Reseña: Hija de Legbara

Conocí la obra de Nalo Hopkinson gracias precisamente a una de nuestras primeras lecturas conjuntas en La Nave, y fue toda una experiencia. La novela que leímos en aquella ocasión, Ladrona de medianoche, contaba una historia muy especial, con temas bastante duros, algunos detalles que me gustaron muchísimo y otros que no me gustaron tanto. Pero lo que sí me caló hondo fue la riqueza de los mundos que proyectaba Hopkinson, tan lejos de la imaginería occidental de tradición europea que domina el canon llamándose a sí misma con desfachatez «literatura universal».

Yo ya era consciente de que el mundo que pintan los grandes autores y autoras de género más reconocidos (en su mayoría estadounidenses y británicos) no es más que su realidad, por mucho que intenten darle un barniz global para hacernos creer que se vive y se piensa igual en el resto del planeta. Lo poco que conocía de literatura latinoamericana y japonesa había ayudado a pinchar esa burbuja, porque son tradiciones con una identidad propia muy característica también. Y, aun así, leer a Hopkinson fue como un puñetazo. Me hizo comprender de verdad hasta qué punto podían llegar a ser distintas las cosas, porque la riqueza del folclore afrocaribeño que ella incluye siempre en sus historias es como una explosión de color. Y además lo hace en un despliegue desatado: no es solo que los mundos que nos presenta sean tan diferentes, es que nos los pone delante con total naturalidad, lanzándonos guiños y referencias específicas que no se molesta en explicar porque ¿acaso nos molestamos nosotros en explicar los referentes culturales que usamos al escribir, o damos por supuesto que todo el mundo debe conocerlos? Cuando leo a Hopkinson, sus textos me transmiten esa actitud de «ya deberías saber de lo que estoy hablando» y, en mi opinión, eso es lo que da tanta fuerza a sus obras. No te pide permiso para hablarte de sus cosas. ¿Que no sabes lo que es Anansi? ¿Que no sabes lo que es un jumbie, o la obeah, o un dupi, o un eshu?

¿No lo sabes? Pues lo googleas. Porque son referentes tan reales y tan válidos como los que tenemos en Europa y es bueno que nos recuerden que no todo el mundo gira en torno a nuestro ombligo.

Por eso creo que la mejor forma de enfrentarse a sus novelas es dejando que te coja de la mano y te cuente su historia a su manera. No empecinarnos en cosas como «no lo entiendo» o «esto no me dice nada», sino limitarnos a escuchar su voz y salir de nuestra zona de confort. Porque esto no es literatura caribeña solo apta para caribeños; es literatura caribeña para todo el que quiera leerla, con mensajes capaces de llegar a cualquiera. Os aseguro que dar ese paso hace que termines la lectura con el horizonte más amplio.

Portada de Hija de Legbara, de Juan Alberto Hernández, editada por Apache.

Hija de Legbara (Brown girl in the ring, en su versión original) fue la primera novela de Hopkinson, publicada en 1998, y en ella se sientan las bases de lo que se convertiría en el sello personal de la autora. La historia nos sitúa en una Toronto de corte distópico, en un futuro más o menos cercano, que se ha hundido por una fuerte crisis económica y social. La cadena de acontecimientos propiciada por dicha crisis ha provocado que tanto las empresas, como las clases acomodadas y hasta el propio Gobierno hayan huido a las ciudades del extrarradio (las urbas), abandonando a su suerte el núcleo de Toronto, que se ha convertido en una tierra de nadie dominada por la posse (la mafia jamaicana). Solo la gente que no podía permitirse escapar a ningún otro lado se quedó allí, sobreviviendo como pueden a base del trueque y la autogestión de recursos.

Las urbas se han desentendido de Toronto de forma total, pero, como suele pasar, se acuerdan de ella cuando se les ocurre hacer algo turbio. Y ahora que la Primera Ministra está al borde de la muerte por una dolencia de corazón y necesita un trasplante urgente, su asesor le viene con la idea de que podría ser una buena maniobra política para recuperar popularidad volver a poner en funcionamiento un sistema de trasplantes humanos. ¿Y de dónde vamos a sacar un corazón humano, en este mundo en el que se han generalizado las granjas porcinas como bancos de órganos porque nadie dona nada? Pues de Toronto, que seguro que nadie lo echa de menos.

