Reseña: A la caza del fuego

El año pasado mantuve un ojo puesto en las novedades de Hidra, porque me estaban llamando bastante la atención algunos de los títulos que traían. No es algo nuevo; en realidad, sin contar directamente a las autoras de habla hispana, la editorial lleva tiempo publicando en nuestro idioma obras que han sido éxito de ventas en Estados Unidos, de escritoras que, aunque estadounidenses, son mujeres jóvenes, racializadas, que se salen del molde blanco anglosajón más tradicional. Estas autoras, muchas de ellas noveles, plasman en sus obras parte de su cultura (o de su mezcla de culturas), ofreciendo mundos más ricos y diversos: Roshani Chokshi, Yangsze Choo, Somaiya Daud, Hafsah Faizal… Al final, puesto que tenía muchas ganas de leer a una autora musulmana, me decanté por esta última para volver al mundo de la fantasía young adult, y hoy estoy aquí para hablaros de A la caza del fuego.

Portada de A la caza del fuego.

Lo que más me interesó de la novela de Faizal fue que presentaba un mundo de inspiración arábiga (ella es de ascendencia árabe) y en clave feminista. La fantasía no es mi género preferido, pero la premisa me atrajo mucho y ha sido precisamente uno de los puntos que más me ha gustado de la novela. En A la caza del fuego, nos trasladamos a Arawiya, un reino dividido en cinco califatos que hace poco menos de un siglo cayó presa de una maldición. La magia, antaño natural para todos sus habitantes, desapareció después de una misteriosa tragedia, los califatos comenzaron a degradarse, un bosque maligno amenaza con devorar todo el territorio y el sultán parece haber sido corrompido por poderes oscuros.

Con las vidas de todo el reino en juego y en plena cuenta atrás para la destrucción de Arawiya, la única bruja que queda con vida pone en marcha un plan desesperado: enviar a Zafira, conocida como el Cazador de Demenhur, más allá del bosque maldito de Arz, a la isla de Sharr, donde tuvo lugar la fatídica batalla de hace un siglo, para que recupere un artefacto legendario que devolverá la magia a Arawiya y reestablecerá el equilibrio. El problema es que el sultán también desea ese artefacto para sí. Y no duda en enviar a su hijo Nasir, el asesino más temido del reino, a la caza del Cazador.

El propio marketing de la novela hace hincapié en que esta historia puede gustar especialmente a los fans de Assassin’s Creed, y me hago eco de ello, porque es verdad. De hecho, desde el principio tuve la sensación de estar leyendo un fanfic de Assassin’s Creed reconvertido en novela original. Y no lo digo en plan peyorativo. Los guiños, referencias e inspiración son evidentes, aunque la trama en sí no tenga nada que ver, y Faizal me ha parecido muy honesta al respecto. Incluso en el planteamiento: esto es un enemies to lovers slow burn de manual, construido principalmente sobre el desarrollo de los personajes, su relación y cómo influye en ellos su atracción mutua. La autora nunca intenta vender la obra como otra cosa, y me parece un punto importante a tener en cuenta antes de lanzarse a leerla.

Dicho esto, el problema principal que he encontrado en A la caza del fuego es de ritmo. La novela empieza con unas primeras doscientas páginas fantásticas, que van introduciendo el mundo y a los personajes poco a poco, con la información bien dosificada y el tándem acción-reflexión bien equilibrado. Pero cuando el grupo de aventureros llega a Sharr e inician la búsqueda del Jawarat perdido, la trama en sí se deshilacha y el libro se convierte en una sucesión de escenas que no terminan de cuajar del todo, ofreciendo un desarrollo demasiado superficial, tanto de la historia como de los personajes. Incluso la «batalla final» carece de la tensión argumental que requería el momento y termina resultando caótica y acartonada. Solo el epílogo recupera la chispa inicial, dejando abiertas muchas puertas de cara a la segunda parte.

Y quizá sea esa la cuestión: que esta es la primera parte de una saga, y mantiene un perfil demasiado introductorio para ser tan larga. Es difícil conseguir que un prólogo de quinientas páginas funcione. También influye que A la caza del fuego es una novela tipo quest, en la que el grupo tiene que viajar del punto A al punto B para recuperar X artefacto, sin más; y no consigue alcanzar un «el tesoro son los amigos que hacemos por el camino», porque falla a la hora de aprovechar todo ese tiempo muerto entre viaje y viaje para profundizar de verdad las relaciones entre los personajes. Por último, tiene uno de los elementos que, personalmente, me parecen más problemáticos y complejos de manejar: el personaje que lo sabe todo desde el principio (y que todos saben que lo sabe) pero va soltando información poco a poco según le parece oportuno. Si dicho personaje apareciese solo en momentos puntuales a modo de comodín, tal vez pasaría más desapercibido; pero cuando forma parte del grupo principal, se siente como una trampa, ya que nadie descubre nada por su cuenta realmente. Solo van andando de aquí para allá, hasta que el compañero en cuestión decide compartir un fragmento más del misterio.

