Retellings: el valor de volver a contar una historia

Cuando estudié el Máster en Estudios Literarios teníamos una asignatura llamada Temas recurrentes en la Historia de la Literatura. Recuerdo que en la primera clase la profesora nos explicó que el valor de la originalidad es un concepto moderno, que siglos atrás no era tan importante tratar temas originales como que el autor les infundiera su propia perspectiva. Esta idea me dio mucho que pensar en su momento y despertó mi interés académico por los retellings.

Si nos vamos a la historia de la literatura, a periodos como el Renacimiento o el Barroco, encontramos un catálogo de reescrituras de mitos o repeticiones del mismo arquetipo de historia, donde lo que importaba a los lectores era cómo el autor adaptaba esa historia a su estilo. Está claro que el público no ha perdido el gusto por esta clase de reinvenciones; de otro modo no se explicaría la gran cantidad de retellings que encontramos en todos los medios.

Un retelling consiste en la transformación de un texto al que llamamos «hipotexto» para crear uno nuevo, el «hipertexto». Entre los dos se establece una relación que se llama «intertextualidad». En definitiva, reescribir es volver a contar una historia aplicando algún tipo de modificación, teniendo en mente la obra original.

Que los retellings son muy populares es algo que se hace evidente en el enorme catálogo que podemos encontrar. No voy a citar aquí una lista de retellings porque, incluso si los acotara a un campo concreto, como los cuentos de hadas o los clásicos de la literatura de género, no terminaría nunca; así que voy a poner solo algunos ejemplos: autoras consagradas como Angela Carter, Ana María Matute y Carmen Martín Gaite han escrito retellings. Hace poco se publicó Érase otra vez, una antología de reescrituras de cuentos, y gracias a su éxito se convocó una segunda antología sobre villanos de Disney. Los retellings no se han limitado a las librerías, también llenan las carteleras de cine, el catálogo de series de cualquier plataforma y el mundo de los videojuegos.

Desde siempre he sentido un gran interés por lo que supone volver a contar una historia, y durante mi paso por la universidad dediqué varios trabajos y un TFM a estudiar las reescrituras. Por eso os traigo este artículo donde, desde mi punto de vista, analizo en qué consisten los retellings y por qué nos fascinan.

¿Posmodernidad o tradición?

Cuando leo artículos sobre retellings, ahí está esa idea, una y otra vez: la posmodernidad es responsable del deseo de volver al pasado para hacerlo nuestro. También se va evidenciando que cuanto más difícil es la crisis que sufre una época, mayor tendencia hay a refugiarse en el pasado, y nuestra generación desde luego que sabe lo que es vivir una crisis. Hay un claro confort en retomar las historias que nos hicieron sentir bien en la infancia y adaptarlas nuestro nuevo contexto.

Pero no solo recurrimos a los retellings en busca de confort, sino también para cuestionar el hipotexto. A menudo la reescritura va acompañada de la deconstrucción, de exponer los asuntos problemáticos de las historias. En este sentido, al leer retellings estamos buscando entender las historias que nos han convertido en lo que somos.

Aun así, los retellings están lejos de ser un fenómeno actual, y para comprobarlo nada mejor que volver atrás en el tiempo para conocer la evolución de los cuentos de hadas.

Los cuentos de hadas y el retelling a través de los tiempos

Cuando se habla de retellings, lo primero que me viene a la cabeza son los cuentos de hadas, porque su historia va inevitablemente unidad a la palabra «reescritura». Las versiones que nos han llegado casi siempre son retellings de retellings. Si yo digo «Blancanieves», lo más probable es que nos venga a la cabeza la princesa Disney de la película de 1937, que es una versión de un cuento de 1812, que a su vez es una reescritura de los hermanos Grimm de un cuento tradicional alemán. Y estos son solo un par de ejemplos de las múltiples versiones de Blancanieves que podríamos encontrar; hay multitud de películas, libros y otros medios que vuelven a contar a su manera la historia de la princesa que mordió la manzana envenenada.

Blancanieves tiene infinitas caras.

