Reseña: Las niñas salvajes

He tenido el placer de leer a Le Guin varias veces, aunque menos de las que me gustaría, y cada una de ellas ha sido una experiencia completamente diferente. Ursula K. Le Guin tenía muchos poderes: era sabia, ingeniosa, incisiva, afectuosa. Es, sin atisbo de duda, una de las personas que mejor ha escrito ciencia ficción en toda la historia. Que mejor ha escrito, en general. Y en cuanto a eso, tenía otro poder: poner el estilo al servicio de la historia y el tono que esta exigía. Sabía cuándo ser seca, cuando ser poética, sabía cómo hacer que las palabras se deslizasen delicadamente o como un torrente arrollador. Todavía recuerdo cómo me fascinó aquel primer capítulo de La mano izquierda de la oscuridad. En Las niñas salvajes me ha sorprendido por su precisión y desnudez. No ha debido ser una traducción fácil para Arrate Hidalgo, a la que felicito enormemente por su trabajo.

Imagen promocional de Las niñas salvajes.

 Le Guin tenía la técnica, la experiencia y una ingente cantidad de temas que le preocupaban y que aparecen de una forma u otra en sus obras. Quienes busquen lecturas apolíticas (o que lo parezcan, porque dudo que existan) no encontrarán en esta autora un refugio. Su preocupación por el género, los sistemas sociales y económicos, la esclavitud, su crítica al racismo, a la colonización, su reivindicación de la naturaleza… todo esto se puede encontrar en su ficción y también en su no ficción y todo esto es político. Incluso una historia tan breve como Las niñas salvajes es incapaz de huir de las obsesiones de su creadora y de su poder para exponer una situación de forma que sea le lectore quien se encargue de juzgarla.

«Considero que mi trabajo es abrir puertas, ventanas —me contó en el documental que realicé en 2018 sobre su vida y obra—. Quién vaya a cruzar la puerta o lo que tú vayas a ver por las ventanas, eso ya no lo puedo saber.»

La apuesta de Virus editorial es arriesgada. Por eso me parece importante destacar la labor de las editoriales independientes para rescatar la obra de Le Guin, cuyas grandes sagas (El ciclo del Ekumen e Historia de Terramar) están descatalogadas (aunque previsiblemente este año se reeditarán algunas de ellas). Catwings, publicado por Flambloyant; El día antes de la revolución, publicado por Nórdica; Contar es escuchar, publicado por Círculo de Tiza y, recientemente, Conversaciones sobre la escritura, que encontraréis en Alpha Decay. Las niñas salvajes, sin embargo, no es una antología para niños, ni el spin-off de una obra maestra, ni una recopilación de ensayos y pensamientos. Es un relato amargo, duro, descarnado y árido sobre la esclavitud y la colonización, pero que viene muy bien acompañado por un pequeño ensayo de la propia le Guin sobre las virtudes de la modestia, además de un artículo de Layla Martínez sobre feminismo y ciencia ficción que comentaré más adelante e ilustraciones de Adara Sánchez. La introducción de Arwen Curry es mejor que esta reseña, aunque yo recomendaría leerla al final si no queréis saber nada de la novelette con anterioridad. Yo voy a centrarme más en los temas que en la trama, porque, si no, me temo que podría escribir un libro más largo que la propia historia.

Las niñas salvajes narra la historia de unas niñas que son raptadas por un grupo de jóvenes. Las arrancan de su tribu natal y las llevan a su ciudad, donde se convierten en esclavas. Allí se las educa en la cultura de la Ciudad y se las mantiene a salvo (esto es, sin que mantengan relaciones sexuales) hasta que llegan a la edad adulta, momento en que pasarán a ser esposas de sus captores para dar a luz a dioses.

Le Guin dibuja en unas pocas pinceladas una sociedad compleja y patriarcal, separada en tres castas y donde el trueque sirve para poner precio a los bienes. Estas castas se pueden traducir en nobleza (Copas), comerciantes (Raíces) y esclavos (gente de la Tierra).

Modh sabía poco sobre las Raíces. No había nadie parecido en su pueblo. Le preguntó a Nata acerca de ellos y observó lo que pudo desde la reclusión del hanan. La gente de la Raíz era rica. Supervisaban el cultivo y la cosecha, los almacenes y los mercados. Las mujeres de la Raíz tenían a su cargo la construcción de las casas y hacían todas las ropas maravillosas que vestían las Copas.

