Hablemos de Salud Mental y literatura

Desde los inicios de las andanzas de La Nave Invisible, tuve en mente el desafío propio de realizar un artículo que tratara el tema de la Salud Mental en la literatura. Era un artículo complejo: primero porque una nunca deja de formarse, ni siquiera cuando ha elegido una especialidad; segundo, porque la variedad de temas que se pueden abarcar bajo una premisa así de amplia necesita cierto sesgo, que personalmente me ha costado determinar, para no incluir una cantidad indecente de información que no sirva, sino que simplemente sature.

Al final, el artículo fue fijado hace casi un año, con mayor convencimiento por mi parte y por la creencia total y absoluta de que parte de mi trabajo, fuera del terreno de la literatura, era realizar psicoeducación. La lucha contra el estigma es parte de mi trabajo. Pero resulta que el tiempo de espera en el que he parado para realizar este artículo, con sus múltiples retrasos por temas de tiempo y un calendario más que apretado en La Nave (donde muchas compañeras tienen muchísimo que aportar y merecen espacio para hacerlo), me ha hecho replantearme ciertas premisas. Mi trabajo como profesional es realizar psicoeducación. Mi trabajo como persona dentro de una sociedad también es psicoeducar y colaborar de forma activa en la lucha contra el estigma: la erradicación de prejuicios que conllevan un sufrimiento colectivo, de una masificación de clichés y estereotipos y, al final, del miedo. Así que este artículo, aunque pretende informar, al final es de opinión (puedes dejarlo aquí si lo consideras conveniente, no voy a aportar más datos técnicos que aquellos que puedes encontrar en páginas de registro de forma relativamente sencilla, incluso a través de portales como la OMS), porque considero que si primero reflexionamos, quizá luego sea más sencillo abarcar más información. Y esto va de literatura, porque hablamos del mundo, hablamos de la sociedad, hablamos de salud, y la literatura a veces lo une todo. La Nave Invisible, desde sus orígenes, se caracteriza por ser parte de un movimiento social, lo quieran ver así todas las personas que saben del proyecto o no; y la Salud Mental y su abordaje en la literatura debe ser parte también de un movimiento social.

La literatura tiene el poder inherente de cambiar el mundo. No lo digo yo, por ser una idealista. No lo soy. Tampoco soy especialmente optimista; me gusta el realismo y la lógica, y eso es lo que dicen aquí: la literatura tiene el poder de cambiar el mundo, porque la literatura y las narrativas asociadas a esta u otras modalidades transmiten realidades diferentes, llegan a espacios donde otros sistemas no podrían hacerlo. La literatura tiene el poder de cambiar el mundo, porque la literatura tiene el poder de jugar a favor de la perpetuación del estigma o, de una vez, ayudar a su erradicación.

Imagen de Pixabay.

Vivimos en una sociedad en la que, simplemente basándonos en el aluvión de noticias diarias que mencionan cifras y datos sobre el tema, cada vez tenemos mayor propensión a problemas de ansiedad y depresión, en la que cada vez se vive más y se tienen más patologías asociadas a ese aumento de la edad de vida (deterioros cognitivos, demencias, diversos trastornos neuropsiquiátricos primarios o secundarios) y en la que cada vez se lucha más por conocer temas que estaban ahí, más o menos agazapados, y de los que ahora sabemos cada día más (trastornos psicóticos, trastornos disociativos, trastornos de personalidad…). Sin embargo, a pesar de que nuestra realidad nos hace ser cada vez más conscientes de su existencia, del hecho de que miles de personas en todo el mundo sufren problemas de salud mental, la discriminación, estigmatización y marginalización siguen existiendo. Por lo tanto, hace falta un cambio, y eso es indiscutible (o no tiene discusión posible para mí).