Ese es el detonante que pone en marcha la trama y hace que las líneas argumentales de unos y otros se vayan entrelazando. Con todo el mundo buscándole un corazón compatible a la Primera Ministra para llevarse los laureles correspondientes, el Hospital de la Misericordia decide recurrir directamente a Rudy Sheldon, el líder de la posse, para que les consiga uno donde sea y como sea a cambio de una cuantiosa suma. Rudy le encarga el trabajo a Tony, uno de sus jóvenes subordinados, que es bastante pusilánime, pero que fue enfermero en el pasado y conserva los conocimientos médicos necesarios para mantener el corazón en condiciones para el trasplante. Y Tony, que es de todo menos valiente, se ve tan superado por la horrible misión que termina acudiendo en busca de auxilio a su antigua novia, Ti-Jeanne, y la abuela de esta, Mami Gros-Jeanne, a la que consideran una mujer obeah capaz de hacer «brujerías». A partir de ahí todo se precipita porque el horror de las técnicas que emplea Rudy para mantener sometida a Toronto es algo que Gros-Jeanne conoce muy bien, y pararle los pies al líder de la posse de una vez por todas se convierte en algo ineludible.

Aunque pueda parecer una historia de estructura simple y desarrollo lineal (Hija de Legbara no deja de ser una novela de apenas 200 páginas y no necesita nada más), la verdadera miga está en los matices y en el camino que van recorriendo los personajes hasta alcanzar el desenlace. En algunos aspectos, se nota que fue la primera obra de Hopkinson: hay momentos en los que se va demasiado por las ramas centrándose en cosas mundanas (lo que ralentiza el ritmo de vez en cuando), o en los que la forma en que se hilan los hechos puede sentirse un poco pillada por los pelos. Sin embargo, los rodeos no llegan a hacerse pesados y ayudan a dibujar un escenario más definido. Y los atajos tampoco deslucen el resultado final, porque la novela dice lo que quiere decir y punto, sin enredarse ni complicarse innecesariamente. Así que, a pesar de los puntos flacos, cumple, emociona y hace pensar, que es lo principal.

—No puedo seguir dejando mi voluntad en manos de otra gente, ¿verdad? Tengo que decidir lo que quiero por mí misma. —No hubo respuesta. No se la iba a decir.

Todo en lo que pueda cojear el argumento se encargan de equilibrarlo los personajes, que son tremendamente humanos y muy memorables. Ti-Jeanne, nuestra protagonista, es una joven que acaba de ser madre y todavía está intentando lidiar con la situación y decidir qué lugar quiere ocupar en el mundo. Abandonó a Tony al quedarse embarazada, porque el chaval es un drogadicto con muchos planes y cero iniciativa que no iba a aportarle nada bueno al bebé, y decidió volver a vivir con su abuela. Pero su relación con Gros-Jeanne tampoco es fácil, porque es una mujer dura y exigente, y Ti-Jeanne se siente atrapada su lado y obligada a seguir un camino que no quiere recorrer. Por si fuera poco, tiene un don que la horroriza: es capaz de ver la muerte de las personas y la asaltan visiones sobre criaturas extrañas que no sabe cómo interpretar. Un don que también tenía su madre y que la llevó a la locura.

Todo el proceso de desarrollo de Ti-Jeanne es el verdadero núcleo de Hija de Legbara. Cómo va pasando de muchacha rebotada y confusa, resentida con Tony pero aún colgada por él, resentida con Bebé por haber aparecido de repente para cambiarle la vida, resentida con su abuela por no tener más remedio que depender de ella y ser tratada como una niña… A mujer capaz de dejar de tenerse miedo a sí misma y enfrentarse con valor a los horrores que le salen al paso. En Ti-Jeanne hay un autorrechazo constante, está empeñada en no tener nada que ver con la obeah de su abuela y eso le impide comprenderse a sí misma. Es emocionante ver cómo su fuerza va aumentando conforme va abrazando sus raíces; solo aceptándose recupera las riendas, la confianza y el poder para luchar y madurar.

