloración, contra las escritoras y contra el género en sí mismo, que ya nos hemos acostumbrado demasiado a ver en otros campos, como el de la literatura romántica. Así que, al igual que ya hicieron hace muchos meses nuestra capitana al hablar de Lucía Baquedano y Los bonsáis gigantes y la tripulante Claudia Fontana con Jane Yolen y Centaur Rising, hoy estoy aquí para dedicar esta entrada a una obra middle grade que merece estar en vuestro punto de mira, ahora que se acercan los regalos de Navidad y Reyes.

La obra que nos ocupa es Esclavos de Taur-Krim, de la escritora navarra Regina Salcedo Irurzun, primer tomo de la trilogía fantástica Los libros de Ollumarh. Aunque esta es su primera novela, Salcedo lleva muchos años moviéndose en el mundo literario, desde escribiendo poesía (con lo que ha ganado varios premios), hasta impartiendo talleres e incluso guionizando videojuegos educativos. Ahora, con Los libros de Ollurmah, está recibiendo también excelentes críticas y hasta ha sido incluida en el programa de lecturas de FIRA, un organismo dedicado a fomentar la lectura en colegios e institutos de Navarra. De modo que, si tenéis en casa a alguien de entre once y trece años que sea fan de la fantasía, prestad atención, porque esto os podría interesar.

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Portada de Esclavos de Taur-Krim, con la impresionante ilustración de Jon Juárez.

Esclavos de Taur-Krim empieza con un prólogo bastante potente, en el que Falco, el abuelo de la que será nuestra protagonista, intenta reunirse a tiempo con un viejo compañero en unas montañas remotas para hacer frente a “algo” que este ha capturado. Sin embargo, el encontronazo acaba en fiasco y hace reflexionar a Falco sobre lo cerca que está ya el momento de retirarse de esa lucha que ha ocupado toda su vida. Es así como decide aprovechar el cercano cumpleaños de su nieta Mikaela para llevársela a una excusión por el monte y explicarle con tranquilidad la verdad: que él es miembro de la ancestral Orden de los Caballeros de San Jorge y ha llegado el momento de empezar a instruirla a ella para que pueda ser su sucesora. Mikaela, que solo tiene trece años, se toma la noticia primero con recelo y luego con curiosidad; pero Falco no tiene tiempo de explicarle qué es exactamente la Orden ni cuál es su misión. De repente los asalta la sensación de peligro y, tras instar a su nieta a ponerse a salvo, él se queda atrás para protegerla. Y, como era de esperar, nunca regresa.

La muerte de su abuelo deja a Mikaela un poco en el limbo, no solo porque ha ocurrido frente a sus narices sin que ella haya podido hacer nada (y sin que se haya enterado siquiera de qué pasó allí en realidad), sino también porque esa historia que Falco había empezado a contarle queda abruptamente interrumpida. Sin saber qué es eso tan importante que él iba a transmitirle, sin tener ni idea de si iba en serio o era una locura de su abuelo, decide aparcar el tema y olvidarse de ello para seguir con su vida. Pero la medalla de San Jorge que su abuelo le regaló justo antes de morir, esa que la advirtió del peligro antes de que todo se precipitara, la mantiene siempre al cuello, como él le recomendó.

A partir de aquí, la rutina vuelve poco a poco. Empieza el nuevo curso en el colegio, se reúne con su mejor amigo, Wei, y lo vivido en la montaña va sanando. Pero también comienzan a pasar cosas raras. Malos presentimientos, sensación de alarma. Al final termina contándole a Wei todo lo ocurrido con su abuelo y lo poco que este le explicó sobre los Caballeros. Y, cuando ambos intentan descubrir por su cuenta qué demonios está pasando, acaban metidos hasta el cuello en un lío que los lleva, literalmente, a otro mundo: Ollumarh, la tierra de los dragones.