Uno de los aspectos más interesantes de esta tendencia es la posibilidad de encontrar retellings contemporáneos que actualizan los valores del original. Hablo sobre escribir una versión feminista de La Cenicienta, de exponer los aspectos más problemáticos de La bella durmiente o de convertir Los tres cerditos en una metáfora sobre el capitalismo. Quizás lo que estoy diciendo no guste a todo el público. ¿Es válido hacer esto? ¿Deberíamos dejar los clásicos en paz y crear nuestras propias historias?

Pues esta cuestión no es discutible, porque esto es algo que se lleva haciendo desde hace siglos. Vamos a tomar el ejemplo de Caperucita roja. Hay cientos de historias más o menos similares que podrían ser el origen del cuento, así que me voy a centrar en la que se ha rastreado como la más directa a la versión que conocemos: una historia francesa a la que el folclorista Paul Delaure llamó El cuento de la abuela. Una niña se encuentra con un lobo que mata a su abuela, se hace pasar con ella y la engaña para que se meta en la cama con él; pero antes de que pueda devorarla, la niña se da cuenta de que algo no va bien y, usando su ingenio, huye del lobo. ¿Mensaje de este cuento? Probablemente era una historia que las mayores contaban a las chicas jóvenes para advertirles que iban a encontrar muchos peligros en su camino hacia la madurez y que para sobrevivir debían ser más astutas que los «lobos». En 1697 llega Charles Perrault y, partiendo de El cuento de la abuela o de otra historia similar, escribe Le Petit Chaperon Rouge. Esta vez, después de engañar a la niña para que se meta en la cama con él, el lobo se la come. Aunque hay varias interpretaciones, parece que se trata de una clara advertencia a las jóvenes para que eviten la compañía de hombres con malas intenciones, de hombres que intentarían «echarlas a perder». Damos un salto temporal hasta el siglo XIX, cuando los hermanos Grimm, que habían escuchado la historia gracias a una amiga de origen francés, cambian el cuento para darle un final feliz que llega de la mano de una figura paterna que rescata a la niña y a la abuela. La historia termina con Caperucita prometiendo que ha aprendido la lección: obedecer a sus padres. Este nuevo final se debe a que los Grimm querían enfocar sus obras al mercado infantil y llenarlas de valores que respondieran al modelo de familia burgués.

Entonces, tenemos una primera historia que se contaban las mujeres entre sí, la cual les dice a las niñas que deben estar alerta y ser listas; una reescritura de un autor varón de clase media, que responde a los valores de la sociedad francesa del siglo XVII; y otra de dos autores del siglo XIX, que defiende el orden familiar y la obediencia de las niñas.

Salvo excepciones como La Bella y la Bestia, que tiene una autoría conocida, una constante en las reescrituras de los cuentos de hadas es que pasan de un primer estado colectivo y un ámbito femenino a la individualidad de autores masculinos, que los adaptan a los valores de su tiempo y clase social. Es interesante que estas historias vuelvan a pasar a la colectividad al favorecerse que cualquier autor pueda hacer su propia versión.

Me he centrado en hablar de cuentos, aparte de porque son los retellings con los que estoy más familiarizada, por la predisposición que presentan a ser reescritos. Pero también se puede aplicar al folclore, la mitología y los clásicos de la literatura.

¿Por qué nos gustan los retellings?

Cartel del musical Wicked, escrito por Winnie Holzman. Una historia alternativa de la bruja mala del oeste.

¿Sabéis qué es lo mejor de leer fanfics? No, no me estoy saliendo por la tangente para hablar de otro tema que me gusta (o quizás un poco sí). Una de las principales razones por las que me gustan los fanfics es que no tengo que pasar por el periodo de conocer a los personajes o su mundo, ya son familiares y ya los amo. Como escritora la sensación es similar, puedo saltarme la exposición: si quiero escribir un fic donde Harry se lía con Draco, no tengo que explicaros quiénes son Harry y Draco, cómo son, cuál es la dinámica de su relación ni cómo funciona el mundo mágico en el que viven, así que puedo centrarme en escribir el romance.

De esta manera, en un retelling los lectores ya conocen a los personajes y la historia. No se trata de evitar esforzarse en crear un universo o presentar a los personajes, sino de que el público no parte de cero, tiene ideas previas sobre lo que va a leer que permiten al autor jugar al modificarlas. No estoy hablando necesariamente de subvertir los arquetipos; un simple cambio de desarrollo de la historia, de género, de ambientación o del carácter de los personajes ya supone un interesante juego con el lector.

