La familia como elemento de terror: lo peor siempre estuvo dentro

El terror, como la erótica, es un género muy personal, porque no a todo el mundo le angustia lo mismo. El carácter subjetivo del miedo convierte al elemento de terror en una apuesta que puede o no resonar con el lector y que, dependiendo del cristal con el que se mire, de la fobia personal o de la indiferencia hacia la temática de la obra, consigue crear en el receptor las sensaciones buscadas o no. Y, sin embargo, hay ciertos elementos que tienden a tener un impacto mayor en nosotros que otros.

A nivel psicológico, la importancia de la familia en nuestro desarrollo como personas está más que estudiado. En el aspecto material, por supuesto, que un niño tenga sus necesidades básicas cubiertas, que se le pueda dar una educación y se puedan financiar sus intereses e inquietudes para que pueda desarrollarlas, que no se ponga en riesgo su seguridad personal. Pero, cuando hablamos de la importancia de la familia en el desarrollo de un adulto, muchas veces pasamos por alto que, al fin y al cabo, la familia es el primer núcleo social en el que se desarrolla una persona: el cariño, la estabilidad, la sensación de seguridad, la dependencia o falta de ella o la capacidad para comunicarse son necesidades tan esenciales como las descritas anteriormente. La pirámide de Maslow ya indica esta jerarquía de necesidades, y todas ellas comienzan a formarse desde nuestro primer núcleo social: la familia.

Con esto no pretendo hacer un artículo sobre la familia desde una perspectiva psicosocial: personas más preparadas que yo llevan muchos años estudiando las secuelas de criarse en entornos familiares de desestructuración y maltrato. Pero sí me parece importante destacar por qué la familia funciona tan bien como elemento de terror: porque los humanos necesitamos la familia como ancla para poder desarrollarnos como adultos. Son la guía de un árbol que, si no está bien anclada al suelo, corre el riesgo de retorcer nuestras aspiraciones, los patrones de comportamiento social y sexoafectivo y de, en general, privarnos de unos pilares que entendemos fundamentales para desarrollarnos en este mundo y poder alcanzar la felicidad (o lo más cerca que podamos estar de ella).

Lo peor siempre estuvo dentro

Con esta base, pasamos a analizar el uso de la familia como elemento de terror que hacen dos autoras: Gillian Flynn y Nieves Mories.

Estas dos autoras comparten un rasgo fundamental, y es que, en principio, no pretenden contarnos una historia de la familia: el planteamiento de sus historias no se basa en contarnos la historia de una familia, pero lo hacen: los personajes están tan enfrascados en las disfunciones de su familia, en esa mezcla tóxica de amor y odio con quienes, en cierto momento, fueron las personas más importantes de su vida, que se convierten en un pilar fundamental de la historia que se está contando. Un aspecto, una capa narrativa, en la que da igual lo terrible que fuera lo que estuviera pasando fuera, porque es a nivel interno donde se desarrolla el terror.

Gillian Flynn.

Gillian Flynn

Podríamos discutir si las novelas de esta autora se enmarcan en el terror o más bien en el thriller, pero es mi modesta opinión que su uso de la familia disfuncional le da tintes de terror a su narrativa con una velocidad asombrosa: la parte investigadora de novelas como Perdida o Heridas abiertas es solo el pistoletazo de salida para levantar las alfombras y ver toda la podredumbre que había debajo.

Portada de Perdida.

Perdida (2013, Editorial Penguin Random House, traducción de Óscar Palmer Yáñez)

Perdida (adaptada a la gran pantalla en 2014), por ejemplo, nos muestra hasta qué punto las imágenes idílicas nos engañan. La novela inicia con algo muy normal, casi cotidiano: un matrimonio sin hijos en el que el marido, Nick, es infiel con una mujer más joven. Y de pronto la normalidad se trunca: la esposa, Amy, desaparece y culpan a Nick de haber asesinado a su esposa.

El uso magistral que hace Flynn del narrador poco fiable hace que se tiendan una serie de trampas, tanto para los personajes dentro de la novela como para el lector, que acaban por destaparse como lo que son: trampas, manipulaciones, mentiras. Una red bien intrincada de la que, al final, vemos que los personajes no son capaces (o no quieren) escapar. Una manera tóxica y dependiente de entender el amor, basada hasta cierto punto en el castigo y en utilizar los sentimientos y la vulnerabilidad de los personajes como rehenes de sí mismos. Al final, lo horrible no era el suceso que desencadena todo, sino ver hasta qué punto se malogran los sentimientos y las relaciones entre personas… y lo bien que llegamos a adaptarnos a esas dinámicas.

Portada de Heridas Abiertas.