Todo esto lastra mucho el ritmo de la novela y hace que, a partir de cierto punto, los sucesos parezcan bastante arbitrarios y muy poco orgánicos. Pero no nos engañemos: aquí lo importante son los dos protagonistas y la tensión que se establece entre ellos desde el minuto uno. La trama en sí es poco más que un telón de fondo para la historia de estos dos: Zafira y Nasir.

Zafira es una cazadora de Demenhur, el único califato del reino que tiene estigmatizadas a las mujeres, porque las considera el foco de todas las desgracias (después desarrollaré este punto con más detalle). Como esta política viene directamente del califa, a nivel oficial hay muchas cosas que las mujeres no tienen permitido hacer, como dirigir su propio negocio o ser en cualquier modo independientes, y están supeditadas a la típica tradición de buscarse un marido, casarse y convertirse en esposa y madre. A consecuencia de ello, Zafira siempre se ha visto obligada a disfrazarse de hombre para poder dedicarse a la caza y abastecer a su pueblo. Cada califato sufre una maldición distinta desde que la magia desapareció, y la de Demenhur son las nieves eternas, por lo que siempre hay escasez de comida. Sin sus cacerías, no podrían sobrevivir; y por algún misterioso motivo ella es la única capaz de adentrarse en el Arz (el bosque maligno que va devorando la tierra poco a poco) y volver a salir, mientras que el resto de personas que lo intentan nunca regresan.

Sin embargo, acostumbrada a tener que vivir bajo una falsa identidad, ha terminado por no sentirse parte de nada. La injusta situación de las mujeres en Demenhur la enfurece, pero al mismo tiempo no se atreve a revelarse ante la gente, porque no sabe qué hará el califa si descubre que el famoso Cazador es una mujer. Quiere seguir siendo la heroína anónima de su pueblo, pero al mismo tiempo quiere largarse muy lejos de allí. Y, por encima de toda su confusión y sus contradicciones, siente que la magia oscura del Arz tira de ella cada vez más fuerte, atrayéndola y enredándola. Por eso, cuando la Bruja de Plata se presenta ante ella y le expone su plan, Zafira acepta: es la mejor forma de ayudar a su gente, demostrar su valía, salir de Demenhur y, con suerte, recuperar esa magia que nunca llegó a conocer pero que tanto ansía.

Quiero comentar que la edición me ha parecido preciosa y muy cuidada, tanto a nivel gráfico como de texto.

Por su parte, Nasir es el príncipe heredero del reino, aunque en realidad nunca ha ejercido como tal. Su madre lo entrenó desde pequeño para convertirlo en asesino (hashashin) y ahora es su padre, el sultán, quien se sirve de sus habilidades para cometer todo tipo de crímenes, tratándolo como si fuese un perro: no preguntes, no pienses, no opines, solo obedece. Ha terminado ganándose el sobrenombre de Príncipe de la Muerte, todo el mundo le teme y, desde que su madre murió, no tiene a nadie. Pero cuando el sultán lo envía a asesinar al califa de Sarasin y a sus hombres de confianza para hacerse con el control del califato, Nasir empieza a sentirse incapaz de seguir ignorando la situación. El sultán ya reina sobre todos los califatos, no tendría por qué desear más poder; los califas están para gestionar los distintos territorios y el atentado contra su autonomía es intolerable. Se está gestando una guerra que él no entiende ni sabe de dónde viene, pero que tampoco se siente en posición de detener.

Nasir es el típico personaje al que han machacado hasta la saciedad y ahora está rotísimo y sintiéndose basura. Quería muchísimo a su madre, y su muerte lo dejó destrozado. Su padre antes también era un hombre bueno, y ha tenido que ir viendo cómo un siniestro poder oscuro lo iba corrompiendo más y más, convirtiéndolo en un monstruo. No sabe qué demonios hacer consigo mismo ni con su vida, porque no considera que dicha vida tenga ningún valor. Lo han maltratado tanto que no se siente digno de nada. Pero, cuando el sultán le ordena perseguir al Cazador hasta Sharr y recuperar el Jawarat perdido que traerá de vuelta la magia, se encuentra ante la oportunidad de hacer por fin lo correcto.