Sería una tontería muy grande, y no quiero que se interpreten así mis palabras, decir que solo escribimos fanfics porque es más fácil que crear una obra original o que los leemos para no esforzarnos con La Literatura™. El principal motivo por el que escribimos y leemos fanfics es por amor al original. Creo que eso es lo que nos mueve también a los retellings: queremos escribir o leer más sobre esas obras que nos fascinaron. El motivo por el que ciertas historias se prestan tan a menudo a ser reescritas es porque contienen unos tropos o valores que resuenan con gran parte del público y se prestan a las reinterpretaciones.

Al reescribir las historias, autoras y autores establecen un diálogo con el original y pasa a adquirir un papel activo, por eso tanta gente se ha lanzado al retelling. ¿Y el lector? Muchas razones pueden movernos a consumir retellings, ya sea el confort de volver a leer una historia conocida y querida, mezclado con la novedad de los cambios o el deseo de escuchar esos nuevos diálogos. Diálogos que quizás estén más adaptados a nuestro tiempo y a nuestra forma de pensar.

El valor de los retellings: tú también tienes algo interesante que contar

Ilustración de La cámara sangrienta.

A menudo, aunque amemos con todo nuestro corazón una obra, sentimos que le falta algo o que podría ser más.

Cuando alguien toma una obra para reescribirla, está entablando un diálogo propio con ella, la está haciendo suya. Por su parte, los lectores y lectoras pueden sentir una fuerte conexión con este nuevo diálogo si la voz de la autoría es más cercana en el tiempo, la nacionalidad, los valores u otras circunstancias.

Cada persona lee una obra diferente, porque cada lectura es única, gracias a que pasa por los filtros de nuestra experiencia. Unas se parecen más a otras, según el contexto y las experiencias de quien lee, pero todas son personales y únicas. Lo mismo ocurre con las reescrituras, ya que estas parten de esa lectura personal y pasan por nuevos filtros según lo que quiere contar el autor o autora. Es por eso que los retellings nunca se agotan, y por lo que creo que no se debe poner freno a esta tendencia.

Un retelling puede ser simplemente Crepúsculo en el espacio o Frankenstein en el siglo XXI, y si amamos el original es bastante probable que nos lancemos a explorar estas versiones, aunque sea con escepticismo. Esto está bien, porque es confortable y es divertido, y para nada me parece que sea menos válido que crear tu propia historia de la nada (y esto es solo un decir, porque ninguna historia sale de la nada). Aparte de esto, es posible que los cambios afecten en mayor profundidad a la historia y, cuanto más cambia, más introduce el autor su perspectiva.

Con todo esto, no es de extrañar que las mujeres, las personas racializadas y la comunidad LGBT+ se hayan sentido atraídos por la reescritura. La autora inglesa Angela Carter, fascinada por los cuentos de hadas, decía que sentía la necesidad de liberar los cuentos de la visión masculinas, donde las mujeres estaban divididas en bondadosas y obedientes o malvadas. Así nació La cámara sangrienta, una antología de retellings donde los personajes femeninos son mujeres complejas que pueden dar rienda suelta a sus deseos, incluso a los más oscuros y a los que van en contra de la moral1.

Seguimos creando y consumiendo nuevas historias, seguimos buscando la originalidad, pero hay un innegable atractivo en los retellings. El amor al texto meta y la posibilidad de participar en un nuevo diálogo que resuene mejor con nuestros valores atraen tanto a las personas que escriben como a las que leen.

1D’Agostino, Domenico, «El arte como necesidad. La cámara sangrienta de Angela Carter» en Arriaga Florez, Mercedes Escritoras y pensadoras Europeas, Sevilla, ArCiBel Editores, 2007, pp. 237-248.

Yaiza Carrasco
Yaiza Carrasco (Artículos/Reseñas): Lectora desde hace muchos años y escritora unos cuantos menos. Estudié filología hispánica porque lo mío son las palabras. Me gusta consumir historias en cualquier formato. Twitter

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