Reseña: Hacia las estrellas

Tras una de mis habituales quejas en twitter sobre la escasez de matrimonios/parejas estables en ficción, que sean protagonistas y se enfrenten juntos a problemas externos en vez de sufrir mil palos en las ruedas de su relación para crear «conflicto», una amiga me dijo que lo que tenía que hacer era leer a Mary Robinette Kowal. Así fue como me vendieron la saga de La astronauta, cuando todavía existía solo en inglés, y por eso me alegré tanto de que Oz decidiera traducirla y publicarla en España.

El primer tomo de esta (de momento) tetralogía nos llegó en pleno confinamiento y sufrió los efectos colaterales de la pandemia, como tantos otros libros publicados este año que han quedado medio huérfanos. Pero afortunadamente Oz siguió adelante con su plan y en septiembre publicó la segunda parte de la saga, El destino celeste, con miras a traer las demás en el futuro. Algo digno de celebrarse, porque esta saga no le ha valido a su autora una lluvia de premios por simple casualidad.

Portada de la edición española de Hacia las estrellas, traducido por Aitana Vega Casiano para Oz.

Hacia las estrellas nos plantea una ucronía ambientada en los años 50, donde la carrera espacial se ha acelerado a causa del impacto de un meteorito en la Tierra que ha puesto en jaque la supervivencia de la humanidad. Ante la perspectiva de una extinción masiva, el foco de los gobiernos mundiales se pone en la colonización espacial, o eso luchan por conseguir los especialistas aeroespaciales. Alcanzar las estrellas es una prioridad. Pero ¿dónde está la gracia? Pues en que son los años 50 y, a las limitaciones tecnológicas, hay que sumar una sociedad marcada por el final de la II Guerra Mundial, las tensiones entre bloques propias de la Guerra Fría, la segregación racial y el machismo rampante.

En este escenario, seguimos los pasos de Elma York, una joven genia de las matemáticas, ex piloto de guerra de las WASP, que trabaja como calculadora para el NACA. En 1952, cuando el meteorito impactó cerca de la costa este de Estados Unidos y arrasó de un plumazo un tercio del país (incluido Washington DC, con todos los organismos gubernamentales), ella y su marido Nathaniel se libraron casi milagrosamente de la muerte y terminaron sin pretenderlo en la primera línea durante los primeros meses de caos posteriores al desastre. Nathaniel, renombrado ingeniero que había trabajado en la puesta en órbita de los primeros satélites estadounidenses, se convirtió muy rápido en una suerte de asesor del Gobierno en funciones. Y, entre los dos, y no sin grandes dificultades, logran convencer al presidente de la urgencia de evacuar el planeta.

Da inicio así una carrera contrarreloj por conseguir llevar a personas al espacio, con intención de establecer una colonia en la Luna y, desde allí, dar el salto a Marte y a otros planetas del Sistema Solar. En cuestión de cuatro años, se crea la CAI (Coalición Aeroespacial Internacional), con especialistas de diversos países, para trabajar en la construcción y lanzamiento de cohetes al espacio. Pero, cuando los vuelos comienzan a ser tripulados y el cuerpo de astronautas va tomando forma, nutriéndose de experimentados pilotos (muchos de ellos veteranos de guerra), queda patente que las mujeres no han sido incluidas en la ecuación. Y Elma, cuya pasión es volar y cuyo sueño es viajar al espacio, pone en marcha una movilización de protesta que muy pronto se le escapa de las manos.

Una de las cosas principales que puedo alabar de esta novela es el ritmo. No es una obra que cuente con grandes momentos de acción, se centra por completo en las dificultades que van surgiendo tanto en el programa general como en la lucha de las mujeres por hacerse en hueco en la carrera espacial; pero la narración es tan ágil que resulta muy fácil devorarlo casi de una sentada. Ese ritmo se mantiene hasta el final, la obra entera está bien estructurada, la trama se va desplegando a buen paso sin ningún tramo que se haga bola (teniendo en cuenta la cantidad de elementos técnicos que maneja, eso es todo un logro) y el equilibrio entre los momentos más íntimos de los personajes y los momentos de relevancia histórica me ha parecido fantástico. Así que la lectura ha sido una gozada.