Así que hablemos de Salud Mental. Hablemos de estigma, y de prejuicios, y de clichés, y de esos estereotipos dañinos repetidos hasta la saciedad desde hace tiempo que contribuyen al daño colectivo de la sociedad. Hablemos de Salud Mental y digamos que la perpetuación del estigma no solo afecta a aquella persona que padece un trastorno mental (de la categoría que sea, de la índole que queráis, incluso los de aquellas personas que carecen de diagnóstico certero todavía o quizá no lo tengan pero de alguna forma se han visto involucradas en esa parte de la historia, de esta historia). Hablemos, porque hay que hacerlo, de que la Salud Mental es un tema social. De cada una de las personas que hay a nuestro alrededor y de nosotros mismos, de cómo se construye la sociedad, se solidifica y se daña a sí misma. Porque sin Salud Mental no existe salud de ningún tipo, y sin Salud Mental es toda la sociedad quien queda perjudicada. Y hablemos de cómo la literatura puede servir de elemento movilizador para un cambio complejo pero necesario; activo, informado, centrado en el porvenir, en cómo queremos que sea nuestra realidad.

Si nuestra representación continua en las narrativas que escribimos es deficitaria, ¿qué queremos transmitir al mundo? Si aquello que leemos transmite unos valores arcaicos, desinformados y llenos de prejuicios, ¿con qué nos estamos quedando para perpetuar la dinámica actual? ¿Cuál es la contribución? ¿Cuál es el cambio? ¿Cuál es la charla? Hablemos de Salud Mental. Abramos el debate: las narrativas necesitan ser justas con la realidad, sí, y las narrativas necesitan diversidad, inclusión, información, preocupación y una mejora. Hablamos de Salud Mental: no es una vergüenza, no es un cliché, no es lo que debemos esconder. Y hablémoslo de verdad. ¿Hablamos de Cardiología con la comodidad de decir que el cardiólogo desconoce su profesión? ¿Hablamos de Arquitectura con la facilidad desinformada de quien jamás ha estudiado ni un ápice del tema? ¿Hablamos de que todo vale, de que todo sirve, de que todo lo pasado es lo presente y no ha existido un cambio, de que no debe de haber un cambio social, y de que este es un paso? Hablemos de esto, saquemos el tema, centrémonos en él no solo porque queda bonito, porque hay un día dedicado a esto una vez al año. Centrémonos en el tema porque es necesario, porque hay que hacerlo, porque es lo justo y porque ha llegado el momento (si no es ahora, ¿cuándo?).

Si se nos llena la boca de buenos valores, de visibilización y de diversidad, ¿por qué no se nos llenan las teclas y las estanterías de nuestras casas de buena representación? ¿Por qué no perdemos un ápice de nuestro tiempo en una reflexión más profunda y detallada sobre lo que hay a nuestro alrededor de una forma que pueda enriquecer este sistema? ¿Por qué nadie nos exige que lo hagamos bien, que lo hagamos mejor? ¿Por qué no lo exigimos nosotres mismes en lo que consumimos? ¿Por qué no, llegados a este punto, nos planteamos de verdad, en serio, la necesidad de una lucha activa contra el estigma?

¿Es quizá porque los estereotipos y los prejuicios han impedido durante años y generaciones que las personas pidan representaciones justas, en las que no solo se sea el villano escondido? ¿No será que alguien con un trastorno mental grave tiene miedo de decir que no quiere ser el personaje con una psicopatía que se esconde tras las cortinas de la ducha, porque a lo mejor eso implica que alguien lo señale con el dedo y diga: «eh, el villano de la cortina de la ducha»? Le ponemos música oscura, le ponemos unos párrafos bien feos sobre la maldad inherente a un trastorno mental grave, sobre cómo cambia a la persona y su personalidad, cómo es un ser terrible; seguro que de esa forma, al leer esas historias, hay alguien que desde luego se atreva a dar el paso de decir: «quiero otra representación», porque no estará asqueado y dolido por los prejuicios que ha leído sobre su enfermedad durante años. O quizá lo que realmente pase es que esté cansado, o quizá no crea que merezca la pena el debate, si todo es inamovible, si se le repite de forma constante que es así.

Las narrativas (y, por lo tanto, la literatura) perpetúan el concepto de villanía asociada a una enfermedad mental al basarse en que la imprevisibilidad asociada a un trastorno mental grave predispone a ciertos tipos de comportamientos violentos. Si en la mayoría de las historias se ofrece un retrato de un trastorno psicótico ligado a la criminalidad, al autoritarismo o a la insensibilidad, la imagen general que se vierte al mundo sobre esa realidad está inclinada hacia esa parte. Y eso es un estereotipo nocivo que genera un prejuicio que deriva en un estigma y su consiguiente marginalización y daño.

