Miedo a la voz femenina

Ulises y las sirenas, por Herbert James Draper (c. 1910)

Nota: este ensayo es una adaptación de una conferencia que Sarah Gailey impartió en la Utah State University en octubre de 2017. El vídeo se puede ver aquí. El artículo original se publicó en Tor.com el 4 de diciembre de 2017. La traducción corre a cargo de Carla Bataller Estruch.

Levantad la mano y mantenedla alzada.

¿Lo habéis hecho? Si es así, sois extraordinarios. Una mujer desconocida os acaba de decir que hagáis una cosa y la habéis escuchado. A nivel histórico, eso no es solo algo diferente. Es revolucionario.

Hay mucha gente en el mundo a la que le gustaría que no lo hubierais hecho. Gente a la que no caigo bien personalmente, porque soy el tipo de mujer que se coloca al frente de una sala y empieza a decir lo que deben hacer los demás. Gente a la que no caigo bien en teoría, por lo que represento para ellos. Gente a la que conocéis. Gente que participa en la narrativa cultural entretejida en la estructura de nuestra sociedad.

No estoy enfadada con esa gente, aunque algunos me hayan amenazado de muerte. Aunque algunos hayan amenazado a mi familia. Aunque algunos me hayan dicho que prefieren venir a mi casa y pegarme un tiro en la cabeza antes que verme aquí aún de pie al frente de la sala, diciendo lo que deben hacer los demás. No estoy enfadada con ellos y no les temo. Porque reconozco cómo se sienten.

Están muertos de miedo.

Pues claro que lo están. Durante milenios, la sociedad occidental ha insistido en que las voces femeninas —solo eso, nuestras voces— son una amenaza. Tememos a los lobos y tememos a los osos y tememos a las mujeres.

Representado más arriba está Odiseo, el héroe titular de la Odisea de Homero. En ese cuadro se está resistiendo a la llamada de las sirenas. Las sirenas, para quien no lo sepa, eran mujeres malditas. En algunas versiones del mito, fracasaban a la hora de encontrar a Perséfone, la hija de Deméter, que había sido secuestrada por Hades, el dios del inframundo. A modo de castigo, fueron recluidas en islas y atrapadas en unos cuerpos quiméricos horribles que eran mitad pájaro.

Para las mujeres que se convirtieron en sirenas, su maldición fue que las abandonaran en unas islas, atrapadas para toda la eternidad. Para los hombres que osaban navegar demasiado cerca, la verdadera maldición era la voz de las mujeres. Esas voces eran consideradas como una maldición porque podían atraer a cualquier marinero que las oyese hacia las islas de las sirenas, donde inevitablemente los hombres naufragarían y se ahogarían. A Odiseo lo obligaron  a navegar junto a esas islas, pero tenía un plan. Ordenó a su tripulación que se taparan los oídos con cera de abeja y algodón y les dijo que lo ataran al mástil y no lo soltaran, daba igual lo que ocurriese. No llevaba tapones en los oídos: quería escuchar el canto y ver si podía resistirlo. Pero cuando oyó la canción de las sirenas, Odiseo —un héroe, literalmente, de proporciones épicas— se vio tentado. Tanto, de hecho, que lo único que evitó que ordenase a sus marineros que cambiaran de rumbo y navegasen hacia sus muertes fue que a estos les resultaba imposible escuchar sus órdenes.

Las sirenas y Odiseo representados en cerámica, siglo V A.C.

Esta historia es un buen resumen del miedo cultural a las voces femeninas. En una sociedad donde los hombres ostentan el poder, lo más poderoso que una mujer puede hacer es tener influencia sobre los hombres. La idea de que un miembro de una clase oprimida influya en los poderosos es, en esencia, una amenaza al orden existente en la sociedad, porque sitúa cierto grado de poder en manos de los oprimidos. Así pues, cuando las sirenas cantan y Odiseo no puede resistir a que lo atraigan hacia su canción, el lector ve a un héroe épico exhibiendo una debilidad poco común: esas mujeres son tan fuertes y peligrosas que pueden hundir a un individuo tan poderoso como es Odiseo.