Tony es un personaje que me ha resultado muy interesante también. El chico joven, guapo y, en el fondo, con buen corazón que, lejos de convertirse en héroe, es más bien el que causa todos los problemas por su egoísmo y su cobardía. Mencionaba antes que es un pusilánime y sigue sin ocurrírseme una palabra mejor para describirlo. Tony es la inconsciencia y la despreocupación, frente a una Ti-Jeanne obligada a hacerse cargo de tantas cosas que le vienen grandes, como un recordatorio de que el nivel de exigencia hacia hombres y mujeres está muy descompensado. Pero, a pesar de todos sus errores, se nos deja claro que el tipo es humano, con sus virtudes y defectos, y muchas de las cosas que hace las hace movido por el pánico. Él también sigue su propia evolución a lo largo de la novela y, aunque no hay redención exactamente (punto que agradecí), algunas de las cosas que se dicen Ti-Jeanne y él al final me dejaron muy satisfecha.

—¿Alguna vez le preguntaste a tu abuela lo que era? —la interrogó el Jab-Jab.
—Era adivina —respondió Ti-Jeanne. (…)
—Sí, hay un montón de nombres para lo que hacía Gros-Jeanne. Santera, bush doctor, iyalorisha, curandera, cuatro-ojos, incluso mujer obeah para los que no entienden. ¿Pero tú sabe cómo lo habría llamado ella, si se lo hubieras preguntado?
—¿Qué tú quieres, Jab-Jab?
—Gros-Jeanne te habría dicho que ella lo único que hacía era servir a los espíritu. Y que cualquiera que intentaba vivir bien, que intentaba ayudar a la gente que lo necesitaba, que intentaba respetar la vida, y la edad, y a quienes vinieron antes, toda esa gente estaba haciendo lo mismo: servir a los espíritu. (…) Pero Rudy lo que intenta es que los espíritu le sirvan a él.

Por último, veo a Gros-Jeanne y Rudy como las dos caras de una moneda. Gros-Jeanne es la devota que sirve a los espíritus, preocupada por el equilibrio y el respeto, hija del espíritu sanador que ha dedicado precisamente a eso toda su vida: como enfermera en el pasado y como curandera ahora, tras los Disturbios que destrozaron Toronto. Gros-Jeanne no es una mujer perfecta ni se nos intenta presentar como tal; Ti-Jeanne tiene muy presente la mano dura con la que la crio su abuela, que por ser como es no tiene mucha idea de cómo demostrarle amor a quienes quiere. Es toda una matriarca, con ese carácter fuerte que a veces le hace decir cosas que luego termina lamentando. Pero Gros-Jeanne dedicó su vida a los demás, mientras que Rudy se convirtió en un monstruo que disponía de las vidas ajenas para su propio beneficio. Rudy representa la cara más oscura de la obeah, el resultado de retorcer los ritos e intentar usarlos para el mal. Consumido por las ansias de venganza y de poder, se tornó un cazador de sombras, hizo cosas horribles para engrandecerse a sí mismo. Y, mientras que Gros-Jeanne protege la vida, Rudy es muerte, destrucción y esclavitud.

La dicotomía que forman estos dos entronca con uno de los temas más potentes que, para mí, trata Hija de Legbara: cómo el egoísmo y los deseos de control pueden convertir a las personas en depredadores sin escrúpulos que siembran desolación a su paso. Es algo que me hizo reflexionar, porque la sentencia de que Rudy intenta que los espíritus le sirvan a él es algo que puede extrapolarse a cómo nos relacionamos en general con el mundo y las personas que nos rodean. ¿Intentando dominarlos, explotarlos y sacarles hasta la última gota de sangre, o protegiéndolos y respetándolos para mantener el equilibrio? No es un secreto para nadie que las grandes potencias occidentales se han levantado sobre el expolio y la explotación de otras comunidades que, tradicionalmente, habían desarrollado una relación mucho más armónica con el medio. En las creencias de Gros-Jeanne no hay esoterismo barato, sino un reflejo de la propia idiosincrasia de su pueblo, su forma de entender la vida y el mundo.