Tanto para Zafira como para Nasir, su periplo supone también un «viaje espiritual» para comprenderse a sí mismos, tomar las riendas de su destino y decidir qué camino quieren seguir de cara a los turbulentos tiempos que se avecinan. Al conocerse, influyen el uno en el otro de distintas formas, aunque en mi opinión el punto de vista de Nasir está más trabajado, o al menos resulta algo más coherente. La atracción de Zafira se siente un poco más aleatoria, y eso puede ser también un problema, porque su relación está basada casi exclusivamente en la fuerte tensión sexual que hay entre ellos. Fue algo que no me esperaba y que hizo que, para mí, el «romance» supiera a poco. Pero a cambio hay un buen puñado de clásicos del género, como el «ups, me iba a bañar en el río y resulta que ya te estás bañando tú», el «ven que te curo las heridas y de paso te acaricio», muchas miradas intensas, muchos momentos de «casi nos besamos pero no» y, por supuesto, el «me he enamorado hasta las trancas, pero es imposible que tú me quieras, porque yo no valgo nada». Si os gusta el intensismo, esta es vuestra novela.

Lamentablemente, el resto de personajes han quedado más desvaídos en comparación. Sobre todo Benyamin y Kifah, que por momentos parecen simples elementos de atrezzo para rellenar hueco. A cambio, Altair brilla con luz propia gracias a sus pullas, sus chistes y su carácter socarrón, que es el contrapunto perfecto al drama que arrastra Nasir. A ambos, príncipe y general, los une una relación extraña de afecto y odio, y sus dinámicas han sido lo que más vidilla le ha dado a la novela. Un poco en la misma línea, Yasmine, la mejor amiga de Zafira, también me ha parecido un gran personaje, llena de fuerza, carisma y determinación, a pesar de aparecer solo en los primeros capítulos. Los demás secundarios son funcionales, pero hay alguna que otra subtrama unida a ellos que promete ponerse interesante en los próximos libros.

Esa lucha por la autodeterminación, dejando atrás miedos e inseguridades que los lastran y escapando de lo que les ha sido impuesto contra su voluntad, hasta descubrir su auténtico valor como personas, puede considerarse la temática principal de la novela. Pero, de mano de Benyamin, también se incide mucho en el poder sanador de la familia, sea elegida o de sangre, sin ignorar que una familia de sangre a veces puede llegar a destruirte. La confianza, la ayuda mutua, los lazos entre unos y otros. Y también la búsqueda de redención. Un detalle que me gustó especialmente es que nadie puede ser cien por cien puro; las personas muy buenas también pueden ser muy frágiles y cometer errores, y tienen derecho a redimirse o, por lo menos, a intentarlo.

El tratamiento de la magia también me pareció interesante. Cuando las Seis Hermanas de Antaño otorgaron la magia al pueblo, esta se manifestó en cada persona a modo de «afinidades», como una habilidad propia que cada uno desarrollaba. Pero, al desaparecer la magia, se ha generado un desequilibrio en el mundo que lo va destruyendo poco a poco, mediante fenómenos naturales catastróficos y el avance del Arz que lo devora todo. La gente, en cierto modo, está «rota», porque sin magia ha perdido esa conexión con sus afinidades y no pueden desarrollar todo su potencial. En cierto modo, me pareció una bonita metáfora velada de cómo la ruptura con lo espiritual puede llegar a desconectarnos de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. Y, al mismo tiempo, en la figura del León de la Noche, que trató de acaparar la magia para controlar el reino entero, hay una reflexión sobre el carácter destructivo y corrupto del ansia de poder y de dominación. Me resulta relevante que consiguiera todo lo que consiguió mediante engaños y maltrato psicológico, atacando los puntos más débiles de quienes lo rodeaban para avivar sus inseguridades y destrozarlos mentalmente. El León es como la voz de la oscuridad, de los pensamientos más oscuros que todo el mundo tiene en la cabeza. No en vano lo llaman La Sombra.

Además de un apéndice con los términos en árabe que Faizal intercala en el texto, tenemos este bonito mapa de Arawiya, con los cinco califatos, la isla de Sharr, Torreón del Sultán y, en los márgenes, las Seis Hermanas de Antaño.