Este solo es un ejemplo de un tema importante en la mitología griega. Las sirenas aparecen en diversas historias del mito griego que reflejan y refuerzan nuestro pánico social a la influencia de las mujeres sobre hombres poderosos.

A partir del siglo IV d.C., los escritores cristianos empezaron a incluir el mito de las sirenas y así se convirtieron en una herramienta de la alegoría.

San Isidoro de Sevilla, el que fue arzobispo durante treinta años y que a veces dicen que es el último padre de la iglesia católica, escribió sobre las sirenas. En sus Etimologías, cuyo propósito era ser una recopilación de todo el conocimiento humano, presupone que el mito de las sirenas es en realidad una descripción exagerada de las prostitutas sicilianas. San Isidoro escribió que esas mujeres presentaban tal tentación a los viajeros que los arruinaban y así provocaban que sus inocentes víctimas se «hundiesen» en los placeres de la carne.

El arte cristiano durante el período renacentista usa a las sirenas como metáfora para la tentación y la perdición. A menudo se representa a las sirenas como híbridos entre humanas y peces (de ahí nuestra amalgama contemporánea entre las sirenas del mito y las del folclore). Durante el Renacimiento, el escritor jesuita Cornelio a Lapide describió a todas las mujeres como tentaciones parecidas a las sirenas cuando dijo: «Con su voz encanta, con su belleza priva de razón… Voz y presencia acarrean destrucción y muerte por igual».

Al principio, el mito de la sirena reflejaba un miedo existente al potencial femenino de tentar y arruinar hombres poderosos. Pero con el paso de los siglos, su historia creció hasta convertirse en una herramienta que refuerza ese miedo. Las sirenas pasan de ser unas pocas hermanas que se han quedado tiradas en una isla por una maldición, a una clase trabajadora de prostitutas sicilianas, a todas las mujeres. Cuando Lapide escribió que «voz y presencia acarrean destrucción y muerte por igual», insuflaba un miedo que se remonta a las historias en el Edén: el miedo ante el hecho de que escuchar a una mujer es un error fatal.

En 1837, un hombre llamado Hans Christian Andersen intentó pararle los pies a la narrativa de las sirenas que se estaba desarrollando escribiendo una historia titulada Den lille havfrue…

Ilustración de Vilhelm Pedersen, 1850.

Que conoceréis mejor como La sirenita. La historia original, como nuestro amigo Hans la escribió, es un cuento cristiano sobre una sirena virtuosa. Su historia trata sobre una joven sirena sin nombre que lo que más ansía en el mundo es un alma humana para que, cuando muera, esa alma pueda vivir para siempre en el Reino de Dios.

La sirena acude a una bruja del mar que le da una poción que le concederá piernas y le permitirá subir a tierra y seducir a un príncipe. El trato es sencillo: si se casa con el príncipe, se quedará con un trozo del alma del hombre y se convertirá prácticamente en humana. Lo único que tuvo que dar a cambio fue su lengua y su voz. Al final de esta historia original, no consigue al príncipe, que va a casarse con otra persona, y la sirena se convierte en espuma de mar. Sus hermanas (las sirenas siempre tienen hermanas) hicieron unos sacrificios descomunales a la bruja del mar para conseguirle a la sirenita un cuchillo. Se supone que debe usarlo para matar al príncipe y convertirse así de nuevo en sirena y reunirse con su familia. Pero, como es virtuosa, dice «no, gracias» y muere y se transforma en espuma de mar.

¿Su recompensa por esta gran demostración de virtud? Se queda atrapada en el purgatorio durante trescientos años, con la promesa de que, cuando transcurra ese tiempo, si ha llevado a cabo las suficientes buenas acciones, conseguirá un alma e irá al cielo.

Fijaos en que la temática general de este cuento clásico infantil no es el amor. El matrimonio es un factor, pero secundario: es un medio para alcanzar un fin. Lo que la sirenita quiere de verdad, aquello para lo que se sacrifica, es un alma.