Heridas abiertas (2014, Editorial Penguin Random House, traducción de Ana Alcaina Pérez)

En Heridas abiertas (que recibió una adaptación a miniserie en HBO en 2018) se narra la historia de una periodista que debe volver a su pueblo natal a investigar una serie de asesinatos. De nuevo, este es el marco: el verdadero núcleo de la historia es la relación de la protagonista con una madre histriónica, un padrastro emocionalmente distante, una hermanastra adolescente e inestable con la que no sabe a qué atenerse y el recuerdo doloroso de una hermana fallecida.

Ver cómo la protagonista vuelve a verse absorbida por las dinámicas tóxicas de su familia y cómo se mezclan el amor y el odio, la caída psicológica de la protagonista, la mezcla confusa entre sus recuerdos y el presente… Todo esto constituye la parte más agobiante y, por tanto, más terrorífica del libro. A nivel personal, y sin entrar en muchos detalles, Heridas abiertas ha sido uno de los libros más impactantes que he leído y que me dejaron con una sensación de desasosiego más fuerte. La manera en que los miembros de una familia disfuncional se acoplan unos a otros con complacencia, cayendo en actos horribles con naturalidad, en busca de un amor que ni pueden conseguir ni pueden darse, hacen que pronto pierdas interés por la premisa de la novela (la investigación del asesinato) y que, en cambio, las redes de la familia se conviertan en las protagonistas de esta historia.

Portada de Lugares oscuros.

Lugares oscuros (2016, Editorial Reservoir Books, traducción de Manuel Manzano Gómez)

Lugares oscuros (que también fue adaptada a película en 2015) nos presenta, de nuevo, con la premisa de la resolución de un misterio, aunque de una manera un tanto atípica: la protagonista, Libby Day, fue la única superviviente de la masacre de su familia hace veinticinco años. Su hermano Ben lleva desde entonces en prisión, condenado por cometer ese asesinato múltiple como parte de un ritual satánico. En el presente, Libby es una adulta deprimida y disfuncional que, al quedarse sin dinero, accede a hablar con una asociación que estudia e investiga asesinatos, el Kill Club, y a compartir sus recuerdos de aquella época a cambio de ciertos pagos. La sorpresa para ella viene cuando descubre que quienes estudian la masacre de su familia piensan que Ben es inocente.

En esta novela vemos, una vez más, los elementos narrativos preferidos de Flynn: protagonistas con graves problemas psicológicos y que aceptan a entrar en la investigación a regañadientes, asesinatos como premisa para desentrañar los horrores de la familia y una resolución que produce desasosiego. Lugares oscuros constituye una manera de desenmarañar no solo un terrible asesinato, sino una manera de que la protagonista tenga que enfrentarse a sus demonios y acabe descubriendo los secretos de su familia, ya que era demasiado pequeña para ser consciente del sufrimiento de su madre y sus hermanos cuando aún vivían.

Por tanto, vemos en las obras de Flynn una premisa de la psicología que ya se mencionó en la introducción: las familias retorcidas dan lugar a adultos que, incluso cuando intentan huir de sus dinámicas, acaban cayendo de nuevo en ellas. Las expectativas, la necesidad de amor y cariño, los recuerdos reprimidos y las enfermedades mentales siguen persiguiendo a estos personajes, incluso cuando hace mucho que, en teoría, dejaron atrás los horrores de su infancia

Nieves Mories.

Nieves Mories

Esta autora española ha hecho de las relaciones tóxicas en la familia su seña de identidad literaria. Al contrario que ocurría con Flynn, que tenía una separación más marcada entre la parte familiar de terror y la premisa de thriller investigador de la novela, en la obra de Mories la familia y el terror son dos caras de la misma moneda que se retroalimentan. Un ejemplo de ello es el relato «Siete en una torre» (que se publicó originalmente en el Patreon Sinécdoque y que a día de hoy puede leerse en la antología Sinécdoque Año 1: contado a través de los ojos de un niño, narra una historia de asesinato intrafamiliar en la que el protagonista asimila los sucesos desde un prisma infantil muy claro y, a la vez, muy retorcido: el querer recibir el amor de su familia, los actos de bondad, aunque sea participando en actos terribles.

Portada de Agnus Dei.

Agnus Dei (2018, Editorial Cerbero)

Esta novela corta cuenta la historia de una mujer junto al lecho de muerte de su madre. A través de recuerdos de la protagonista y de figuras que mezclan la iconografía religiosa y las imágenes de insectos que pueblan el mundo interior y exterior de la narradora, Mories explora las contradicciones, la mezcla de amor y odio, de una persona cuando la figura más importante de su mundo, y tal vez la más negativa, está a punto de morir. Hay que señalar también el uso del hospital como escenario para el viaje de la protagonista por sus recuerdos, sus traumas y sus sentimientos, como antesala de la muerte.