Como ocurre a veces con los primeros tomos de trilogías o sagas, Esclavos de Taur-Krim tiene un carácter bastante introductorio. Una vez que Mikaela y Wei son secuestrados y llevados a Ollumarh como esclavos de los Othir-Raham (los dragones que habitan la región de Keinem), se inicia una fase de descubrimiento: qué es ese mundo, cómo se organiza, cómo y qué hacen los dragones, para qué utilizan a los humanos, qué relaciones se establecen y qué facciones existen, qué papel ocupa la Orden de los Caballeros de San Jorge en todo esto… Mientras nuestros protagonistas estudian (en Taur-Krim no solo los obligan a trabajar, también reciben formación), investigan y calibran sus opciones para salir de allí, van conociendo gente nueva, descubriendo secretos y aprendiendo sobre la cultura y la política Othir-Rah. Y sobre Ollumarh en general, realmente, porque un estupendo aspecto del worldbuilding es que hace hincapié en que ese mundo está dividido en diferentes regiones y existen distintas clases de dragones, emulando la diversidad geopolítica del mundo humano.

El ritmo se puede considerar pausado, aunque en realidad nunca dejan de ocurrir cosas. Mikaela y Wei tienen que enfrentarse a pequeños entuertos que los van haciendo avanzar o los empujan a tomar decisiones que marcan sus caminos y mueven la trama. A pesar de que en ocasiones esto transmite cierta sensación de irregularidad, también es una estructura que nos recuerda fácilmente a otras obras de este estilo, y que justo por eso se hace cómoda y amena. Los acontecimientos empiezan a coger impulso en el último tercio, desembocando en un cliffhanger bastante potente que enlaza con el segundo tomo de la saga. Y, aunque a veces el grupo encuentra soluciones a los problemas de forma demasiado sencilla o casual, todo está bien enlazado, la relación causa-efecto está equilibrada y la historia se reserva unas buenas dosis de complejidad en otros aspectos.

Uno de estos aspectos son los propios personajes y las relaciones entre ellos, detalle que me ha dejado personalmente muy satisfecha. En primer lugar, los roles de Mikaela y Wei parecen estar invertidos, con respecto a lo que solemos encontrar en series y sagas infantiles. Ella es la protagonista indiscutible, la heredera destinada a pertenecer a la Orden de los Caballeros de San Jorge y tomar el relevo en la lucha contra los Othir-Raham. Pero también es la dinámica, la impulsiva, la que a veces hace las cosas sin pensar demasiado, pero que al mismo tiempo demuestra un valor y un arrojo envidiables. Mikaela es la fuerza motriz del equipo, la líder de buen corazón que no se deja aplastar por el desánimo incluso cuando llegan las dificultades. No es omnipotente, porque no deja de ser una niña con una información muy capada de lo que está sucediendo. En más de una ocasión también podemos ver en ella esos destellos de preadolescente, en sus actitudes o reacciones, que le dan volumen al personaje. Y, aun así, se mantiene fuerte. No quiere solo escapar; quiere descubrir qué iba a transmitirle su abuelo y quiere arreglar las cosas. En los momentos clave demuestra una gran entereza.

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Portada de La resistencia, segundo libro de la trilogía.

Wei, por su parte, ocupa el papel de amigo más discreto y “empollón”. Es el que ejerce un poco de freno a la impulsividad de Mikaela y hace de voz de la razón. Pero tampoco es el típico empollón repelente sabelotodo que se pasa el día aleccionando; simplemente tiene facilidad para aprender, lo que no siempre se traduce en seguridad en sí mismo. Es despistado, le gusta abstraerse dibujando cómics (lo que no impide que además tenga buen don de gentes) y, aunque prefiere pensar las cosas bien antes de lanzarse sin más a la aventura, también es bueno encontrando soluciones rápidas cuando hace falta.

Gracias a esto, el tándem que forma con Mikaela es muy refrescante y agradable de leer. Ambos están muy unidos y se complementan muy bien, pero un detalle muy importante es que ninguno bloquea la vida o el desarrollo del otro. Mikaela tiene sus propias historias, Wei se enamora de una de sus compañeras en Taur-Krim, y nunca hay ningún asomo de celos o mal rollo entre ellos, sino más bien todo lo contrario. Tampoco se produce un distanciamiento; siguen siendo uña y carne, algo que Salcedo se encarga de reiterar más de una vez a lo largo de la novela: cuando discuten, los dos se quedan hechos polvo; cuando se reconcilian, recuperan la energía de golpe; cuando están separados, se preocupan por el estado del otro. En definitiva, una amistad sana entre un niño y una niña, amistad auténtica, que ha sido un placer encontrar y disfrutar.