En La compañía amable, de Rocío Vega, uno de los personajes principales tiene un familiar que padece un trastorno psicótico. La dureza de ese hecho, las dificultades inherentes y el sufrimiento están bien reflejados, pero no se coloca al personaje como al villano que ha torturado a su hija, que ha cometido un crimen o sido atroz en cada parte de su vida. La sensibilidad con la que se trata el tema, unida al hecho de que existen dificultades realistas asociadas, es lo que ofrece valor a esa representación. De hecho, Vega va más allá al ofrecer un medio con el que ayudar a ese personaje y al trastorno mental que, como hablaremos más adelante, no cae en torturas arcaicas. ¡Y es una novela de corte medieval! Porque podemos cambiar el paradigma si queremos hacerlo.

Imagen de Pixabay.

Del mismo modo, ¿no será que aquel que padece ansiedad no quiere los impedimentos que supone, por si el medio a su alrededor lo coloca como la figura frágil que precisa salvación? Lo que consumes es lo que tienes. Lo que ves en la televisión, lo que lees en los libros, lo que hay en las películas, se convierte en un pedazo de tu realidad arraigando. Si todo eso lo dice, ¿será así? Y si todo eso lo dice, si todo eso es así… ¿qué nos queda?

Nahikari Diosdado utiliza en Desollada diferentes recursos para dar una visión de fragilidad en la protagonista principal de la novela, pero lo hace ligándolos a la sintomatología: alguien con varios desencadenantes que padece un trastorno ansioso-depresivo y que, a pesar de no ser capaz de afrontarlo al inicio y de que los síntomas se ven, sí consigue salir de esa imagen de fragilidad mística y etérea, casi vaporosa, en la que un personaje con ansiedad parece que puede deshacerse. La fortaleza en Desollada reside en que ese personaje no es «un personaje inválido», sino con dificultades bien plasmadas y que acaba recurriendo a ayuda especializada, no a una mágica, salida de la casualidad.

Porque hablemos de Salud Mental y de cómo el estereotipo de chica torturada que precisa ser salvada constituye una romantización de la depresión, de cómo la literatura romántica (a veces juvenil, a veces no, a veces ni siquiera necesariamente romántica, ¡a veces es ciencia ficción!, y sigue estando ahí el problema) dice que es hermoso estar triste, que es incluso deseable. Que alguien aparecerá a curarte, porque no existen las oportunidades de tratamiento adecuadas. Solo el poder del amor, la relación que te sostenga. O que no lo haga lo suficiente, para que tu propio sufrimiento se convierta un motor ajeno. ¿No debemos hablar de eso? ¿No debemos hablar de cómo se perpetúa la creencia falsa de que no existe curación si no hay un interés romántico? ¿No debemos fijarnos en lo que leemos y pensar: «eso no es así, por qué quiero leer esto, por qué quiero escribirlo, por qué quiero siquiera consumirlo si no existe una belleza inherente a un trastorno depresivo»?

El asombroso color del después, de Emily X. R. Pan, supone una buena representación en este sentido. La protagonista está pasando por un proceso de duelo y no necesita el refugio de una figura masculina, sino llegar a un entendimiento propio, a una resolución que le ayude a entender lo ocurrido con el suicidio de su madre y a una búsqueda no mágica, ni de curación inmediata, ni de «chica torturada» por la que se cambiará el mundo.

Es también el suicidio uno de los temas recurrentes en la literatura que sirve de motor para los demás: el suicidio utilizado como elemento de venganza o el suicidio utilizado como elemento de movilidad para los que quedan atrás desliga el acto en sí mismo del sufrimiento de la persona que lo ha cometido, se lo entrega a otros. Es totalmente dañino y perjudicial cómo se trata el suicidio si se emplea en esos términos.

