Las escritoras victorianas: una aproximación a su contexto y a algunas autoras invisibles

I

 

Las escritoras han formado parte de todas las épocas y corrientes literarias, aunque muchos nombres no han entrado en el canon y han terminado por borrarse de la memoria colectiva. Aún hoy en día, en la era de la información, desconocemos la vida y la obra de muchas escritoras que cosecharon éxito y alabanzas en vida.

Ha habido épocas más prolíficas que otras, pero dentro de estas épocas gloriosas nos gustaría ubicarnos dentro de finales del siglo XIX. La bonanza económica, la seguridad burguesa y el fácil acceso a la educación de muchas mujeres propició que hubiese una cantidad enorme de mujeres escribiendo literatura. Especialmente terror, pero también fantasía.

En el siglo XIX cobra popularidad la novela moderna tal y como la conocemos hoy. Pero también es muy popular la novela por entregas, que se distribuía a capítulos en los periódicos de la época; como ejemplo, casi toda la obra de Holme Lee se publicó así. Durante un tiempo se consideró que las novelas eran cosa de mujeres: las leían mujeres y las escribían mujeres.

Ilustración que muestra a dos mujeres victorianas leyendo.

Las novelas trataban muchos temas diferentes, pero la mayor parte de ellos se centraban en asuntos cotidianos: temas que conocían las lectoras y con los que se identificaban. La familia, la reputación, la libertad frente a un marido desagradable… El aburrimiento de ser una mujer encerrada en una casa atada a unas normas sociales bastante rígidas eran motivos que atravesaban muchos de los personajes y protagonistas de estas novelas. «De hecho, para escritoras como M. E. Braddon, Rhoda Broughton, “Ouida” y Mrs Henry Wood, la novela sensacionalista parece haber actuado más como vehículo de un deseo femenino de mayor libertad que lo que hizo el género sobrenatural. Mientras, las historias sobrenaturales de las escritoras tienden a ser una exploración más sutil de la condición femenina -ya sea en el aislamiento de los páramos o en el medio de la materialista ciudad industrial» [1]. Pero no todas estas historias tenían que estar atadas al realismo absoluto: algunas autoras se atrevieron a añadir fantasmas, maldiciones, casas encantadas y otra clase de horrores sobrenaturales.

Las sufragistas supieron aprovechar el momento histórico que estaba viviendo la literatura. Muchas de ellas consiguieron, de hecho, ser económicamente independientes, como Violet Hunt, gracias a ser escritoras. Obviamente, tampoco iban a dejar de sembrar sus ideas revolucionarias dentro de sus textos.

Dejando aparte el realismo, el género que más le gustó a estas mujeres fue el terror. De hecho, se considera un género en sí mismo el terror victoriano escrito por mujeres en el siglo XIX. Los nombres de estas escritoras se pueden contar por decenas; y esto es solo la punta de un iceberg. Entre las más reconocidas están: como nombraba Dickersson, Rhoda Broughton o Elizabeth Gaskell y, desde luego, Mary Shelley.

Sin embargo, queremos detenernos un momento en Louisa Baldwin, quien no ha sido traducida apenas al español aunque su mérito literario o personal no es menos que el de estas autoras.

Retrato de Louisa Baldwin.

Louisa Baldwin (1845-1925) fue una de las hermanas McDonald, cuatro hijas de un pastor metodista de Edimburgo que se hicieron conocidas por su belleza y sus sonados matrimonios: Georgiana se casó con el pintor Edward Burne-Jones, Alice fue la madre de Rudyard Kipling y Agnes se casó con el pintor Edward Poynter. La propia Louisa fue madre del primer ministro Stanley Baldwin.

Louisa Baldwin recibió una educación refinada y desde pequeña visitó, junto a sus hermanas, galerías de arte. También se mostró interesada, desde muy temprano, por lo sobrenatural, cuando intentaba contactar con su hermana Carrie en sesiones de espiritismo.

Cuando llegó a adulta ya se había convertido en mujer culta, que leía a Shakespeare y era apasionada admiradora de George Eliot, amiga de una de sus hermanas. Mantenía una amistad bastante cercana con William Morris, con quien se carteaba cariñosa y frecuentemente.

En 1867 nació su hijo Stanley. Louisa siempre fue frágil de salud, por lo que es posible que no soportara otro embarazo posterior y sufriera un aborto, tras el cual su salud empeoró hasta el punto de quedar inválida hacia el final de su vida.

