Maltrato y opresión en la trilogía de La Tierra Fragmentada, de N. K. Jemisin

N. K. Jemisin, autora de La Tierra Fragmentada.

La trilogía de La Tierra Fragmentada ha conseguido la aclamación del público desde la publicación de su primera parte, La quinta estación, y ha hecho a N. K. Jemisin ganadora del premio Hugo durante tres años seguidos (2016, 2017 y 2018). De hecho, su discurso de aceptación del premio Hugo de 2018 es un magnífico resumen de los temas que la autora quería transmitir (y consigue hacerlo de manera magistral) en estos libros de fantasía: la opresión estructural, la discriminación, la deshumanización, vivir en un mundo que intenta destruirte, pero también disfrutar de las pequeñas victorias y de los lazos que nos unen a la familia (ya sea de sangre o encontrada).

 La Tierra Fragmentada funciona a muchos niveles, y la formación de Jemisin como psicóloga permea en la construcción de sus personajes, pero también en todos los estratos de la obra. Esos lazos, que en muchas ocasiones son grises, a partes iguales hechos de amor y de rencor, hacen que intentar analizar las relaciones entre todas las variadas entidades que tienen un papel en las obras sea una tarea titánica. Aun así, si consigo describir una parte de la profundidad de la obra, lo consideraré una pequeña victoria digna de ser celebrada.

Antes de empezar, un breve aviso: este artículo repasa los hechos que acontecen en la trilogía al completo, es decir: alerta de spoilers. Si aún no has leído estos libros, te recomiendo leer nuestra reseña del primer volumen, La quinta estación.

De lo grande a lo pequeño

El mundo en el que se desarrolla esta trilogía tiene un papel fundamental en la historia: la Aciaga Tierra es un personaje más, uno de gran importancia. La Quietud, el continente en el que en su gran mayoría transcurren los hechos, es un mundo hostil. Hostil contra las personas que viven en él, plagado de fenómenos sísmicos que crean terremotos y volcanes, envenenan el aire, destruyen comunidades y matan a personas. Hostil en la sociedad que ha conseguido sobrevivir en él, donde no hay sitio para la piedad a los que no pueden aportar a las comunidades. Hostil contra los orogenes, aquellas personas con el poder de controlar la energía térmica y cinética y, por tanto, de paralizar desastres sísmicos… o provocarlos. Todas estas relaciones se cimentan en la supervivencia, y plantean cuestiones importantes, como la pérdida de la humanidad y de la identidad para sobrevivir, o si es posible la supervivencia sin que haya un colectivo siempre abajo, pisoteado por el resto.

La Tierra y los humanos

Hoa, atrapado en el obelisco enterrado en la costa de Allia. Fanart del usuario Doomglossary extraído del Tumblr thebrokenearth.

La Aciaga Tierra, como ya se ha comentado, es un personaje, una entidad inteligente y sentiente en esta saga. Su enemistad con los humanos comienza con los intentos de una sociedad conquistadora, llamada Syl Anagist, de convertir a la misma Tierra en un motor que les proporcione energía mágica ilimitada para continuar con su cómodo estilo de vida. En Syl Anagist la vida es sagrada, porque la vida es magia, y la magia es combustible para todo lo que les rodea. En El cielo de piedra se nos narra el fatídico destino de un grupo étnico, los niesos, que fueron deshumanizados, su tecnología desdeñada y su pueblo, las personas que lo componían, convertidos en fuentes de energía para Syl Anagist. También utilizaron sus genes para crear a los afinadores, aquellos que tenían que encargarse de poner el motor en marcha y a los que, de nuevo, se intentó deshumanizar y convertir en meras herramientas para la esclavización de la Tierra (y de los que, se entiende, descenderán más adelante los orogenes).

Sin embargo, como ya hemos dicho, la Tierra de esta saga es sentiente. Y, por su parte, no tiene ningún interés en quedar esclavizada por la plaga que recorre la superficie de su corteza. Utilizando el metal, su aliado, consigue robar parte de los obeliscos que debían esclavizarla, así como a ciertas personas a las que daba longevidad y gran poder… a cambio de convertirlas en sus marionetas.