Rudy encarna el caos de la ambición desmedida, pero, aunque es el antagonista principal de la novela, no es el único «depredador» que nos presenta Hopkinson. De forma más sutil, ahí tenemos a la Primera Ministra Uttley y las urbas en general, que prefirieron dejar que Toronto se pudriera y devorara a sí misma antes que intentar rescatarla. O que se sientan a hablar de cómo conseguir un corazón humano para un trasplante como quien prepara la lista de la compra, con el único objetivo de ganar unas elecciones. O que tienen interiorizado que la gente de Toronto es pura escoria que no merece ni un segundo pensamiento. En realidad, el pulso entre ayudar y dominar está presente en toda la novela, y los mensajes que maneja giran en torno a ello. Mientras que Rudy extraía su poder de esclavizar y someter a los demás, la gente del barrio de Ti-Jeanne, los niños de Josée e incluso la propia «batalla final» son ejemplos de lo que se puede conseguir colaborando entre todos y cuidando unos de otros. Si hay un subtexto anticolonial en Hija de Legbara, creo que sin duda está aquí.

A una escala más concreta, la trayectoria de Ti-Jeanne es también una reflexión sobre cómo encontrar tu lugar, aceptando de dónde vienes y cuáles son tus particularidades, pero sin dejar de ser tú mismo ni ceder tu autonomía, sea por la familia o por el amor. Y esa batalla por su autonomía es algo que también sobrevuela al personaje durante toda la novela y llega a su punto álgido en el desenlace. Hay un momento dado en el que ella misma se pregunta qué habría podido elegir si no hubiese tenido que intentar satisfacer siempre a Tony, a Bebé o a su abuela. Pero huir no es la solución, intentar evadirse no arregla nada (porque el miedo también coarta) y hay responsabilidades que deben asumirse. Es interesante cómo Ti-Jeanne se encuentra con una misión que solo ella puede cumplir y poco a poco se da cuenta de que debe cumplirla y decide hacerlo para salvar a todos… y es justo al dar ese paso cuando consigue su libertad, porque hacer lo correcto es la decisión que ha tomado por propia voluntad. Podría decirse que enfrentarnos a las cosas, por terribles que nos puedan parecer, o plantar cara a la opresión es lo que nos devuelve nuestra agenda.

Portada de Brown Girl in the Ring, en la edición original en inglés.

Hay otro aspecto de Ti-Jeanne que me ha gustado muchísimo y que no puedo dejar de comentar. Frente a la muerte sin sentido que provoca Rudy, es muy interesante lo que representa el propio Legbara, el Príncipe del Cementerio y espíritu padre de Ti-Jeanne. Legbara se asocia a la muerte porque es quien guía a los fallecidos hacia el más allá, hasta Guinea Land; pero también es vida, porque guía a las almas de los bebés hacia el mundo de los vivos al nacer. Ti-Jeanne había vivido sintiendo que su don como vidente era casi una maldición que iba a destruirla, pero toda su aventura la ayuda a comprender que la muerte y la vida van de la mano y son el ciclo natural de las cosas. El vínculo que establece con Legbara completa no solo la comprensión de sí misma, sino su comprensión del mundo. Y hacia el final de la novela, tiene oportunidad de asistir a un chaval en su muerte y a una mujer en su parto, que me pareció una forma muy bonita de subrayar el paralelismo con la naturaleza de su espíritu padre.

Quiero detenerme un momento en el tema de la maternidad, porque es algo que también tiene un peso muy importante en Ladrona de medianoche y que me he encontrado en otras obras de autoras caribeñas, tanto en inglés como en español. No he leído suficiente como para poder opinar con propiedad y es algo sobre lo que me gustaría investigar más a fondo, pero me llama la atención esa figura de mujer que con frecuencia se enfrenta sola a la maternidad porque el padre es un inútil redomado o un desalmado, o simplemente porque ese bebé es suyo, de ella y de nadie más. Incluso los bebés que llegan sin haberlos deseado los hacen suyos. Aunque eso no las convierte en súper madres, y de hecho Hopkinson retrata muy bien esa turbulenta fase pre y pos parto en la que las chicas aún tienen que hacerse a la idea de la responsabilidad que supone esa nueva personita que han traído al mundo. En Hija de Legbara, Bebé es un hijo no planeado y Ti-Jeanne oscila todo el tiempo entre el instinto de protegerlo y el hartazgo de haberse visto de improviso cargando con un crío que le ha cambiado la vida. No sabe bien cómo cuidarlo, no sabe qué hacer con él, no sabe calmarlo cuando llora, y a veces siente que el asunto la supera y desearía dejarlo tirado por ahí. A su madre, Mi-Jeanne, le pasó lo mismo cuando la tuvo a ella, y la franqueza con la que hablan del tema me pareció muy importante. Porque, a pesar de todo, Bebé es su hijo, ella lo cuida lo mejor que puede, y las dudas y el miedo son naturales.