Durante los primeros años de matrimonio escribió y publicó cuatro novelas que no fueron especialmente bien recibidas. Tras el aborto, y debido a los periodos recluida y muy probablemente sufriendo una depresión bastante severa, comenzó a escribir una colección de relatos de terror, y aunque ya los había publicado en revistas anteriormente, aparecieron juntos en un volumen en 1895. Dedicados a su sobrino Rudyard Kipling, se titulan The Shadow on the Blind, and Other Ghost Stories y son diez relatos cortos sobre temas como casas embrujadas, maldiciones familiares, premoniciones de muerte y apariciones de fantasmas. Ninguno de ellos destacó de manera especial, ya que decían sus contemporáneos que eran predecibles. Sin embargo, nos parecen interesantes por la forma en la que vuelca sus enfermedades dentro de la literatura. De estos diez relatos, solo tres han llegado a traducirse: “Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor” se puede encontrar en Damas oscuras, editado por Impedimenta en 2017; los otros dos en antologías americanas publicadas en 1990 y 2009.

Louisa siguió escribiendo alguna pequeña novela para niños, en los años que sus nietos eran pequeños, y un volumen de poesía en el que lloraba la pérdida de su marido. Aunque ya postrada en una cama, viuda y terriblemente enferma, se sabe que estuvo escribiendo hasta casi el final de sus días, ya que en 1924 apareció un poema suyo publicado en The Morning Post.

Una de las ilustraciones de las novelas de Tuflongbo, de Holme Lee.

La fantasía que se escribía en esta época, sin embargo, es muy diferente a la que conocemos ahora. El señor de los anillos todavía no había sentado las bases de la fantasía moderna: se acerca más a los cuentos de hadas de los hermanos Grimm y de los cuentos orales que al catálogo de razas, temas y conflictos que tenemos hoy en día. Solemos pasar por alto que el género fantástico y el juvenil estuvieron muy vivos durante este siglo, y que las autoras también contribuyeron a él. Sirva de ejemplo la novela juvenil, tan aparentemente copada de nombres masculinos como Lewis Carroll o George MacDonald, pero en la que también se cuenta con autoras como Edith Nesbit, Anna Sewell o Beatrix Potter. O en este caso, Holme Lee, de quien tampoco se ha traducido ninguna de sus obras a español.

Holme Lee (1828-1900) es el pseudónimo de Harriet Parr, quien tuvo su primer gran éxito literario a los 26 años y desde entonces pudo vivir de la escritura. Su bibliografía es extensísima, ya que publicó al ritmo de casi un libro al año hasta su muerte. Su especialidad eran las novelas por entregas: la mayor parte de sus obras están divididas en tres tomos, pero tuvo tiempo de cultivar muchos géneros literarios diferentes: novelas autoconclusivos, relatos que publicó en revistas, colecciones de relatos e incluso libros de no ficción.

Holme Lee consiguió cruzar el océano: no solamente era superventas en Inglaterra, también lo era en América. Se decía que a la reina de Inglaterra le encantaban sus novelas y que había llegado a decir que era su escritora favorita. Quizás fuese una cuestión de marketing; sí es cierto que uno de los pocos retratos que se conservan de Holme Lee lo mandó pintar Victoria en persona.

La mayor parte de su obra era literatura de consumo masivo en su época: historias realistas y sagas familiares, en las que los personajes femeninos se enfrentaban a la decisión de elegir seguir sus deseos o la moral correcta de su época. A pesar de escoger estos temas, Holme Lee no era una escritora provocadora: no quería agitar conciencias, solo vivir de su escritura y quizás transmitir los valores católicos bajo los que ella misma vivía. Pero Holme Lee no solamente escribió género realista: tuvo una incursión, con mucho éxito a juzgar por las reediciones y las reseñas de la época, en la fantasía. Su producción fantástica se enmarca dentro de la literatura infantil; o por lo menos lo que para entonces se consideraba literatura infantil.

Legends from fairyland: narrating the history of Prince Glee and Princess Trill (1860) fue la primera de sus novelas. Pero el personaje más entrañable y reconocido para la época lo dio con su siguiente obra, The wonderful adventures of Tuflongbo and his elfin company, in their journey with little Content through the enchanted forest (1861), que es un título largo pero satisfactoriamente descriptivo. Tuflongbo tuvo tanto éxito que al año siguiente Holme Lee publicó una precuela a esa novela: Tuflongbo’s journey in search of ogres (1862).