Furax, tercer miembro del trío protagónico, un adolescente varios años mayor que conocen en Taur-Krim, es quizá el que más se ciñe a un arquetipo de personaje determinado: pícaro y astuto, de mente aguda y lengua irónica, que en más de una ocasión guarda un as bajo la manga o sale airoso de los problemas gracias a su ingenio. Es el tipo de persona que aún invierte energía en hacer bromas sarcásticas y tomarle el pelo a los demás, como si nada pudiera perturbarlo, aunque las circunstancias lo tengan ya tan quemado que el destrozo anímico tal vez sea irreparable. A través de Furax se nos abre una ventana a los aspectos más serios de la novela, pues él es un producto puro y duro del sistema de esclavitud de los Othir-Raham: víctima de los maltratos y palizas, fugitivo reincidente, que ha pasado por un campo de trabajos forzados y estará bajo pena de muerte como lo vuelvan a pillar. Furax ha conocido la cara más oscura de Ollumarh, lo que contrasta con la ingenuidad de Mikaela y Wei y lo hace más brusco y más duro en situaciones en las que los niños pueden permitirse ser más idealistas o altruistas.

No obstante, Furax tampoco se ha convertido en un cínico consumado; sigue queriendo vivir, sigue queriendo escapar y, en cierto modo, sigue teniendo esperanza, en buena parte alimentada por Mikaela. Aunque la dinámica de su relación con esta es en ocasiones algo estereotipada, con los típicos piques entre ambos, se agradece que no quede reducido solo a eso y que podamos ver en él una pequeña evolución, desde que se conocen hasta que termina la novela. Un cierto proceso de “curación”, reconciliándose un poco con sus heridas y su resentimiento.

A pesar de todo, es en el bando de los antagonistas donde he encontrado al personaje que más me ha llamado la atención, a nivel personal: Lei-Shu, el capitán de los Oxmontaj, guerreros humanos descendientes de aquellos que decidieron quedarse en Ollumarh y que sirven a los Othir-Raham a modo de ejército o guardia. Lei-Shu es un personaje con una moralidad muy gris, que no se arrepiente de haber cumplido con su trabajo, por muy brutal que este haya podido ser, y que solo empieza a plantearse su “conversión” cuando comprende que ellos, los humanos nacidos y criados en Ollumarh, que ya pertenecen a ese mundo porque es el único que han conocido, nunca terminarán de ser considerados como iguales por los Othir-Raham. No importan las apariencias, los rituales, el estatus o la aparente libertad de movimientos; muchos dragones los siguen considerando extranjeros o seres inferiores. La situación de los esclavos no le importa tanto como le importa descubrir la realidad de su propio colectivo, su intención original nunca fue ayudar a los niños, de modo que su cambio nace principalmente de razones egoístas, al verse desautorizado y menospreciado. Y ese es un detalle muy interesante. Me quedé con muchas ganas de saber algo más sobre su evolución.

A quienes tampoco hemos podido conocer realmente a fondo son los propios Othir-Raham, porque, aunque la novela gira siempre en torno a los dragones, los protagonistas no establecen relaciones significativas con ninguno de ellos. Shroll, que actúa como antagonista principal de los niños, es de quien más vemos: un villano muy de manual, cruel y sádico, que está por completo a favor de la supremacía Othir-Rah y considera a los humanos poco menos que herramientas de usar y tirar. Sabemos que no todos son iguales y que existen diferentes facciones, pero solo se las menciona como telón de fondo. Supongo que es un aspecto que se desarrollará con más profundidad en el segundo tomo.

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La autora, Regina Salcedo, durante la presentación de La resistencia.