Esta batalla termina sacando la Luna de su órbita, y deja a la Tierra, el padre que pierde a su hija, como una entidad rabiosa y hostil dispuesta a acabar con aquellos que la desafiaron.

—Hola, pequeña enemiga.

(El Padre Tierra a Nassun durante su viaje por el núcleo terrestre, El cielo de piedra)

La Tierra y los Guardianes

Los Guardianes se presentan al inicio de la saga como personajes inquietantes: los únicos capaces de dominar a los orogenes y sus terribles poderes, personas de una fuerza y una agilidad monstruosa que sonríen todo el tiempo, con ropas bermellón y cuyas intenciones nunca están claras. Más adelante, se descubre que son descendientes táticos de orogenes (es decir, personas que no han heredado la orogenia de sus progenitores, pero casi) a los que se le inserta una pequeña esquirla de metal en las glándulas sesapinales. Es decir: son personas que viven en un delicado estado de simbiosis con los poderes de la Tierra.

Durante la trilogía, se da a entender que existen dos tipos de Guardianes: aquellos que han sucumbido al poder de la Tierra (contaminados) y aquellos que no. El litonúcleo, la esquirla de metal que les da su increíble longevidad y poderes, también intenta borrar su identidad, les provoca un dolor constante e intenta por todos los medios hacerse con el control de sus huéspedes. Y así conviven, en un estado de batalla constante en el que intentan aprovecharse del otro y dar lo menos posible a cambio.

La Tierra y los comepiedras

Gracias a los recuerdos de Hoa, el comepiedras que acompaña a Essun, la protagonista de la historia, y que más adelante descubrimos que es el narrador de la saga, conocemos el origen de los comepiedras: aquellos afinadores que debían esclavizar a la Tierra. Si bien, gracias a su recién adquirida consciencia de ser herencia genética de un pueblo desdichado, de la deshumanización y de la codicia y la estupidez de aquellos que se creen superiores y más humanos que ellos, pretendían sabotear el motor que esclavizaría a la Tierra, esta decide darles un destino distinto al de la destrucción: los une a ella y les indica que vivirán tanto como ella misma, volviendo su carne de piedra y mineral.

Los comepiedras no son un grupo homogéneo: están aquellos que desean pactar una tregua con la Tierra y están aquellos que desean acabar con ella y, de paso, con su existencia imperecedera.

La Tierra y los orogenes

Si hay algo que parece caracterizar la relación entre Tierra y orogenes es reconocimiento. Los llama «pequeños enemigos», probablemente por reconocerlos como lo mismo que eran los afinadores en tiempos de Syl Anagist: criaturas capaces de combatir su poder. Dado que más adelante descubrimos que los Guardianes siempre tuvieron un fragmento de la Aciaga Tierra en su interior, y que eran estos los que a su vez podrían haber susurrado en los oídos adecuados que los orogenes son menos humanos, que son peligrosos y que deben ser controlados o destruidos, cabría preguntarse hasta qué punto la opresión que sufren los orogenes es una estrategia de la Tierra o proviene de ese miedo y ese odio tan humano al diferente, al otro… o de una terrible combinación de ambas cosas.

Facciones

Así pues, se puede ver con claridad lo que implica este escenario: un constante estado de guerra entre un planeta anfitrión que desea destruir a sus huéspedes, unos huéspedes involuntarios atados a la Tierra y con distintos intereses, unos táticos que desean sobrevivir a los fenómenos sísmicos conocidos como la quinta estación (la de la muerte) y unos orogenes que desean sobrevivir a eso y a una sociedad que desea destruirlos u oprimirlos.

Los comepiedras y los orogenes

Hoa y Essun. Ilustración de Miranda Meeks.