Desde entonces se publicaron, tanto en vida como tras la muerte de Holme Lee, diferentes ediciones o recopilaciones de estos cuentos: ilustradas, uniendo los tres volúmenes, de bolsillo…

Los lectores de la época, no solamente los niños, disfrutaron de Tuflongbo y sus aventuras. En las ilustraciones de las ediciones especiales se pueden observar una gran variedad de razas fantásticas: gigantes, ogros, hadas, dragones, caballeros…

Alguna de las reseñas a las que hemos podido acceder se quejan, sin embargo, de que sus cuentos y sus personajes son demasiado clásicos. También comentan que, aunque sus aventuras son memorables y leer sus novelas es muy entretenido, la trama arriesga poco y vuelve a caer en temas cotidianos y pequeños dilemas morales en los que la educación de la época triunfa sin penurias.

Retrato de Mary Shelley, que, aunque no se considera victoriana, tuvo una gran influencia en ellas.

De los tres grandes géneros fantásticos con los que contamos hoy (terror, fantasía y ciencia ficción) entre estas autoras no encontramos ejemplos de ciencia ficción. Por edad, Mary Shelley es romántica y no victoriana. El género de la ciencia ficción había surgido antes de que estas mujeres llegasen a su apogeo literario, pero este tardó décadas en arrancar: se saltó a las victorianas.

II

 

El 22 de enero de 1901, en Osborne House, moría la Reina Victoria I de Reino Unido. Con reumatismo, cataratas y otros problemas de salud, era una mujer anciana que moría acompañada de su hijo y sucesor en el trono. Tenía 81 años, 73 de ellos como soberana, en los que el mundo había cambiado para siempre, y lo había hecho de tal manera y a tal escala que las generaciones posteriores no podrían dejar de maravillarse al contemplar la época victoriana.

El Reino Unido parecía estar destinado a grandes hazañas tras la gloria militar de Waterloo. Vencido Napoleón, ¿quién osaría hacerle sombra a la Armada Real Británica y sus compañías navales que monopolizaban el comercio de los siete mares? Ya no tenían poder sobre las colonias americanas y decidieron volver la mirada a India, Asia y Oceanía, controlando la zona desde 1815. Los grandes avances náuticos (propiciados en parte por la Revolución Industrial y por los pasos de gigante que da la ciencia en estos años) posibilitan la formación y el asentamiento de un vasto imperio con una densa red de comercio e intercambio de bienes e ideas como nunca antes se había visto.

Inglaterra ya no era un país que solamente ocupaba las islas británicas. El imperio se extendía por varios continentes más. Y esto, por supuesto, dejó su huella en la literatura: un ejemplo de esto es Bithia Mary Croker (1847-1920).

Bithia Mary Croker nació en Irlanda y era hija de un pastor anglicano de buena familia, lo que le permitió educarse en Inglaterra y Francia. Le apasionaba leer, así como montar a caballo. En 1871 se casó con John Crocker, Teniente de los Royal Scots Fusiliers. Un año después nació su única hija y en 1877 John fue ascendido a Capitán y destinado a la India, así que toda la familia se mudó con él.

Tres años después de llegar allí, Bithia comenzó a escribir, aunque en un principio solo se trataba de un entretenimiento. Años después, podemos decir que se convirtió en una escritora muy prolífica con casi cincuenta obras, la mayoría ambientadas en Irlanda o en India. Se trata de novelas románticas que han despertado más interés e importancia especialmente en los estudios de literatura postcolonial.

Fotografía de Bithia Mary Croker, fecha desconocida.

En 1893, cuando su marido ya se había retirado del ejército y habían regresado a Gran Bretaña, publicó un volumen de relatos, alguno de ellos de terror, bajo el título “To Let”. Muchos de estos relatos han estado presentes en diferentes antologías que se han publicado desde entonces en inglés, lo que en parte habla de la calidad de su obra. Los relatos son una muestra del conocimiento que Bithia adquirió en los años que vivió en India, ya que entrelaza leyendas y costumbres locales con personajes occidentales. En 1895 volvió a publicar otra colección de relatos titulada “Village Tales and Jungle Tragedies” donde vuelve a integrar elementos sobrenaturales y, esta vez se basa en supersticiones y maldiciones indias sobre la muerte, sin dejar de lado la presencia británica en la zona.