Punto también por lo mucho que me ha gustado que la heroína de esta historia fuese una madre aún en época lactante, porque Ti-Jeanne se pasa media novela cargando con Bebé de aquí para allá, teniendo que hacer pausas para amamantarlo o paseándose con la pechera de la camisa empapada porque se le ha pasado la hora de la toma. Y todo con una naturalidad absoluta. Es maravilloso encontrar obras en las que no se trata la maternidad como algo extraterrestre y de hecho hay madres haciendo cosas como salvar el mundo antes de ir a darle el pecho al niño.

Termino con un par de cosas sobre el estilo narrativo. Creo que en esta primera novela Hopkinson estaba aún en proceso de pulir su propio estilo, pero ya era muy visual y evocador, aunque algo más parco. El tono informal, las cancioncillas y rimas que va intercalando en los distintos capítulos, todo eso crea una atmósfera fantástica. En las descripciones ambientales a veces te pierdes, pero cuando se centra en las emociones se te mete bajo la piel y los diálogos tienen buen ritmo.

Pero en mi opinión, la mayor joya de la novela está en la técnica, que es otro de los rasgos definitorios de la obra de Hopkinson en general: el uso del criollo en las voces de sus personajes. Y eso es algo muy difícil de trasladar en la traducción, por lo que dan ganas de levantarle un monumento a la labor de Maielis González y Arrate Hidalgo, que han pasado el inglés caribeño a español caribeño no solo utilizando expresiones y modismos propios de allá, sino también una grafía que refleja los aspectos más característicos de la lengua hablada, como las contracciones o la desaparición de algunas –s finales. Es un trabajo lingüístico maravilloso, que trata de hacer justicia a la personalidad del texto original y nos permite a nosotros, al leer en español, escuchar también en los personajes el deje del Caribe, además de sus anglicismos y sus préstamos del francés. Sin este esfuerzo, la novela habría perdido uno de sus elementos más importantes, vital en la caracterización de casi todo el elenco. Tenía mucha curiosidad por ver cómo lo resolvían y he acabado muy contenta y muy satisfecha. Chapó. Ojalá tuviéramos más normalizado en general el uso de los diferentes dialectos de español en la literatura.

¿Qué más? No cierro esto sin advertiros que hay varias escenas bastante fuertes. Concretamente una en la que torturan a una persona desollándola viva. No se regodea en detalles asquerosos y yo que soy muy poco dada al gore la aguanté bien, pero advertido queda. Por otro lado, hay muy buena diversidad. Y, si no habéis leído nunca a Hopkinson, aprovechad que tenemos la suerte de volver a contar con una obra suya en español y encima con una traducción tan cuidada. Es todo un privilegio.

Pilar Caballero
Pilar Caballero (Reseñas/Corrección): Dikana en el ciberverso. Humanista, escritora y multitasking editorial, fan del storytelling en cualquiera de sus formatos. Criada en el terror, formada en la fantasía y ahora enamorada de la ciencia ficción. Me dedico a reseñar todo lo que caiga en mis garras como si no existiera el mañana.

Buy Me a Coffee at ko-fi.com

¿Nos ayudas con una donación?

Anuncios

2 comentarios en “Reseña: Hija de Legbara

  1. Madre mía, no la conocía. Tu reseña estaba siendo magnífica, pero de tan fascinante y cautivadora me ha llevado a colgar su lectura. Volveré a retornarla cuando haya leído “Hija de Legbara”, que es a lo que corro ahora. Muchas gracias.

    Me gusta

    • ¡Mil gracias por tus palabras! 🙂

      Me alegro muchísimo de que te haya picado la curiosidad; era lo que pretendía, a fin de cuentas XD Es una novela de aspecto sencillo, pero muy rica en ambientación y en subtexto. Y la traducción ha sido de verdad excelente, manteniendo las voces caribeñas de los personajes. Merece la pena como primer contacto con la obra de Hopkinson. Espero que la disfrutes 🙂

      Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.