La relación entre comepiedras y orogenes podría, hasta cierto punto, considerarse análoga a la de los Guardianes con su litonúcleo: algunos comepiedras se adhieren a orogenes con el poder de utilizar el Portal de los Obeliscos (el vetusto motor que una vez alejó la Luna de su órbita y creó la guerra contra el planeta que mantienen todos los seres vivos) y les protegen y les enseñan cómo hacerse con el control de ese mecanismo arcano. Sin embargo, también saben que eso, el control de los obeliscos, el control de la magia, los acabará convirtiendo en piedra y les impedirá usar su orogenia. Sus silencios y su manera de no compartir sus objetivos abren un abanico de relaciones, algunas más sinceras que otras.

Acero y Nassun
Tal vez la relación más obvia de un comepiedras utilizando sin mayor miramiento a un orogén es Acero, también llamado Hombre Gris. Tras intentar crear una división entre orogenes y táticos en Castrima, la comu que intentaba aunar a esas dos facciones como iguales que pueden convivir, se presenta ante Nassun, percibiendo el potencial de la niña. Aunque le da indicaciones e intercede cuando es necesario para mantenerla viva, y aunque mantienen una conversación que podría considerarse casi sincera en Nucleobase, Acero quiere destruir la Tierra y siente que Nassun, esa pequeña y poderosa orogén demasiado herida para la edad que tiene, demasiado desesperada por la injusticia del mundo en el que vive, demasiado dispuesta a hacer lo que sea para acabar de una vez por todas con el dolor, es la herramienta perfecta para hacerlo. Y, como tal, la utiliza sin más miramientos.

Antimonio y Alabastro
Esta es probablemente la relación más confusa en cuanto a su naturaleza. La comepiedras no se muestra afectuosa con Alabastro y, como pasaba con Acero y Nassun, intercede cuando lo ve necesario para mantenerlo a salvo. Sin embargo, sí vemos algunos momentos de cierta ternura, sobre todo cuando lo cuida e intenta aliviarlo una vez que Alabastro ya ha comenzado a convertirse en piedra. En ese momento podría pensarse que Alabastro ya ha cumplido su propósito para los planes de Antimonio, y sin embargo se queda a su lado hasta el final y convierte a Alabastro en un comepiedras, lo que podría considerarse un gesto de afecto y de una relación con más facetas que la sencillamente utilitaria. Al fin y al cabo, en la destrucción de Allia también salva a Sienita (Essun) por la importancia que ella tiene para Alabastro, lo que al final, de nuevo, podría considerarse un gesto de amor o afecto hacia él.

Hoa y Essun
Hoa, como narrador, es el único comepiedras cuyo discurso interior conocemos. Y, por tanto, sabemos que al menos su relación con Essun tiene múltiples facetas. Hoa quiere que Essun le quiera, y por eso se presenta ante ella con la forma de un niño humano, intentando ocultar a toda costa su verdadera naturaleza. La protege todo lo que puede, tanto de otros comepiedras como de cualquier otra amenaza. En sus recuerdos nos indica que al rememorar a Kelenli, su primer amor, quiere que se parezca a Essun, quiere ponerle sus rasgos. Y, sin embargo, debe usarla.

El diálogo interior de Hoa con respecto a Essun está repleto de culpabilidad, pues sabe que utilizar el Portal de los Obeliscos acabará con Essun, pero también que es necesario. Su cuidado al convertir a Essun en una comepiedras al final de El cielo de piedra, su alegría al descubrir que ha mantenido sus recuerdos y su personalidad, su ternura al comerse la piedra del cuerpo de Essun, podrían considerarse los actos de amor de los que Hoa es capaz dada su naturaleza, sin abandonar su plan de alcanzar una tregua con la Aciaga Tierra y acabar con las estaciones, devolviendo la Luna a la órbita de la que él la sacó.

Hoa, presentándose ante Essun como un niño. Ilustración de Mike Gregory.

Los táticos y los orogenes

La visión en general de los táticos hacia los orogenes se puede describir en pocas palabras: miedo, asco, odio. Un orogén no es, legalmente, una persona. Los orogenes matan. Los orogenes están locos. Los orogenes provocan terremotos. Los únicos orogenes que tienen un cierto estatus en la Quietud son los ropasbrunas, los orogenes entrenados en el Fulcro, controlados por los Guardianes (y, aun así, ese estatus es parecido al de un mal menor que aceptan arrugando la nariz y deseando que resuelvan su problema lo antes posible para poder perderlos de vista). Y tienen toda una cultura que apoya este comportamiento.