Sobre el discurso feminista que mencioné al principio, es cierto que Faizal tampoco plantea nada extraordinario, pero ha habido algunos detalles que aprecié especialmente. Toda la mitología de Arawiya gira en torno a grandes figuras femeninas: las Seis Hermanas de Antaño (seres inmortales que portaban la magia) o la gran sultana que gobernó el reino tras la caída de estas (la madre de Nasir). En la actualidad, hay una poderosa califa gobernando en Pelusia y otra en Alderamin. Las mujeres no tienen prohibido nada a nivel de reino. Pero es concretamente el califato de Demenhur el que ha desarrollado una política anti-femenina, promovida por los propios prejuicios de su califa, porque considera que todas las desgracias que aquejan al reino fueron provocadas por la actuación de las Seis Hermanas. Ellas estaban al cargo, fracasaron, dejaron el mundo al borde del colapso, ergo las mujeres son la peste.

Este aspecto me gustó mucho no solo porque razona el machismo de Demenhur en vez de darlo por sentado como algo natural (de hecho, es una ideología lo bastante «moderna» y localizada como para que no todo el mundo la tolere), sino también porque refleja una sociedad más compleja y menos monolítica, en la que los distintos territorios tienen diferentes ideologías e interpretaciones de una mitología común. Aunque no se habla de religión en ningún momento, me recordó a cómo todas las religiones desarrollan distintas ramas en función de cómo interpretan un dato específico de sus tradiciones. En Arawiya, nadie sabe lo que sucedió cuando las Hermanas se reunieron en Sharr para combatir al León de la Noche hace un siglo. Lo único que sabe la gente es que no regresaron, la magia desapareció y el Arz comenzó a crecer. Ese vacío hace que cada cual tenga sus propias teorías, y una de las razones por las que Zafira desea ir a Sharr es para descubrir qué pasó y poder demostrar que las Hermanas no los abandonaron ni fracasaron.

En un plano más sutil, el tratamiento de los personajes femeninos y de sus relaciones también es digno de mención. Zafira vive en el califato más machista del reino, pero está rodeada por mujeres fuertes, empezando por Yasmine y terminando por Lana, su hermana pequeña. Y no solo físicamente. Yasmine es una mujer con mucho carácter, reivindicativa, luchadora, pero que se niega a aceptar que el matrimonio sea una forma de atar en corto a las mujeres y acaba de casarse por amor con alguien que la quiere y respeta muchísimo. Lana es curandera y lleva años atendiendo a su madre enferma, gestionando una presión que la propia Zafira encuentra insoportable. La madre de Lana y Zafira, sin entrar en spoilers, luchó ferozmente por salvar a sus hijas, aunque eso la rompiera. La forma en que las tratan los propios hombres también es significativa: el padre que quería tantísimo a Zafira y le enseñó todo lo que sabe, Deen, su amigo de la infancia y hermano de Yasmine, que está enamorado de ella pero respeta su espacio, su ritmo e incluso su rechazo… hasta Nasir deja que Zafira tenga agencia absoluta para decidir si se acerca o no se acerca. Digamos que en el tema de las relaciones personales, son las mujeres quienes llevan las riendas. Y el hecho de que la sensualidad esté tan normalizada, que sea tan natural que las mujeres también deseen en vez de limitarse a ser objetos pasivos del deseo ajeno, me parece a su vez muy importante.

Termino con el aspecto técnico. La prosa de Faizal, sin llegar a hacerse recargada, es elaborada, reflexiva, hábil para recrear sentimientos y situaciones de quietud. La novela en general es bastante introspectiva, y la autora maneja el lenguaje bastante bien para que no se haga pesada la lectura. Creo que la traductora, Eva González, también ha hecho un gran trabajo. Pero es cierto que hacia el final la prosa se vuelve un poco más tosca, como si acusara ya el agotamiento. Con respecto a los términos en árabe que intercala, también se nota que algunos quedaban mucho mejor integrados en inglés que en español (daama, por ejemplo, que significa «maldito/a», es mucho más fácil de intercambiar por el damn/damned inglés, mientras que en español llega a hacer farragosa la lectura). Sin embargo, son elementos que me gusta encontrar y que he disfrutado igualmente.

En definitiva, A la caza del fuego es una novela interesante, que delata aún la inexperiencia de la autora, pero que tampoco pretende ser más de lo que es. Me ha encantado el mundo que plantea, tiene ideas con mucho potencial y, aunque la recta final se me terminó haciendo un poco cuesta arriba, prepara bien el escenario para la segunda parte. Tengo ganas de ver en qué para el destino de Arawiya. Y si los dos ceporros de los protas se lían de una vez.

Pilar Caballero
Pilar Caballero (Reseñas/Corrección): Dikana en el ciberverso. Humanista, escritora y multitasking editorial, fan del storytelling en cualquiera de sus formatos. Criada en el terror, formada en la fantasía y ahora enamorada de la ciencia ficción. Me dedico a reseñar todo lo que caiga en mis garras como si no existiera el mañana.


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