Durante estos dos años publicó algunos relatos más en revistas y periódicos, algunos de terror como “Number Ninety” en el que aprovecha el conocido tema de un escéptico apostando pasar una noche en una casa embrujada. Merece la pena destacar “The Red Bungalow” publicado en 1911, pues traslada el tema de casa embrujada en un contexto anglo-indio, como ya había hecho en varios relatos anteriores. Los temas asiáticos, como se puede ver, son una constante en su obra, como también lo son las diferentes vicisitudes que tiene que atravesar la protagonista (la gran mayoría de su obra está protagonizada por mujeres), quizás un reflejo autobiográfico. Ninguna de estas obras ha aparecido en español.

La obra de esta autora resulta de especial interés en el contexto colonial, como ejemplo de que no todas las ghost stories estaban ambientadas en grandes mansiones urbanas, y también como cierta metáfora de esas tensiones sociopolíticas que existían entre ambas partes enfrentadas. Hay historiadores que señalan que la autora, por ser irlandesa viviendo en India, podría tener una mayor comprensión de los efectos de la colonización que otros autores victorianos. Melissa Edmunson dice: «usa los fantasmas y las supersticiones locales para ilustrar la aparente y frágil distensión que existía entre colonizador y colonizado», y también: «en sus historias vemos cómo los británicos intentan apegarse a la realidad cuando encaran los fantasmas y los espíritus de los otros, y al mismo tiempo tratan de convertirse en un poder superior cuando elementos sobrenaturales inexplicables amenazan su sentido de orden y control» [2]. Incluso llega a analizar la empatía que Bithia demuestra hacia las mujeres indias, mostrándolas como «víctimas de la hegemonía masculina, y como fantasmas, mujeres empoderadas que usan sus habilidades contra sus opresores», estableciendo un vínculo entre la personificación del subcontinente indio y estas mujeres, una suerte de femme fatale sobrenatural.

Ilustración del Londres de la época.

Eran años dorados para la industria: nuevas máquinas, nuevas materias primas, nuevos horizontes a descubrir; pero también años oscuros quizás dominados por la ambición desmesurada del patrón, la fiebre colonialista o la angustiosa necesidad del obrero donde prácticamente todo valía. Insalubridad, espantosas condiciones laborales y la explotación infantil estaban a la orden del día. Este progreso generaba rechazo en cierta parte de la sociedad, pero otra parte fue hábil a la hora de levantar la voz por esos oprimidos y denunciar las injusticias aprovechándose de la cada vez más ociosa burguesía.

Todo ello parece un caldo de cultivo perfecto para el nacimiento de la novela moderna. Ya fuera por entregas o en volúmenes completos, nos hablan de esa dualidad característica victoriana. Estas autoras llegan hasta aquí por una corriente de mayor libertad de movimiento para las mujeres que nace aproximadamente hacia mediados de siglo, debido en parte a la bonanza económica. Es cierto que sólo estaba permitido a las altas esferas, pero la lucha por los derechos había comenzado. Las primeras asociaciones, fundadas al amparo de John Stuart Mill, se planteaban pequeños retos como la posibilidad de participar en eventos públicos, pero en seguida se aspiró al sufragio femenino (aunque sin contemplar la universalidad). No fue casualidad que el movimiento brotara con fuerza en Manchester, cuna de la Revolución Industrial, con asociaciones fundadas alrededor de 1867. Se extendió rápidamente por las grandes ciudades del país y, aunque con diferentes formas de planteamiento, tres años después ya se considera un movimiento nacional. Las principales organizaciones eran la National Union of Women’s Suffrage Societies (NUWSS) de Millicent Fawcett, consideradas pacíficas y moderadas en sus formas, y el Women’s Social and Political Union (WSPU) de Emmeline Pankhurst, despectivamente llamadas suffragettes, consideradas violentas y mucho más radicales y peligrosas.

Violet Hunt (1862-1942) nació en Durham, se mudó a Londres y allí creció. Fue una activa feminista que participó en la fundación de Women Writer’s Suffrage League. Por supuesto, y como en muchas de sus compañeras, los temas feministas no dejaron de colarse en sus novelas realistas.

A pesar de que tenía buena reputación como escritora y, de hecho, su bibliografía es muy extensa, parte de su fama en el momento se debía a las reuniones literarias que celebraba en su casa. Violet Hunt tenía una estrecha relación con muchos de los escritores y escritoras más célebres de Londres y bajo su techo llegaron a estar Ezra Pound, H.G. Wells, Oscar Wilde o Rebecca West.