Damaya y su familia
La primera vez que vemos lo rápido que un tático deshumaniza a un orogén es mediante los ojos de Damaya, una niña orogén que más adelante adoptará el nombre de Sienita, como orogén del Fulcro, y después de Essun, que finge ser una tática. La familia de la niña la ha encerrado en el granero (se entiende que siguiendo las indicaciones para, a la vez, protegerse ellos y protegerla a ella de una turba enfurecida que deseara acabar con la amenaza). Las condiciones de Damaya son inhumanas: tiene frío, hace sus necesidades donde puede. Su estatus de humana acaba en el momento en el que casi mata a un niño del creche con su orogenia. La madre hasta regala su abrigo a un familiar porque había oído que los orogenes no sienten el frío como ellos. El hermano de Damaya ni siquiera se despide de ella antes de que se la lleven para siempre. La niña deja de ser una niña a sus ojos para convertirse en un monstruo.

Jija y Uche
Cuando empiezas a leer La quinta estación, sabes que no va a ser un libro fácil por cómo empieza: con un niño muerto a golpes en el salón de su casa. Uche era el menor de los hijos de Essun, la orogén haciéndose pasar por tática, y Jija, el tático. Al principio de la historia ni siquiera se sabe con claridad qué pasó para que Uche desvelara su orogenia y Jija lo matara. En El Portal de los Obeliscos descubrimos la terrible verdad: el niño le preguntó a su padre por una piedra preciosa que llevaba en el bolsillo. Un acto que no era peligroso, que no era agresivo, y que en cambio desencadenó en Jija una respuesta terrible: la de asesinar a su hijo en el acto, solo por haber descubierto su verdadera naturaleza.

Pero en ese momento Uche se despierta. Jija lo lleva a la sala de estar y le pregunta si tiene hambre. Uche responde que no. Luego sonríe a Jija y, con la certera sensibilidad de un poderoso niño orogén, señala el bolsillo de su padre y pregunta:

—¿Por qué te brilla, papi?

Las palabras suenan bonitas pronunciadas entre los balbuceos de un bebé. Pero aquella certeza, saber que la roca se encuentra en el bolsillo de Jija cuando no hay manera de que Uche supiera que estaba ahí, es la que lo condena.

Jija y Nassun
Justo después de matar a Uche, Jija le pregunta a su hija si ella también es orogén, y la niña, aterrorizada, le confiesa que sí. La relación de Jija y Nassun hasta este punto era idílica. Nassun siente rencor hacia su madre por su manera de tratarla y de adiestrarla para que controle su orogenia (más adelante revisaremos esta relación en concreto), pero ella era la niña de papá, la niña de sus ojos. Es posible que sea ese favoritismo el que haga que Jija no la asesine al instante, sino que piense en una alternativa: un lugar en las Antárticas llamado Luna Hallada donde, se dice, un orogén puede aprender a dejar de ser orogén. Sin embargo, la relación se rompe en ese momento. La disociación de Jija entre Nassun su hija y Nassun el monstruo al que odia y al que desea matar hace que su comportamiento cambie. Y también cambia el de Nassun, que empieza a utilizar el amor de su padre que aún puede despertar para mantenerse viva. El momento en que el amor de Jija se vuelve condicional (serás la niña de mis ojos si abandonas tu naturaleza) y el de Nassun se convierte en manipulación (le llamaré papi para intentar que no me mate como a Uche) la relación se malogra.

—Papi —repite, con un gimoteo desamparado en esa ocasión. Eso es lo que siempre lo ha conmovido las veces que ha estado a punto de enfrentarse a ella: que le recuerden que se trata de su pequeña. Que le recuerden que, hasta ese día, ha sido un buen padre.