El otro punto fuerte es que creo que Kowal ha recreado bastante bien la sociedad de los años 50. Y, en consecuencia, el escenario puede llegar a hacerse muy desagradable. Comerte con patatas todo un desfile pormenorizado de las prácticas machistas más clásicas para dejar a las mujeres fuera de escena, aprovecharse de ellas y hacerlas quedar como seres inferiores no es plato de buen gusto. Ha habido ocasiones en que el mundo con el que tenía que bregar Elma se me hacía asfixiante, y es descorazonador pensar que muchas de esas prácticas siguen a la orden del día, solo que de forma menos descarada. Sin las calculadoras que trabajaban para el NACA primero y para la CAI después, los viajes espaciales habrían sido imposibles, pero todas aquellas mujeres increíbles eran como máquinas para los hombres que tomaban las decisiones. Al menosprecio y la infravaloración constantes había que sumar los acosos o abusos sexuales, la infantilización, la luz de gas, incluso la presión de ser utilizada como arma arrojadiza contra el ego de otros hombres, como le ocurrió a Elma siendo una adolescente superdotada en la universidad, rodeada de tipos que se sentían humillados y amenazados por su habilidad en cálculo. Y la guinda del pastel es la lucha contra una misma, contra el machismo interiorizado, el terror al «qué dirán», el peso del «compórtate como una señorita» o la constante sensación de fracaso si no eres la dama perfecta, la esposa perfecta, por muy profesional que seas en tu campo laboral.

Toda esta ranciedad de la idiosincrasia estadounidense de los 50 se encarna en el personaje de Stetson Parker, el coronel piloto que se la tiene jurada a Elma desde que se conocieron durante la guerra y que básicamente actúa como antagonista a lo largo de la obra. Parker es el prototipo de soldadito/astronauta estadounidense, pedante y lameculos, que se opone por completo a la presencia de mujeres en el programa espacial. He agradecido que, a lo largo de la historia, se perfilaran un poco sus luces y sombras, dotándole de alguna que otra virtud para no hacerlo repelente al cien por cien y recordándonos así que alguien no necesita ser malo hasta la médula para comportarse como un capullo. Parker es un producto de la época y de la educación que recibían, y que objetivamente sea un buen profesional no lo libra de ser un misógino. Su personaje ejerce un fuerte contraste con Nathaniel, que está en las antípodas de esa actitud y es el apoyo constante de Elma. Él valora y adora a su mujer, sabe que es una matemática extraordinaria, no duda en pedir su ayuda y protegerla o darle su espacio cuando ella lo necesita. Y, aun así, Nathaniel también es un hombre, ciego a veces ante los problemas que solo las mujeres tienen que enfrentar. Ambos forman un binomio interesante, Parker y Nathaniel; los dos hombres de la vida de Elma, su rival y su marido, representando la sociedad hostil contra la que tiene que lidiar y el espacio seguro en el que recarga las pilas y que le da alas para brillar.

Portadas de la saga Lady Astronaut: The Calculating Stars, The Fated Sky y The Relentless Moon. El cuarto tomo, The Derivative Base, tiene prevista su publicación en 2022.

Podría decirse que el machismo es, a secas, el tema principal de la novela, porque toda la historia gira en torno a ello, en sus múltiples variedades. Hay también otros aspectos de los que hablaré después. Pero, en una escala más íntima, Kowal emplea a Elma para sacar también a la palestra la ansiedad y la salud mental, como manifestación específica del efecto que la presión machista ejerce sobre las mujeres a nivel psicológico. Está muy bien hablar de todas las puertas que la misoginia cierra a las mujeres en el ámbito profesional, pero también es necesario hablar de las secuelas que crea en la mente de cada persona, las heridas que no se cierran y que comparten todos los que han sufrido discriminación, cada cual con sus matices. La forma en que Elma, con su brillante don para las matemáticas, fue utilizada en su juventud por compañeros y profesores le provocó tal desorden de ansiedad que la sola idea de ser el centro de atención u ocasionar problemas a quienes quiere la enferma físicamente. Así, tenemos una protagonista con grandes cualidades, excelente calculadora, hábil piloto, combativa y reivindicativa… pero que sufre ataques de pánico y vomita sin remedio ante la perspectiva de tener que hablar con la prensa, frente a multitudes o en televisión.