Violet Hunt nunca llegó a casarse. Se sabe que tuvo varias relaciones amorosas con otros hombres, sobre todo mayores que ella o ya casados; pero era económicamente independiente y nunca manifestó tener ganas de contraer matrimonio.

Violet Hunt es otra escritora con una bibliografía extensísima. No solamente hizo novelas, sino que cultivó otros géneros. La mayor parte de su producción, como muchas otras de las mujeres nombradas, es de género realista. Lo que nos interesa dentro de su obra son fundamentalmente dos colecciones de cuentos: Tales of the uneasy (1911) y, visto el éxito de la primera colección, More tales of the uneasy (1925).

Fotografía de Violet Hunt.

De todos los relatos que forman estas dos colecciones (9 la primera y 4 la segunda), solamente ha llegado a traducirse uno al español: “The prayer”, que ha llegado con cuatro traducciones diferentes a cuatro antologías diferentes; la más reciente, Damas oscuras (2017) de Impedimenta, como “La oración”.

Estos relatos de Violet Hunt forman parte del género de terror victoriano y las ghost stories. Pero más allá del tema que hila el relato, siempre se ha destacado su prosa; el tratamiento de los temas que toca es fresco y original.

Si seguimos pensando en la novela que nace en esa época influenciada por la realidad social, existe un caso concreto que merece la pena examinar de cerca: la novela de misterio o sensacionalista, con Wilkie Collins como máximo referente. Pero son las autoras quienes darán una vuelta de tuerca a esas historias de misterio y las llevarán hacia lugares más oscuros y terroríficos. El terror victoriano, también llamado gótico victoriano, recupera esa corriente oscura y en algunos casos efectista propia de Ann Radcliffe, asentado tras Mary Shelley, y lo actualiza al siglo XIX con las particularidades que se mencionan antes. Propio de una sociedad cada vez más urbana, más superpoblada y más cosmopolita, el nuevo género responde al temor y la fascinación que ejercen sobre la sociedad elementos como las grandes mansiones embrujadas y las criaturas sobrenaturales que las habiten.

En 1861 muere el Príncipe Alberto, marido y gran amor de la reina. Con Victoria permanentemente enlutada, aislada del gobierno y llorando su muerte, no parece muy remoto pensar en el furor que despertó la vida después de la muerte en determinados círculos sociales y cómo esto pudo afectar a la literatura. Sesiones de espiritismo, médiums, escritura automática, fotografías de ectoplasmas… Así nace la ghost story.

Catherine Crowe (1790-1872) nació en una familia de clase media y fue educada en casa, en Kent. En 1822 se casó con John Crowe y al año siguiente tuvieron un hijo. Fue un matrimonio infeliz y Catherine pidió ayuda a sus amigos para fugarse en 1833. Llegó a Edimburgo y se dedicó a la escritura, con la que tuvo un éxito considerable: escribió cinco novelas, dos colecciones de relatos sobrenaturales, dos obras de teatro y cuentos para niños.

Parte de esas obras estaban escritas desde un punto de vista preocupado por las desigualdades sociales de la época. Estaba muy interesada en los derechos de la educación de la mujer y se carteaba frecuentemente con la reformista Harriet Martineau. Así lo mostró en alguna de sus obras (Adventures of Susan Hopley es la más conocida), donde las protagonistas logran superar los obstáculos del patriarcado victoriano.

Se consideraba a sí misma una discípula del frenólogo George Combe, y mantuvo unas fuertes convicciones espiritualistas. En 1848 publicó The Night Side of Nature, or, Ghosts and Ghost Seers, del que Dickens dijo que era una de las mejores colecciones de historias de fantasmas que había leído y del que se vendieron 65.000 copias. La obra es una extensa recopilación de parapsicología, mesmerismo, frenología y todo tipo de acontecimientos sobrenaturales bajo un punto de vista más o menos riguroso. Hay algunas traducciones de varios capítulos repartidas por varias antologías temáticas de terror escrito por mujeres, como Damas oscuras o Venus en las tinieblas (Valdemar, 2007). Catherine Crowe confiaba en el empirismo y el método científico para desmitificar el componente sobrenatural y aceptarlo como un elemento más de la vida. De hecho, parte del material empleado para crear el libro fueron cientos cartas que la autora recibió de lectores que le narraban experiencias sobrenaturales propias y que ella aceptó como válidas y reales. Como dato, en esta obra es donde aparece recogido el término “poltergeist” en lengua inglesa por primera vez.