Es una manipulación. La realidad arranca de cuajo parte de su interior. En lo sucesivo, todas las muestras de afecto que le dedique a su padre serán planeadas y falsas. Su infancia muere en ese preciso momento, de sopetón. Pero sabe que eso es mejor que morir del todo.

(El Portal de los Obeliscos)

Si hay una palabra para definir cómo es leer todo este proceso desde los ojos de Nassun, esa es «doloroso». Es doloroso ver a una niña que intenta amar a su padre pero no puede, porque también ama lo que es y ambos amores son incompatibles; en el momento en el que entiende que su padre ha dejado de ser un protector para convertirse en un peligro. Este contraste será aún más fuerte en la mente de Nassun cuando conozca a Schaffa, que le mostrará un amor incondicional, que no odia su naturaleza. Finalmente, Jija entiende que su hija nunca dejará de ser orogén e intentará matarla, como ya hizo con su hermano, pero para entonces Nassun no solo es más poderosa, sino que también veía venir este resultado, y acaba matando a Jija convirtiéndolo en cristal y diciéndole que ha intentado seguir queriéndolo.

—Lo siento, papi —dice Nassun, al fin—. He intentado no dejar de quererte, pero es muy difícil.

(El Portal de los Obeliscos)

Los responsables de los nódulos

Al menos uno de los hijos de Alabastro, probablemente más, acabó en los nódulos. En la imagen, de Jemina Malkki, Alabastro aparece sujetando al único de sus hijos que crio, Corindón.

En La Tierra Fragmentada hay muchos momentos terribles. Y, sin embargo, creo que todo el mundo que haya leído la trilogía estará de acuerdo en que uno de los más terribles es la revelación de lo que ocurre en los nódulos. Los nódulos son pequeñas instalaciones dispuestas en los lugares de mayor actividad sísmica, con un orogén al cargo y un pequeño destacamento de soldados y equipo médico para atenderle. Sienita, y con ello se presupone que gran parte del Fulcro, piensa que es sencillamente un destierro: un orogén mediocre o que ha metido la pata de alguna manera, al que envían a un destino aburrido, donde no tendrá la posibilidad de seguir ascendiendo en la rígida jerarquía del Fulcro y alcanzar más poder y estatus. Sin embargo, la realidad es mucho más siniestra: los responsables de los nódulos son orogenes, sí, pero cuyo poder no podía controlarse en el Fulcro. Por ello, les realizan una intervención quirúrgica que hace que pierdan el control de sus glándulas sesapinales y que, por lo tanto, sofoquen de manera instintiva con su orogenia todos los seísmos que detecten. Esto les provoca un dolor terrible, por lo que permanecen atados a una silla de malla y sedados todo el tiempo. Alabastro también indica que es habitual que se permita a gente con fetiches de indefensión entrar y abusar sexualmente de esos orogenes, que, en muchos casos, son extremadamente jóvenes.

Una vida de dolor, indefensión, inmovilidad y abuso provocada conscientemente a una persona solo para convertirla en algo útil, por las buenas o por las malas, es uno de los casos más impactantes de deshumanización y maltrato que encontramos en La Tierra Fragmentada, no muy distinto al uso que se daba a los niesos en Syl Anagist. Cuando las personas dejan de ser personas y se convierten meramente en recursos, el maltrato puede llegar a límites tan extremos como estos.

Los Guardianes y los orogenes

Los Guardianes son de las criaturas más extrañas que nos encontramos en esta trilogía, ya que viven en un delicado equilibrio entre el litonúcleo que intenta parasitarlos y hacerse con el control de su cuerpo e identidad y los orogenes que tienen a su cargo. En El cielo de piedra descubrimos que los Guardianes extraen pequeñas cantidades de magia (o plata) de los orogenes a los que tocan para aliviar el dolor que les provoca el litonúcleo. A su vez, protegen y adiestran a los orogenes, pero también los destruyen cuando se escapan a su control. Los Guardianes pueden anular la orogenia, destruir a los orogenes simplemente con el contacto de su piel desnuda y al mismo tiempo, sobre todo para orogenes jóvenes, son a la vez mentores y hombres del saco.

