Reseña: Las madres negras

Al leer Las madres negras, una tiene la sensación de que la escritora Patricia Esteban Erlés (Zaragoza, 1972) ha construido un lugar, levantado piedra a piedra, que bien podría haber sido un palacio, pero ha tomado la forma de convento –una degeneración maléfica del tópico literario de la casa encantada– para ofrecerle un hogar a todos los monstruos que habitan en su imaginación. Un impulso materno, que nace incluso en las madres que odian a sus propias criaturas. Horrorizada por su criatura, aun así, decide construir una torre, una mazmorra, un desván, cualquier lugar aislado del mundo donde mantenerlo a salvo. O quizás, culpable, quiera mantener a los demás a salvo de él.

Portada de Las madres negras.

Patricia Esteban construyó el convento de Santa Vela en un lugar fuera del espacio y el tiempo conocidos para ofrecer cobijo a algunas de las criaturas más solitarias y tristes con las que me he topado en mis años de lecturas. Niñas cuyos padres han muerto de peste. Niñas que han sufrido un accidente y se han perdido en los bosques. Niñas hermosas que son hijas de brujas aún más hermosas. Niñas que nacieron cosidas a otras niñas: «Sentadas en el suelo, unidas como las doce en el reloj. El torreón está oscuro. Somos su monstruo.»

Pero no sólo están las huérfanas; también están las monjas que las cuidan, víctimas de la misma soledad, arrastradas por una marea de fanatismo, de ese que arrastra con docilidad a cualquiera que no tiene ningún otro camino en la vida; y también están los habitantes de las tierras inventadas que lindan con el convento: fabricantes de muñecas cuyo pelo sedoso es el que se les arranca a las huérfanas; familias adineradas que buscan una niña que llene un vacío que nunca deja de sangrar… Y esa estructura de piedra húmeda, oscura, llena de pasillos sin final, escaleras que acaban en bocas oscuras, ventanas que lloran… El propio convento, que una vez fue una casa encantada –no en vano la autora dedica el libro «A Shirley Jackson, señora de todas las casas encantadas»–, arrastra su historia triste, pues su tortuosa estructura fue diseñada para esconder los fantasmas que perseguían a una joven viuda, cuyo marido, inventor de armas, cargaba miles de muertes a sus espaldas; una pesadilla que recuerda a la leyenda de los Winchester que estos días podemos ver en los cines.

Aunque Las madres negras se dice novela –y ha sido galardonada con el IV Premios Dos Passos a la Primera Novela–, resulta evidente, y más conociendo la trayectoria literaria de la autora como cuentista de reputada calidad, que los capítulos de este libro pudieron ser concebidos, al menos bastantes de ellos, como historias sueltas, en momentos creativos diferentes, y después fueron unidos con un hilo muy fino, retorcido, bajo la sombra del convento regido con mano de hierro por la hermana Priscia y vigilado por un Dios demasiado cruel para ser Dios. Leyendo, la estructura recuerda inevitablemente a Crónicas marcianas de Ray Bradbury, autor del que toma prestado un fragmento de La feria de las tinieblas para inaugurar el libro: «El infierno nunca tuvo mejor aspecto.»

Este imaginario particular de criaturas desgraciadas que pueblan unas tierras de aspecto medieval, frías y peligrosas, ha debido acoger múltiples personajes, y no sabemos cuántos de ellos han quedado contenidos en Las madres negras. El primer capítulo –cuento–, apoyado de una sinopsis en la contraportada un tanto inexacta, nos hace creer que la novela girará en torno a la historia de una niña en particular de nombre Mida, a la que Dios se ha acercado y le ha susurrado al oído que él mismo no existe. Pero Mida no vuelve a aparecer en varias decenas de páginas, y cuando vuelva a aparecer lo hace de fondo, como un rumor hilvanado para mantener unida la coherencia del mundo imaginario construido. Entre medias aparecen otros tantos personajes circundantes de los que casi nunca volveremos a saber nada. Sólo al final, de forma un tanto breve y precipitada, recuperamos a algunos de ellos: Mida, la niña que sabe que Dios no existe; la hija de la bruja y el lobo; Pola la bella, cuya belleza verdosa vuelve locos a todos los hombres que habitan la Tierra; la tullida Coro, olvidada…

Patricia Esteban Erlés, autora de Las madres negras.

Solo hay dos personajes cuya presencia se mantiene prácticamente omnipresente durante todas las páginas y ambos son la encarnación del Mal. Por un lado, la hermana Priscia, una mejor enorme y despiadada, que ahoga libros y tortura a niñas. Después de una terrible violación por varios muchachos de su aldea, Dios se le apareció para decirle que sería suya para siempre si hacía algunas cosas por Él. Y sí, Él es, en segundo lugar, el personaje más terrible de la novela. Un dios violento, cruel, lascivo, sádico… Más humano que en ninguna otra representación de Dios con la que haya topado. Baja a la Tierra para inspirar miedo y yacer con las huérfanas. Asesina a un muchacho para poseer su cuerpo como un parásito y violar a Pola la bella.

Las madres negras es un libro cargado de imágenes bellas, bellísimas, cinceladas con un lenguaje exquisito de una prosista a la que se intuye habituada a elegir con sumo cuidado cada palabra. El suyo es un estilo depurado pero abundante, recargado, como se espera de un narrador gótico, y ella lo es, porque nos recuerda a los castillos encantados bajo la tormenta, a los fantasmas que no encuentran consuelo, a las damas hermosas de pasado triste… Una lectura neogótica para lectores exigentes.

Colaborador
Raquel Moraleja (Colaboradora): Raquel Moraleja (Madrid, 1992) es Graduada en Periodismo y Máster en Estudios Literarios por la UCM. Actualmente es la responsable de comunicación de la editorial Impedimenta. Ha publicado la novela corta Sin retorno (Verbum, 2016).
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