Este aspecto de la caracterización de Elma me ha gustado, porque hace hincapié en que sufrir ansiedad no tiene por qué imposibilitarte tener una vida y una carrera. Su viaje de aceptación es complejo y la pone frente a las cuerdas a la hora de desmontar sus propios prejuicios hacia la terapia y la medicación: que la ansiedad no es una enfermedad real, que aceptar ayuda es como aceptar que eres débil, que medicarse es rendirse, que la medicación te deja imbécil, etc. Como la novela está narrada desde su PoV en primera persona, es duro verla caer en esas ideas preconcebidas; pero a través de los personajes que hablan con ella y la guían hay un esfuerzo por normalizar la ansiedad como enfermedad real y el tratamiento como algo necesario y beneficioso de verdad. Tener que tomar medicación no es algo de lo que avergonzarse, mucho menos si esta va a mejorar tu calidad de vida. Sin embargo, no estoy segura de que la postura «sana» frente a este tema haya quedado retratada con suficiente claridad, en parte por la propia cabezonería de Elma.

Este no es el único asunto en el que la caracterización de la protagonista y narradora de Hacia las estrellas termina contribuyendo a emborronar un poco el discurso. El más grave, en mi opinión, ha sido el racismo. Dada la época en la que se desarrolla la historia, era obvio que este debía jugar un papel importante, con Estados Unidos en plena segregación racial. Y sí, el racismo está presente: de forma horizontal, cuando componen el cuerpo de astronautas solo por hombres blancos, y de forma transversal, cuando las pilotos negras se encuentran con muchísimas más trabas que las blancas a la hora de acceder al programa. Pero Elma es blanca y, como mujer blanca, piensa en blanco. Mientras que el machismo asfixiante marca toda la obra, porque es lo que más la afecta y descompone a ella, el racismo se convierte en una especie de telón de fondo que solo sale a colación cuando ella se propone hacer algo para ayudar a sus amigas negras a alcanzar sus objetivos, empañando de forma indirecta el mensaje de sororidad que transmite su relación con las otras calculadoras y pilotos. En cierto modo me ha recordado a la Skeeter Phelan de Criadas y señoras, y a sus buenas intenciones incapaces de entender las dificultades reales de las mujeres negras a las que tanto apreciaba. Es un tipo de racismo distinto, más relacionado con la omisión que con la acción, porque sencillamente no te paras a pensar en las condiciones de vida del otro ni en el abismo que la sociedad crea entre tú y él. Para ti, sois iguales y te comportas como tal, pero solo es una fantasía personal a la que el otro no tiene acceso real. En Hacia las estrellas, a través de los ojos de Elma, el racismo de los Estados Unidos de mediados del XX casi parecía simple atrezo del drama principal que combatía ella con su artillería de feminismo blanco.

Portada de Figuras ocultas, de Margot Lee Shetterly. Kowal comenta en la nota histórica que escribió Hacia las estrellas antes de que Shetterly publicara su libro y que el estreno posterior de la película supuso una gran alegría. Ella misma recomienda encarecidamente leerlo para conseguir una perspectiva más completa de la situación de las mujeres de la NASA.

¿Hubiese preferido que Kowal pusiera un poco más de énfasis en este tema? No lo sé; siendo ella una autora blanca, no sé hasta qué punto hubiese sido apropiado. Tampoco sé cuánto es parte de la caracterización de Elma y cuánto es sesgo de la propia Kowal, lo cual es todavía más deprimente. Es un asunto muy complicado, y tampoco me considero la persona adecuada para analizarlo a fondo. Solo puedo decir que ha sido el punto que me ha chirriado y me ha hecho sentir incómoda mientras leía, porque Elma peca de caer un poco en el cliché del «salvador blanco», a pesar de que tanto los Lindholm como las pilotos negras se encargan de resolver sus propios problemas (fuera de escena). Quizá haya influido también que no podía sacarme de la cabeza a Katherine G. Johnson, la brillante calculadora afroamericana que contribuyó enormemente a la carrera espacial real de Estados Unidos en los 60. El background de Elma me recordaba demasiado al que presentaron en Figuras ocultas para Katherine, al menos en su faceta de matemática, con una serie de paralelismos que me han dejado un sabor de boca muy amargo. No he podido evitar pensar en más de una ocasión que esta ucronía reescribía la Historia para laurear a una blanca inspirándose en la vida de una negra, aunque no fuese esa la intención de Kowal. Que Myrtle Lindholm sea la única calculadora negra que menciona la novela y que la trama la deje mucho más relegada que a Helen, por ejemplo, o que Elma se las ingenie para parecer siempre «la más mejor del mundo mundo» entre sus compañeras calculadoras, si me perdonáis la referencia a Los Simpson, tampoco ha ayudado nada. Hacia las estrellas tiene un elenco de personajes muy interesantes que tenían mucho potencial, pero al final es en Elma en quien más se pone el foco, junto con Nicole y Betty, y el resto de mujeres casi quedan reducidas a complementos.