Schaffa, llevándose a Damaya. Fanart de Slack-water.

Schaffa y Damaya
La primera vez que conocemos a un Guardián es a través de los ojos de Damaya, la niña que algún día se convertirá en Sienita y, más adelante, en Essun. En esta situación, su familia, siguiendo el protocolo que se indica, la ha aislado y le ha retirado todo afecto y todo trato humano. En esas circunstancias, aparece Schaffa, un hombre que la trata con ternura a pesar de ser un monstruo, a pesar de ser menos que humana. Y esto tiene un efecto inmediato y muy buscado: las personas, y especialmente los niños, necesitan figuras a las que querer y que les quieran, que les protejan, que les sonrían y a las que quieren impresionar. Ante el rechazo de la familia y de la sociedad, un orogén solo tiene una persona en la que volcar esos sentimientos: su Guardián.

En un momento dado, Damaya intenta explicar que ella es buena, que puede controlarse y no hacer daño a nadie, y Schaffa le rompe la mano para poner a prueba su control. La niña llora por el miedo, por el dolor, pero consigue no contraatacar con orogenia, y por ello recibe el afecto de Schaffa, pero también una lección que todos los orogenes del Fulcro reciben y recuerdan por el dolor fantasma de una mano rota: que deben controlar su orogenia pase lo que pase, pero también que da igual lo bien que se comporten, lo bien que se controlen, porque si el Guardián lo considera necesario, les hará daño.

Que la respuesta a un comportamiento sea inconsistente es una de las maneras más fáciles de provocar adicción. Se han hecho estudios con lo que se ha llamado el sistema de recompensa variable, y es una de las tácticas más usadas en relaciones tóxicas y de maltrato. Si las acciones son consistentes (si te portas bien, recibes estímulos positivos; si te portas mal, recibes estímulos negativos), la necesidad de satisfacer a la otra persona será más estable. Sin embargo, cuando la respuesta es inconsistente, tiene un doble efecto: por un lado, la víctima se esforzará el doble por conseguir un estímulo positivo, y además su respuesta neuroquímica y psicológica será mucho más fuerte. Conseguir una recompensa positiva, si bien aleatoria, se considerará mucho más satisfactorio y necesario.

Schaffa y Nassun
El Schaffa que conocemos a través de Nassun es muy distinto del que conocemos a través de los ojos de Essun. El Schaffa de Nassun recuerda el dolor que causó a cientos de jóvenes orogenes y lo considera cruel. El Schaffa que conoce Nassun está contaminado y lucha por mantener su identidad. Se podría decir que esa disociación separa la influencia del litonúcleo y hace que sea más fácil identificar los instintos inculcados por el parásito. En cualquier caso, es una relación mucho menos gris la que vivió con la hija que con la madre: amor incondicional, protección y sobre todo respeto.

Los orogenes y otros orogenes

Essun, en Castrima, con el Hoa niño junto a ella. Ilustración de Spellsword95.

La existencia de los orogenes es una lucha perpetua por la supervivencia. Esto tiene muchas implicaciones para los orogenes que sobreviven hasta la edad adulta, que no son muchos. Y el motivo de que no sean muchos es sencillo: aquellos que no pueden o no quieren doblegarse acaban asesinados por una turba rabiosa o sirviendo en los nódulos. El adiestramiento que los orogenes del Fulcro reciben los lleva a ser lo menos emocionales que puedan, no ve con buenos ojos ni la colaboración ni los lazos entre orogenes, e invita en cambio a la competición y a una rigidez jerárquica que se apoya en la cantidad de anillos que un orogén consigue en el Fulcro, marcando así de manera numérica y visible su valía e importancia. Todo esto, además, refuerza el sesgo del superviviente y de alguna manera condona el maltrato al que se les somete.