¿Y la forma de conseguir un alma?

Silencio.

Tiene que dar su voz, soportar un dolor agonizante y rechazar la compañía de sus hermanas. Todo esto para llegar al purgatorio, donde debe someterse a una purificación adicional con tal de tener un alma. Su identidad existente como mujer que quiere cosas y puede formular ese deseo es un obstáculo moral que superar. Su única oportunidad de redención le llega mediante el silencio y la muerte.

Este concepto no es nuevo. Dos cientos años antes de que Hans Christian Andersen redimiera a una sirena cortándole la lengua, un hombre llamado Thomas Wilson escribió el primer texto en inglés sobre retórica. En él, pregunta: «¿Cómo mejora una mujer en primer lugar? Silencio. ¿Y en segundo? Silencio. ¿Y en tercero? Silencio. ¿Y en cuarto? Silencio. Sí, si un hombre me preguntase eso mismo hasta el fin de los días, aún lo gritaría: silencio, silencio, sin el cual la mujer no poseerá ningún buen don».

Pero exigir explícitamente el silencio de las mujeres tampoco es un concepto antiguo. Las mujeres en los medios de comunicación actuales nos enfrentamos a una exigencia abrumadora de silencio.

Se pueden localizar las objeciones a las voces femeninas a través de la edad de oro de la radio. Durante esa época, las figuras destacadas de la radio eran mayoritariamente masculinas y las voces de las mujeres no se consideraban dignas de emisión. Las mujeres que intentaron entrar en la radio fueron tachadas de estridentes y chillonas; sus voces eran agudas y se entrecortaban todo el tiempo porque la sociedad en la que vivían les exigía llevar corsés y, más tarde, fajas ajustadas. Esa ropa interior les impedía hablar desde sus diafragmas y el resultado fue una voz que hoy en día asociamos con una joven reina Isabel: un poco jadeante, aguda y etérea. Las críticas sobre las voces de esas mujeres eran por su falta de gravedad. En realidad, lo que les faltaba era aire, porque la cultura de la época les exigía que se ahogasen. Los profesionales médicos insistían en que los corsés eran necesarios para la salud femenina, por lo que las mujeres tenían que elegir entre el silencio y la supervivencia.

Pauline Frederick empezó a trabajar en el periodismo radiofónico en la década de los años 30. Un directivo le dijo: «La voz de una mujer no transmite autoridad».

En la actualidad, las mujeres están más presentes en la radiodifusión, pero siguen siendo víctimas de críticas consistentes centradas en el sonido de su voz, y no porque sean estridentes. En cambio, el enfoque principal de las críticas modernas en este medio es el uso que hacen de algo llamado «oclusión glotal». La oclusión glotal, conocida también como «oclusión vocal», es la distorsión de la voz que en general deriva del intento de hablar con un registro más grave sin el apoyo respiratorio adecuado. La oclusión glotal está muy relacionada con estereotipos de mujeres insulsas y desconsideradas, cuando en realidad es un tic vocal que refleja la tentativa de una mujer de hablar con una voz más grave y más masculina por tanto, debido a las críticas de nuestra sociedad, intrínsecamente más autoritaria.

Da igual si estamos hablando en nuestro registro natural o si intentamos alcanzar los registros que nos exigen: las mujeres en papeles centrados en el habla no pueden triunfar. Esto se resumió de forma más concisa en The Daily Express que, en 1928, describía las voces femeninas de la radio como universalmente insoportables al afirmar que «sus notas agudas son afiladas, como el chirrido del acero al afilarse, mientras que sus notas graves a menudo suenan como gemidos».

Esa misma incomodidad con la forma de hablar femenina se extiende a los espacios en línea, donde hay toda una cultura de acoso contra las mujeres que se ha convertido en parte de la experiencia de ser mujer en una posición con gran visibilidad. Estas campañas de acoso son mundiales e insidiosas. Van dirigidas a mujeres que desobedecen el edicto de Thomas Wilson sobre el silencio femenino e incluyen amenazas explícitas de violencia, violación y asesinato.