En el manga Orange, de la mangaka Ichigo Takano, se ve la construcción de la depresión del protagonista y diferentes elementos que hablan de pensamientos suicidas sin que sirva de arma arrojadiza. O, hablando de nuevo de Emily X. R. Pan: la autora trata el dolor en la pérdida y el duelo, la búsqueda de la comprensión por parte de los supervivientes del suicidio (no lo utiliza de catalizador para cambio de paradigma), sin olvidar el sufrimiento de la persona fallecida y todo lo que hubo para llegar a ese momento. De hecho, aborda síntomas y tratamientos diversos, entre los que incluye la terapia electroconvulsiva, sin la demonización que suele ir asociada a su uso en todas las narrativas que consumimos, fruto de visiones estereotipadas predominantemente del pasado.

También podemos hablar de Salud Mental y de cómo la visión de una mujer excéntrica va a salvar la vida anodina de alguien de la miseria, de la posibilidad del tedio vital que ha llevado a plantearse el suicidio, y de cómo eso perpetúa de nuevo la idea de que alguien mágico puede salvarte. De que «no hay nada personal que hacer en el proceso, llegará alguien». Porque esa visión mágica de que existe una curación completa y absoluta, a veces basada en la acción de un interés románico, es un cliché más que no tiene nada que ver con una representación más justa de la realidad. No existen curaciones milagrosas, repentinas y absolutas, sino procesos. 

A pesar de que Quererte.net, de Cristina Prieto Solano, tiene un enfoque basado en la autoaceptación y búsqueda de autoestima, puede servir de ejemplo para esta parte: deberíamos plantearnos que los tratamientos y los procesos de recuperación son un tema activo, gradual, progresivo. La superficialidad de que solo la búsqueda de una terapia va a suponer un cambio, sin nada más allá, es parte de una narración empobrecida y frustrante. Del mismo modo que la idea que se plantea en muchas obras de que esa misma búsqueda solo es una señal de debilidad.

Si enfocamos las historias y la literatura en que la fortaleza está en no solicitar ayuda, y en que la recuperación está basada única y exclusivamente en el esfuerzo más banal, sin apenas introspección (¡sonríe mucho!, ¡haz más ejercicio!, ¡come sano!), también se lanza el mensaje erróneo de que hay una «pereza» y una falta de motivación en las personas que sufren un trastorno mental. Incluso se llega a la culpabilización: «no has hecho lo suficiente». Pero sobre todo es nocivo el hecho de que se presente el seguimiento terapéutico como una pérdida, en lugar una posible ganancia.

Imagen de Pixabay extraída en una búsqueda con los términos «mental» y «psiquiatra».

Así que hablemos de Salud Mental y de cómo a los psiquiatras se les ha convertido en los monstruos de las historias. Los despiadados, delincuentes, carceleros y criminales, aquellos que jamás tienen empatía, que utilizan técnicas absurdas sin criterios científicos de rigor para torturar a los pacientes, porque en el siglo XXI eso es lo que sigue ocurriendo día tras día, dicen las historias, y si lo dicen las historias, ¿cómo no tendrá alguien miedo de que sea cierto, si es lo que han vendido, si es lo que ha calado en el subconsciente a base de consumirlo de forma constante y no existe crítica al respecto? Será que es así, el monstruo, el vil, la persona autoritaria que desde luego jamás escucha, que desde luego no es ni siquiera humana (o ni siquiera, en las historias de terror más clichés, tiene un título médico).

Si seguimos diciendo que un centro hospitalario es una cárcel donde se extirpa la personalidad de las personas y que no hay alternativas salvo el castigo continuo, sin ninguna posibilidad de ayuda, ¿qué queremos conseguir? Hablemos de que el monstruo de detrás de la puerta es el psiquiatra, de cómo se convierte de forma continuada en el villano de la historia, de todas esas narraciones en las que se requiere que exista un villano si hay un tema relacionado con Salud Mental, y de que lo hemos perpetuado en esa figura.