Los balastros del Fulcro: Damaya, Jaspe, Maxixe y Raja
En La quinta estación conocemos una situación que se dio durante el adiestramiento de Damaya, una situación de bullying por parte de sus compañeros que acaba destapando una realidad aún más siniestra. Las escasas propiedades de Damaya desaparecen y recibe reprimendas por ello, hay actitudes hostiles por parte de otros balastos y en una ocasión le echaron alcohol en su desayuno, lo que podría haberle supuesto un gravísimo problema en la estricta educación del Fulcro. Para acabar con la situación, se alía con Raja, una balasto mal mirada por su incapacidad para controlar la orogenia. Finalmente, sabremos que Jaspe, Maxixe y hasta la misma Raja estaban detrás del bullying de Damaya, ya que ella era la mejor de la clase y pensaban que si la atención negativa de los instructores se centraba en ella, ellos podrían relajarse un poco y dejar de estar en peligro todo el rato. También se descubre que Jaspe accedió a dar servicios sexuales a cambio de ciertas cosas, como el alcohol que Raja echó en el zumo de Damaya. Todo este asunto finaliza con el traslado de Jaspe al Fulcro de las Antárticas para separarlo de ese lugar que siempre le traería malos recuerdos (aunque no volvemos a saber nada de él, por lo que podría haber acabado en uno de los nódulos), con Maxixe siendo duramente castigado y haciéndole el vacío a Damaya durante el resto del tiempo (aunque más adelante, en El cielo de piedra, sabremos que sobrevivió, a duras penas, sin piernas y con los pulmones llenos de ceniza) y Raja simplemente se fue (de nuevo, en El cielo de piedra sabremos que acabó en uno de los nódulos).

Nassun, enlazada con el obelisco de zafiro tras matar a Jija. Ilustración de Cha Sandmæl.

Orogenes del Fulcro y orogenes ferales
Los orogenes ferales son aquellos que consiguieron sobrevivir sin que los descubrieran y que por lo tanto nunca recibieron entrenamiento del Fulcro. La relación entre ferales y ropasbrunas es complicada. Los orogenes del Fulcro ven con cierto desdeño la falta de control y precisión de los ferales; pero, sin embargo, Essun acabará descubriéndose un tanto admirada de las habilidades de orogenes ferales y pensando si esa falta de adiestramiento, sin nadie que les marcara un camino estricto, ha podido expandir sus habilidades a cosas que ella se ve incapaz de hacer ni comprender, como pasa con Ykka, la jefa de Castrima. Los orogenes ferales, por otra parte, piensan que los orogenes del Fulcro son demasiado serios y están amargados (en parte, cierto y normal, dado el adiestramiento que reciben).

En cierto punto, Essun entiende que los ferales han desarrollado sus habilidades de acuerdo a lo que necesitaron para sobrevivir, exactamente igual que los orogenes del Fulcro, que requerían no salirse del camino marcado para seguir viviendo.

Nassun y Essun
Esta es la relación que marca toda la saga, la que inicia el periplo de la Essun adulta, la que modifica el destino de la pequeña Nassun, la que alcanza su culmen junto al final de la guerra entre la Tierra y las criaturas que la habitan.

Uno de los aspectos más dolorosos del personaje de Essun es que, tras haber visto a través de sus ojos su vida, entiendes sus motivos. Entiendes sus motivos para entrenar duramente a Nassun desde que es muy pequeña. Al fin y al cabo, el control que ella alcanzó en el Fulcro es lo que le permitió sobrevivir, ¿no? El sesgo del superviviente de Essun es el que marca para siempre la relación entre madre e hija, replicando en Nassun toda la disciplina y el dolor por el que ella pasó, con la esperanza de que esta hija pueda sobrevivir en un mundo que le es hostil, incluyendo romperle la mano para poner a prueba su control. Cuando el maltrato se ha interiorizado como algo necesario para la supervivencia, como algo positivo, incluso, los padres tienden a repetir esas mismas dinámicas con sus hijos, porque al final todo el maltrato ha dado como resultado a una persona capaz de sobrevivir. Las lecciones que Essun aprendió hasta convertirse en Essun son las que intenta transmitirle a su hija, y con eso se convierte en la torturadora de Nassun durante su infancia, lo que hace que la niña se sienta mucho más unida a su padre, Jija, al que considera la figura que la quiere… hasta que descubre lo que es. Essun demuestra durante toda la trilogía arrepentimiento por esta forma de tratar a su hija, e incluso indica que con Uche no fue tan estricta. Cabría preguntarse si, de haber tratado a ambos hijos de la misma manera, Uche habría sentido suficiente miedo a mostrarse como lo que era ante Jija y podría haber sobrevivido.