En definitiva, de la interacción entre los personajes y las diferentes relaciones de poder se puede extraer un subtexto bastante rico. Como buena obra middle grade, el corazón de la novela se sustenta en la amistad, la colaboración, el trabajo en equipo, la esperanza y perseverancia ante las dificultades. Pero Ollumarh no es un mundo amable y no esconde los horrores de la esclavitud ni la violencia que ejercen (tanto los dragones como los soldados Oxmontaj) sobre los chavales, que va desde los castigos físicos hasta las ejecuciones. Los paralelismos están más que claros: los niños son arrancados de su mundo y llevados por la fuerza a otra tierra, donde se ven obligados a servir a la raza dominante. Son mercancías que se toman y se reparten como cosas o animales y, aunque las circunstancias de opresión varían en función del puesto que les toque ocupar y se supone que serán liberados de nuevo cuando alcancen la mayoría de edad, eso no hace su realidad menos cruda. Furax se encarga de recordárnoslo.

Por otro lado, también se esboza el germen de la lucha social. Sabemos que existe, o existió, la resistencia humana e incluso un movimiento reformista entre los Othir-Raham simpatizantes de los humanos. El mundo no es monolítico. Es muy interesante también la relación entre los esclavos que se mantienen fieles a la Tierra y los Kroie, aquellos que deciden renunciar a todo para quedarse para siempre en Ollumarh: los primeros tratan a los segundos de traidores, y los segundos muchas veces adoptan las mismas técnicas de opresión que utilizan los Othir-Raham hacia los esclavos normales, un síntoma de alienación que no pasa desapercibido. Pero para los Kroie la integración total no es posible, porque, como vemos a través de Lei-Shu, los dragones no los consideran de verdad sus iguales. Se mantienen así en una tierra de nadie, ni humanos ni dragones, fuera de cualquiera de los dos bandos y en el fondo rechazados por ambos.

Esto último recuerda a la situación de los inmigrantes y los hijos de estos, que ya pertenecen al país en el que han nacido y crecido, pero que siguen siendo vistos como elementos extraños por el resto de la sociedad. Es una manera algo tangencial y sutil de tratar el racismo y la segregación, pero el mensaje salta a la vista (a este respecto es especialmente valiosa la perspectiva de Lei-Shu, que explica la situación desde dentro; Mikaela, al fin y al cabo, es una niña pequeña en un ambiente hostil y, aunque a veces reflexiona sobre que las apariencias engañan, no siempre se libra de una visión algo maniqueísta de la realidad).

Por último, el registro técnico es accesible, pero al mismo tiempo exige un poco a los lectores. La lengua franca entre los Caballeros de San Jorge, entre los esclavos y entre humanos y Othir-Raham es el latín, de modo que en Ollumarh abundan los términos latinos para designar los diferentes rangos de los esclavos y demás. La lengua de los Othir-Raham, el yorkigh, también tiene un papel prominente, diseñada con su propia lógica interna, aunque no se use nunca en grandes parrafadas. Todo esto le da al vocabulario un punto extra de complejidad, aunque la novela cuenta con un glosario final muy útil. Acostumbrarse a este rasgo puede costar al principio, pero prestarle atención al aspecto lingüístico en un contexto tan plural como el que refleja Esclavos de Taur-Krim es un detalle muy de agradecer y que le da un toque de profundidad a la ambientación y al worldbuilding, ya de por sí muy cuidado y rico.

Cierro la reseña recordándoos que, a pesar de ser una obra enfocada al público infantil, puede ser también disfrutable para el lector adulto. A pesar de los pequeños problemas de ritmo que comenté al principio, el escenario que nos plantea es interesante, los personajes tienen carisma y la trama termina atrapando. Y, repito, si tenéis pequeños fans de la fantasía en casa, planteaos Los libros de Ollumarh como regalo estas fiestas: pueden encontrarse en algunas tiendas, encargarse por email o a través de Facebook. La segunda novela de la trilogía, La resistencia, salió a la venta en primavera, y la tercera se prevé para el primer trimestre de 2018. De modo que, si tenéis ganas de dragones, aquí tendréis dragones para rato.

Pilar Caballero
Pilar Caballero (Reseñas/Corrección): Dikana en el ciberverso. Humanista, escritora y multitasking editorial, fan del storytelling en cualquiera de sus formatos. Criada en el terror, formada en la fantasía y ahora enamorada de la ciencia ficción. Me dedico a reseñar todo lo que caiga en mis garras como si no existiera el mañana.


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