Porque la antipsiquiatría existe y pretende contar que no se ha avanzado en absoluto a lo largo del tiempo. Porque hablemos de Salud mental y hagámoslo bien y digamos que la Psiquiatría sí ha avanzando. Que existen errores, que seguirán existiendo errores (que los psiquiatras no son los únicos médicos que los comenten, ni tampoco los únicos profesionales en ningún campo que lo harán, porque existen malos profesionales en todas partes, pero no solo en esta especialidad) y que se están cambiando. ¡Y que existe una puerta para ese cambio si se da la oportunidad de no convertir en monstruo y demonio todo eso! Hablemos de Salud Mental y hagámoslo bien y digamos que ese monstruo no es un monstruo, no es un villano, si acaso queremos cambiar la narrativa. Porque la queremos cambiar, ¿no? ¿O no queremos hacerlo? ¿Queremos hablar de Salud Mental usando al psicólogo que te manda acostarte en un diván y hablar sobre tu madre, la gran culpable, sin ninguna otra reflexión, solo sirviéndonos de tópicos? ¿Queremos desprestigiar también eso, también queremos decir que la psicología está aparte, ensalzarla, separarla del resto? ¿O queremos hablar de cómo complementar todo esto, acabar con los villanos, encontrar un punto en común informándonos de cómo funciona todo? ¿No queremos cambiar esa parte de la sociedad, acabar con el estigma? ¿No queremos asumir que existe una colaboración y que quizá los profesionales no son los monstruos que se comerán tu cerebro, sino una parte activa de un proceso de recuperación y ayuda?

Si solo tenemos acceso a historias en las que los tratamientos restan, porque es la tónica dominante a día de hoy, no vamos a lograr desligarnos de las falsas creencias de pérdida de identidad, de debilidad, de demonización que acompañan a esos procesos de tratamiento. Debemos dar espacio a representaciones que se ajusten a los cambios y que permitan hablar de ellos, que los muestren. El hecho de pedir que podamos hablar de forma positiva no devalúa en ningún sentido las experiencias negativas, sino que da la posibilidad de ofrecer otras realidades, diversidad, perspectiva, y moviliza a la sociedad hacia la aceptación en vez de continuar empujándola hacia el miedo.

Queremos cambiar la sociedad y, si queremos hacerlo, si queremos hablar de Salud Mental, de cambio social, de beneficios para el colectivo, para el avance, para la inclusión, quizá debamos dejar a un lado la demonización de los tratamientos. Quizá debamos reflexionar sobre esa posibilidad, sobre que la Psiquiatría y las terapias en Salud Mental avanzan con la sociedad, del mismo modo en que la sociedad avanzará con ellas.

Imagen de Pixabay.

Hablemos de Salud Mental y hablemos bien de ella. De forma crítica. Hablar bien no quiere decir hablar de maravillas. Hablar de Salud Mental implica hablar de dolor de personas y, por lo tanto, hacerlo de forma consciente, reflexiva y reflexionada, de «¿en qué voy a contribuir, al estigma y la inmovilización o al cambio?». Hablemos de Salud Mental en las historias que tenemos, exijamos temas de Salud Mental en las historias que consumimos; porque sin Salud Mental no hay salud ningún día, no entera. Y porque si no exigimos que exista una representación adecuada, si no pedimos que se hable del tema, ¿qué quieres hacer tú para el mundo? ¿Cuál es tu interés real al demonizar la psiquiatría, al estigmatizar más la Salud Mental, al perpetuar los prejuicios? ¿Tu interés es ser parte de un problema o de la búsqueda activa de una solución, de un movimiento que está llegando y se quedará y crecerá y cambiará las cosas, si contribuyes a darle la oportunidad?

Hablemos de Salud Mental en literatura. Hablemos, pero en serio, de verdad. No porque es lo que debo hacer por el día de hoy para el karma y quedar bien en redes sociales porque toca. Hablemos de Salud Mental en literatura, desde hoy y para el resto de los días. Utilicemos los medios que tenemos disponibles para contribuir al cambio social que necesitamos desde hace mucho tiempo y que ya no debería seguirse frenando. Reflexionemos, informémonos, consultemos, hagamos preguntas a profesionales, luchemos contra los clichés y los estereotipos, luchemos contra el estigma, volvamos a reflexionar incluso después de todo eso.

Y si no quieres hacerlo, si no quieres escuchar cuál es el estigma, cuál es el problema de la representación que se ha realizado, si no quieres contribuir al cambio, entonces cambia la pregunta: ¿y por qué no?

 Andrea Prieto
Andrea Prieto (Investigación/Opinión): ¿Matasanos que suele responder con otra pregunta? Sí, justo. Desde antes de eso, lectora de lo que aparezca y escritora de lo que se pueda (o de lo que quiera, según el cambio de la marea), con muchas palabras a la espalda.


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