Los hombres de la Copa tenían que desposar a mujeres de la Tierra, pero las mujeres de la Copa, si se casaban, debían hacerlo con hombres de la Raíz. Cuando le dieron su espada, Tudju también adquirió varios pretendientes, hombres de la Raíz que venían con paquetes de dulces y esperaban de pie al otro lado de la cortina del hanan, decían cosas educadas y luego se marchaban y hablaban con Alo y Bela, los señores de Belen desde que su padre había muerto en una incursión hacía años.

Las mujeres de la Raíz tenían que desposar a hombres de la Tierra. Había una mujer de la Raíz que quería comprar a Bidh y casarse con él. Alo y Bela le dijeron que lo venderían o se lo quedarían, lo que él eligiera. Bidh no lo había decidido aún.

La gente de la Raíz tenía esclavos y cultivos en propiedad, pero no tierras ni tampoco casas. Todos los bienes inmuebles pertenecían a las Copas.

Modh y Mal, dos de las niñas raptadas, son criadas en la misma casa y asumen con normalidad este nuevo sistema. Solo Modh, que tenía once años cuando ocurrió, recuerda vagamente su vida anterior en su tribu y señala en alguna ocasión lo extraño que le parece ese nuevo mundo. Pero nada más. El relato es una denuncia al robo de la identidad cultural de los pueblos colonizados, a la esclavitud y, también, a la gente que juzga a las personas oprimidas por «dejarse oprimir».

Esto es algo que vemos continuamente en nuestro día a día. Por qué las mujeres maltratadas continúan con sus parejas, por qué la clase obrera vota a la derecha, por qué los trabajadores precarios defienden a sus jefes… por qué, en definitiva, el sistema perpetúa el sistema. Creo que la pregunta se responde sola. De hecho, Curry también la señala en su introducción este fragmento:

Modh no dijo «pero…». Ella veía clarísimo que se trataba de un sistema de intercambio y que no era un intercambio justo. Venía de un entorno lo bastante alejado de este como para ser capaz de observarlo desde fuera. Y, estando excluida de la reciprocidad, cualquier esclava podía contemplar el sistema con ojos incrédulos. Pero Modh no conocía otro sistema, ni la posibilidad de que tal sistema existiese, que es lo que le habría permitido decir «pero».

Además, hay que fijarse muy bien en las palabras que se utilizan para designar las cosas. Para la autora, «las palabras tienen poder» era un auténtico mantra. De hecho, veremos la importancia de los nombres también en esta historia, al igual que sucede en Un mago de Terramar. Así que es imposible dejar de mencionar el hecho de que los hijos de la Copa que las esclavas daban a luz fueran llamados dioses. O todo el discurso que tiene uno de los esclavos, Bidh. La colonización no se limita a borrar la cultura original, sino que además realza la cultura colonizadora para que esta sea preferible por encima de la otra. Un verdadero síndrome de Estocolmo. Porque cuando te convierten en nada, es mejor hacerte sentir que eres algo. Y los esclavos eran más que la gente de las tribus por el hecho de vivir en la Ciudad.

¿No soy un hombre de la Ciudad? ¿No es mi hermana la esposa de tu hermano? ¿No es mi sobrino también el tuyo, y un dios? ¿Por qué querría escapar de nuestra Ciudad e irme con esa gente ignorante a pasar hambre a la intemperie, a comer raíces del lodo y bichos que se arrastran?

Otro gran poder de Le Guin era su interés en la antropología, su capacidad de entender e idear sistemas sociales y políticos y saberlos mirar desde dentro y desde fuera y, también, de mostrárnoslos al resto. Como a muchas otras, la ciencia ficción le sirvió para hablar de situaciones de nuestra realidad de forma general y de ir un poco más allá.

Ursula K. Le Guin, la autora.

En Las niñas salvajes, la escritora estadounidense no solo denuncia un sistema que bebe de arrancar niñas de su cultura y someterlas, donde las mujeres deben ser protegidas de la lujuria de los hombres. También denuncia cómo esos hombres son esclavos del sistema, y es que gran parte de los acontecimientos que ocurren en el relato suceden porque «así se hacen las cosas». Bela, el dueño de las hermanas, no lo dice con maldad, ni siquiera con resignación: es que el sistema es así y no concibe otro modo en que se hagan las cosas. Sin embargo, al igual que Modh, percibe de algún modo que el sistema no es justo, aunque no haga nada por cambiarlo. Eso, según Joanna Russ, podría ser tildado de mala fe.