Están dirigidas a mujeres que van desde actrices como Leslie Jones, que actuó en Cazafantasmas y se atrevió a emprender una gira publicitaria, a políticas como Jo Cox, parlamentaria británica del partido laborista, a la que mataron tras pegarle un tiro y apuñalarla como respuesta a su alegato a favor de los refugiados sirios; hasta a críticas feministas en los medios de comunicación como Anita Sarkeesian. Sarkeesian en concreto, tuvo que cancelar un discurso en octubre de 2014 debido al volumen de amenazas dirigidas hacia ella y la universidad donde debía hablar. Esas amenazas incluían las promesas habituales de violación, asesinato y violencia, pero se extendieron a amenazas de asesinatos en masa y terrorismo. Una de esas amenazas aseguraba que «un ataque parecido a la masacre de Montreal se llevaría a cabo contra los asistentes, así como contra los estudiantes y el personal cercano al centro de mujeres».

Las exigencias históricas y contemporáneas de silencio femenino son el resultado directo del miedo ante lo que las voces de las mujeres pueden hacer. Si las mujeres pueden hablar entre ellas y al mundo con libertad, sus ideas amenazan con influenciar y dar forma a la sociedad de arriba abajo en la misma medida que han hecho las voces de los hombres durante siglos. Este miedo —el miedo a que las mujeres influyan sobre los hombres y el miedo a que influyan en la cultura a nivel social y político— es generalizado y desemboca directamente en violencia.

Así pues, ¿cuál es la solución?

Esta. Esta de aquí. Estoy haciendo algo que, durante siglos, a las mujeres les han dicho que no deben hacer. Estoy usando mi voz. ¿Y tú? Tú estás haciendo algo que, durante siglos, se ha considerado una aberración.

Estás escuchando.

Sigue haciéndolo. Da igual quién seas, da igual en qué creas, no importa tu identidad de género: escucha. Sigue escuchando. Escucha incluso cuando sea incómodo. Escucha incluso cuando te haga cuestionarte cosas que creías ciertas sobre tu vida y el mundo que te rodea. Busca formas de amplificar las voces de las mujeres que hablan. ¿Y si eres una mujer con miedo a hablar?

Tienes dos opciones. Puedes guardar silencio. Puedes dejar que esa historia de miedo y violencia te haga callar. Puedes ceder ante esa gente que preferiría ver a personas como yo tiradas en el suelo. Eso no hará que cambie cómo tratan a aquellas que son y suenan como tú y no hará que te sientas menos asustada, pero es una opción.

O. Puedes hacer lo que estoy haciendo ahora. Puedes ser todo lo que esa gente asustada no quiere que seas. Puedes quitarte los pelos de la lengua, tener una opinión y confianza. Puedes usar tu mente y tu voz para cambiar la forma de pensar de la gente, para que haya menos miedo y menos odio y menos violencia y menos muerte. Puedes ser precisamente tan poderosa como ellos temen y puedes usar ese poder para hacer que el mundo sea más seguro para otras mujeres que tienen miedo de hablar.

Puedes ser una sirena.

Tu voz tiene poder.

Úsala.

 

Sarah Gailey, escritora de ficción y no ficción publicada internacionalmente, es finalista de los premios Hugo y Campell. Sus obras han aparecido en Mashable, The Boston Globe y Fireside. Contribuye de forma habitual en Tor.com y Barnes & Noble. Aquí puedes encontrar un listado de su trabajo. Tuitea en @gaileyfrey. Su primera novela corta River of Teeth y su secuela, Taste of Marrow, están disponibles en Tor.com.

Carla Bataller Estruch
Carla Bataller Estruch (Artículos/Reseñas): Traductora literaria y audiovisual de día, visibilizadora de autoras de noche en su Twitter. Feminista no sensata. Dadle ciencia ficción social y fantasía no normativa para hacerla feliz.

Buy Me a Coffee at ko-fi.com

¿Nos ayudas con una donación?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.