Nada de votar para ver quiénes son personas. Ilustración de Cat Lambert.

Es curioso el terror que siente Essun al descubrir que su hija está con Schaffa, ya que para Essun Schaffa es la figura aterradora y causante del dolor que ella fue para Nassun. Y, sin embargo, llegado el caso parece comprenderlo, y hasta siente que ya no es digna de ir tras su hija, ahora que tiene un protector mejor. Lo único que la lleva hasta Nassun es saber que la niña piensa destruir el mundo y destruirse a sí misma en el intento. Porque el caso es que ese fue siempre el único objetivo de Essun en todas sus acciones: asegurar la supervivencia de su única hija aún viva.

Durante la batalla por el control del Portal, al final de El cielo de piedra, podemos encontrar la verdadera naturaleza de su relación: Essun siempre ha intentado controlar a su hija para protegerla, pero su hija es determinada y poderosa, y no puede controlarla más, porque tanto controlarla como dejarla ganar supondría su destrucción. Y por eso Essun se rinde, le cede el control a Nassun. Su último pensamiento es orgullo, porque ve ante ella a una persona fuerte, a una superviviente poderosa, a la cual el mundo aún no ha roto y amargado como a ella, y que tiene la posibilidad, la esperanza y la confianza de cambiar el mundo, a lo que Essun renunció hacía ya mucho. La rendición de Essun es, a un nivel simbólico, una ruptura del ciclo, una recuperación de esperanza de un mundo que ella no pudo cambiar, pero su hija sí. Y, de hecho, así es, ya que la muerte de su madre hace que Nassun cambie sus planes y recupere la Luna para apaciguar al Padre Tierra y comenzar el proceso de tregua. El sacrificio de Essun, la ruptura del ciclo de control y maltrato, rompe a su vez el ciclo de maltrato de la Tierra hacia las criaturas que la habitan, facilita la tregua y abre la puerta a un nuevo mundo: uno que no se base en la opresión de un grupo, donde se pueda recuperar la humanidad más allá de una supervivencia cruel. En definitiva, un mundo mejor y más justo.

Vivir o sobrevivir y lo que se pierde en el camino

La trilogía de La Tierra Fragmentada nos muestra personajes que, por vivir en ese mundo hostil, tienen que tomar decisiones horribles, quebrarse bajo presión y endurecerse una y otra vez para seguir adelante. Eso les lleva a ser crueles, inhumanos, fríos y poco misericordiosos con aquellos que no se han endurecido tanto. Y también les lleva a perder la esperanza en un mundo mejor, a repetir una y otra vez los mismos patrones de maltrato y opresión porque consideran que es la única manera, que cualquiera que intentó algo distinto ha muerto: alguien tiene que estar abajo, alguien tiene que quedar abandonado, alguien tiene que sufrir para que otros puedan vivir.

Sin embargo, quiero en este artículo tan inquietante y desalentador el mismo mensaje que N. K. Jemisin dejó en El cielo de piedra. El final de la saga deja abierta la puerta a la lucha por algo más justo, a la esperanza por algo mejor. Esa ruptura intergeneracional, ese intento de enmendar los errores del pasado en lugar de repetirlos. No es certeza de nada; en la Quietud, como en nuestro mundo, el sendero hacia algo mejor nunca es seguro. Pero quedan la esperanza, las ganas y la determinación, y eso, de momento, tendrá que ser suficiente, para los orogenes y para nosotros. 

Virginia Buedo
Virginia Buedo (Artículos/Reseñas): Escritora, mercenaria de la lengua y overthinker. Tengo un diccionario y no dudaré en usarlo. Me pirra el simbolismo. Siempre tengo sueño. Twitter


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