Ilustración que muestra una sesión de espiritismo, 1887.

La obra de Catherine Crowe merece especial atención por haber sido escrita y publicada unos años antes de que la fiebre por lo oculto invadiera Gran Bretaña y ayudó a que en los años posteriores se concibiera el espiritismo como un lugar seguro para el desarrollo de la feminidad y de la mujer.

Alrededor de 1854 sufrió algún tipo de crisis mental o nerviosa, posiblemente tras pasar una noche en una supuesta casa embrujada de la ciudad para contactar con espíritus (hay rumores de que se paseaba desnuda por las calles de Edimburgo creyéndose invisible, aunque ella los negó varias veces), tras la que fue internada en Hanwell Asylum. Aunque la recuperación fue posible, apenas volvió a escribir tras este traumático episodio.

El siglo XIX es un momento fascinante para la literatura inglesa: los cambios sociales, la nueva configuración social se unen a la estabilidad económica, a la potencia política del país y a la educación refinada. Muchas escritoras cultivaron los géneros fantásticos en estos años; los derechos de sus obras han expirado y, a pesar de los comentarios positivos que recibieron en su momento, apenas podemos disfrutar de un puñado de ellas. Conocemos a Vernon Lee, a Rhoda Broughton, a Ann Radcliffe, a Mary Elizabeth Braddon y a Edith Nesbit, pero son decenas más las que permanecen inéditas o casi inéditas en nuestro idioma. Las nombradas en este texto son unas pocas seleccionadas.

Estas mujeres hicieron de las ghost stories y el terror victoriano un género propio. El terror que disfrutamos hoy en día tiene sus raíces hundidas en sus textos. Conocerlas debería ser imprescindible.

  1. Dickersson, Vanessa D, “Victorian ghosts in the noontide. Women writers and the supernatural”, p.132, University of Missouri Press, EE.UU. (1996).
  2. Edmunson, Melissa, “Women’s Colonial Gothic Writing 1850-1930: Haunted Empire”, p.139-156, Ed. Palgrave MacMillan, Reino Unido (2018).

La traducción de las citas corre a cargo de las autoras de este texto.

Laura Huelin
Laura Huelin (Reseñas/Investigación): Licenciada en Filología harta del canon literario y los géneros sociales. Me aburren los mundos realistas y me apasiona la ciencia ficción y el apocalipsis. Me encanta investigar, aprender y conocer. Podcaster en Los cuatro navegantes.
Podcast.

Colaborador
Nuria Martín (Colaboradora): Historiadora, enamorada del Reino Unido, el té y los libros bonitos. Voy por la vida creyéndome una señora victoriana o que mi casa es un agujero en el suelo, y no cuela. A veces escribo en mi blog, El Bosque de Marbaden, el bosque de todos los cuentos.

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3 comentarios en “Las escritoras victorianas: una aproximación a su contexto y a algunas autoras invisibles

  1. Enhorabuena a las dos, habéis hecho un gran trabajo de documentación y una gran exposición con un lenguaje fluido. Además, el tema es fascinante. Yo también he estudiado Filología -Hispánica en este caso- e Historia y sé las horas que os habrá llevado elaborar esta entrada. Buen trabajo. Por otra parte, tengo un par de preguntas: 1) acabo de empezar un blog, disfrutarescribiendo.wordpress.com, y las ilustraciones que habéis empleado me parecen muy interesantes: ¿cómo habéis solventado la cuestión de los derechos de autor? 2) Es una lástima que la mayoría de estos relatos no estén traducidos a nuestro idioma, ¿sabéis si cualquiera puede traducirlos y difundirlos por Internet? Muchas gracias por todo y seguid así.

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    • Hola, Diana! Me alegro de que te haya gustado el artículo; le dedicamos muchas horas a prepararlo como merecía y es una alegría que el esfuerzo no sea en vano. La respuesta a las dos preguntas es casi la misma: son obras con derechos de autor liberados. Sus autores fallecieron hace más de 70 años, por lo que han pasado a ser de dominio público. En el caso de los relatos, en principio cualquiera coger el texto original, traducirlo y difundirlo. Tanto particulares como editoriales.
      Un abrazo!

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