La aparición de bichos, la fijación malsana de la protagonista en el material quirúrgico, la extrañeza casi infantil e inocente de la adulta disfuncional que surge a partir de una niña herida y la búsqueda de figuras en las que depositar el odio o el afecto convierten a Agnus Dei en una de las lecturas más angustiosas de los últimos años. A lo largo de la novela es posible preguntarse hasta qué punto los elementos del terror son solo formas de la protagonista de escenificar su agonía interna, pero en cierto sentido, no importa: sean esos elementos de terror literales o figurados, la protagonista vive inmersa en una realidad hostil y confusa y eso, al final, es lo que hace a Agnus Dei una historia terrorífica.

Portada de Asuntos de muertos.

Asuntos de Muertos (2019, Editorial Cerbero)

Una novela sobre una familia y sus fantasmas, literal y metafóricamente hablando. Asuntos de Muertos nos cuenta la historia de una familia disfuncional en la que se utiliza a la hermana más pequeña para un timo relacionado con el mundo sobrenatural: un ventilador estropeado que emite una frecuencia y esta produce alucinaciones auditivas y visuales, la llamada frecuencia del miedo. Gracias a las alucinaciones que provocan en sus «sesiones de espiritismo», el padre y ambas hermanas convencen a los clientes de entregarles objetos de los muertos, con lo que consiguen vivir convirtiendo su casa en un parque temático de lo macabro. Pero hay veces en las que se ven figuras y se oyen ruidos cuando el ventilador está apagado…

Asuntos de Muertos es un paseo horripilante por las entrañas de una familia de timadores que se meten en algo tan grande que no pueden comprenderlo. Y, sin embargo, todo el horror en el que viven no podría existir de no ser por las dinámicas de amor y odio, de maltrato y afecto, en las que viven inmersos. La hermana pequeña, la protagonista de la novela, se nos presenta como una criatura frágil que, igual que la protagonista de Agnus Dei, mantiene cierta inocencia y una claridad sorprendente para ver las heridas con las que carga. También igual que en Agnus Dei, y es en mi opinión una de las virtudes de Mories como escritora, se refleja en la novela una honestidad de la protagonista que nos muestra descarnadamente sus afectos retorcidos, sus odios exacerbados y su visión casi preclara sobre las dinámicas en las que se halla inmersa. Eso la convierte, hasta cierto punto, en el elemento extraño: donde todos participan en una dualidad entre su cara pública y su cara verdadera, la protagonista acepta la podredumbre que hay debajo. Y eso también es terrorífico, porque bajo su mirada la hipocresía de los demás se desvanece y eso incomoda al resto de personajes.

Hay dos cosas que aprendí de pequeña y que no hizo falta que nadie me enseñara: la primera, que si deseas que alguien te quiera con locura tienes que tenerlo un poco abandonado. La segunda, que la genética es una cosa bien puta. […]

Soy el ejemplo vivo de que la ausencia y los huesos lanzados en ciertas ocasiones pueden convertir la necesidad en amor del bueno. Del que dura toda la vida… y más allá.

Incluso me han silbado desde la calle (después del reconocible tintineo de llaves) para que abriera la puerta. No miento, soy el perro de Pavlov sin ladridos ni jadeos (o eso espero). Soy la Persona de Pavlov.

¿Acabo de hablar de mí como de un perro? Sí, lo he hecho. Bien, también muerdo, pero eso lo tuve que aprender yo sola. El parecido es asombroso.

Conclusiones

Las dos autoras mencionadas en este artículo son solo eso, dos de las posibles menciones, pero dos muy relevantes, ya que podemos ver que el uso de la familia como elemento de terror es una constante en sus obras. Tanto Flynn como Mories utilizan una premisa para hablar del verdadero núcleo de sus obras, del verdadero conflicto de sus protagonistas: sus familias, los secretos que ocultan y su retorcida manera de querer.

 ¿Y por qué esto resuena tanto con los lectores? De nuevo, personas más formadas que yo podrían señalar con mayor acierto los motivos, pero yo me aventuro a dar mi lectura propia, después de lo analizado, y a decir: porque sabemos que la intimidad de las familias nos marca como personas. Porque, sea como sea nuestra familia, sentimos a un nivel muy visceral la idea de que un niño crezca con ideas retorcidas sobre lo que es el afecto y sin la protección que deberían brindarle. Y porque, en el fondo, sabemos que nunca puedes estar segura de lo que oculta la puerta cerrada de una casa familiar: que, aunque no lo parezca, lo peor podría estar dentro.

Virginia Buedo
Virginia Buedo (Artículos/Reseñas): Escritora, mercenaria de la lengua y overthinker. Tengo un diccionario y no dudaré en usarlo. Me pirra el simbolismo. Siempre tengo sueño. Twitter

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