Compartamos esta opinión o no, lo cierto es que los hombres de la Copa y de la Raíz (sobre todos los de la primera casta) no hacen más que reflejar nuestra propia sociedad y las actitudes de los hombres que la conforman, y no salen muy bien parados. Son fuertes, son ricos, consiguen lo que se proponen aunque no tengan claro ni siquiera cuál es su objetivo. Satisfacen sus caprichos sin oposición porque tienen ese privilegio. Pero no quedan reflejados como un modelo a imitar.

Las mujeres siempre están en un segundo plano. Podría parecer que Tudju, la hermana de Bela, en un momento dado impone su voluntad sobre la de sus hermanos, pero lo cierto es que, aun estando en la misma casta, las mujeres deben valerse de cierta astucia para que su voz sea escuchada. Y, como se ve al final, no siempre es suficiente. El sistema siempre gana.

Modh aprende pronto a utilizar las múltiples debilidades de los hombres en su favor para salvaguardar a su hermana. Este es el hilo principal de la narración: cuando son raptadas, Modh se escapa pero vuelve con el grupo para cuidar de Mal, su hermana pequeña. Ante todo, su vida es protegerla hasta que el sistema le arranca también ese poder.

El segundo hilo tiene que ver con la espiritualidad, un tema también frecuente en Le Guin. Y es que, durante el asalto a las tribus, los hombres raptan también un par de bebés y uno de ellos enferma durante la travesía. Los hombres se desentienden hasta que la pequeña fallece, pero son incapaces de enterrarla. Aunque la gente de la Ciudad llama a sus esclavos gente de la Tierra, los deshumanizan hasta tal punto que son incapaces de devolverlos a la tierra cuando mueren. Los abandonan entre arbustos o los lanzan a las fieras. Para la gente de las tribus, eso significa que el alma de le fallecide se quedará en la tierra, hostigando y persiguiendo en su sufrimiento a quien estuviera relacionado con su muerte.

Este tema acaba de dar consistencia al relato y hace de Las niñas salvajes una historia que te remueve por dentro en todos los sentidos. Le Guin no es morbosa, pero tampoco se anda con eufemismos. Utiliza las palabras justas para contar exactamente lo que necesita y producir el efecto que desea. Y lo consigue, vaya que sí.

Ejemplares de Las niñas salvajes.

El ensayo que sigue a esta novelette es una reflexión sobre la modestia. Con la lucidez que la caracteriza, la autora expone una breve historia etimológica sobre este concepto y su contraposición con la soberbia y también con la humildad (en esto me ha recordado a la última novela de Rodolfo Martínez, donde un clérigo se cuestiona si su extrema humildad no será una muestra de soberbia). En estos tiempos que corren, donde muches alardean sobre temas que desconocen y otres minimizan sus logros tras el síndrome del impostor, o donde aquellas personas heridas en su orgullo acusan de sobradas a otras que están demostrando sin regodearse que tienen mayores conocimientos, es sin duda una lectura que recomiendo. A mí me lleva a pensar en lo rápido que vivimos y lo poco que analizamos lo que ocurre a nuestro alrededor.

Por último, encontramos un artículo de Layla Martínez con un breve e intenso repaso a la ciencia ficción feminista hasta los noventa, en cuya corriente entraría, por supuesto, Ursula K. Le Guin. Martínez contextualiza alguna de estas obras, sobre todo las utopías del siglo XIX y lista un buen puñado de referencias que convendría tener en cuenta a quienes deseen ahondar en estas cuestiones. Puede que a algunes les parezca un mero listado, pero no sabéis lo importante que es crear un canon y relacionar las obras entre sí, enlazar temas comunes y destacar la evolución de esta forma de acercarse y entender la ciencia ficción. La apertura de temas y de enfoques sin duda fue un soplo de aire fresco a la ciencia ficción feminista y es algo de lo que nos estamos nutriendo hoy en día. Lola Robles, Nieves Delgado, Kameron Hurley, Rocío Vega, Felicidad Martínez, Becky Chambers, Cristina Jurado, Karen Lord, Caryanna Reuven y muchas otras son herederas y exponentes de esta corriente.

Después de una historia tan dura como la de Le Guin, acabar recordando que no estamos solas y que nunca lo hemos estado, y que debemos recordarlo a menudo para que estos nombres no vuelvan a perderse en la historia, me parece un cierre espléndido a un libro que merece estar en nuestras bibliotecas. Como toda su obra.

Laura S. Maquilón
Laura S. Maquilón (Novedades/Fichas de autoras): Escritora ofídica. Reseñista en Más que veneno y Libros Prohibidos, editora en Windumanoth y maleante en Twitter. Le gusta el diseño gráfico, leer sobre señoras y corregir textos. Siempre aprendiendo.


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