Me hubiese gustado que Elma reflexionara más a fondo sobre sus sesgos inconscientes o que llegara a alguna conclusión, pero supongo que esto cuenta como una caracterización muy acertada de una feminista blanca en proceso de convertirse en aliada, sin entender todavía del todo la transversalidad de la lucha. ¿Cómo de apropiado es convertirla en la heroína de una saga de este estilo, sin ahondar en el problema? Pues no sé, para mí ha resultado agridulce y espero que haya algún avance al respecto en el segundo tomo. En su favor diré que, una vez que sus compañeras le señalan los matices de la discriminación racial, ella misma admite que comienza a darse cuenta de cosas que, de otro modo, no habría notado. O que incluso se plantea alguna que otra vez cómo de nobles son de verdad sus intenciones de ayudar a sus compañeras racializadas. Nicole deja claro en una ocasión que las que están allí no lo están por ser las mejores, sino las más privilegiadas, y eso también es un punto a favor. Es curioso, porque siendo Elma judía (y con el mimo y el respeto que pone Kowal en retratar ese aspecto) no es ajena a ciertas actitudes discriminatorias y esperaba que no fuese tan obtusa; pero este es otro buen recordatorio de que la discriminación no siempre afecta de la misma manera, y quien sufre opresión por un lado bien puede gozar de privilegios por el otro, algo que siempre debemos tener presente.

Todo esto no es algo que afecte solo a Elma y su comportamiento, sino que marca el tono del mundo general en el que se desarrolla la historia. Y tampoco es solo con respecto a la situación de los afroamericanos en Estados Unidos, sino a una escala mucho mayor. En teoría, la CAI es un proyecto global, pero se compone casi en su totalidad por países europeos y norteamericanos. Sudamérica, a excepción de un comentario de pasada sobre Venezuela y una inclusión tardía de Brasil en el programa de astronautas, parece no existir. El África Subsahariana, a excepción del Congo, tampoco. Ni Asia, ni Oceanía, si salvamos las menciones a China y Taiwán. La URSS ha caído y el bloque comunista al parecer se ha sentado a contemplar la extinción. El excepcionalismo americano brilla en todo su esplendor, no solo porque los estadounidenses tienen copado y monopolizado el programa espacial y el cuerpo de astronautas, sino porque se niegan a soltar las riendas y encima se presenta como la situación más natural, a pesar de que el meteorito les ha caído encima a ellos. Es un suma y sigue de americanadas que, a pesar de estar muy en sintonía con el ambiente real de mediados del XX, también se va haciendo cada vez más irritante. ¿Se hubiesen desarrollado de verdad así las cosas si nos hubiese caído un meteorito en el 52? Probablemente. ¿Acaso la inminente extinción de la humanidad no es una buena oportunidad para reflexionar un poco más en serio sobre el desequilibrio del poder mundial y la necesidad de una cooperación internacional auténtica? Pues también, y en ese aspecto me han sabido muy a poco las pinceladas que daba esporádicamente aquí y allá. Por lo que he leído, creo que este va a ser el tema central de El destino celeste y tengo muchas ganas de ver cómo lo plantea Kowal entonces.

Así que, resumiendo. ¿Me ha gustado? Sí, bastante; es muy interesante y súper cómodo de leer. ¿Esperaba más? Pues admito que sí, también. El escenario que plantea Kowal me resultaba interesantísimo, las ucronías me encantan y la ambientación de los 50-60 más todavía; pero esperaba más. Eso sí, quien me vendió la saga basándose en Elma y Nathaniel acertó de lleno, porque son una pareja maravillosa y la dinámica de matrimonio profesional que trabaja codo con codo para llevar gente al espacio me ha enamorado. Ellos dos son justo lo que buscaba: se apoyan, se complementan, se quieren, se enfrentan juntos a problemas externos, crecen y se unen aún más. Un gran ejemplo de pareja sana, que sigue enamorada y mantiene la pasión, además de luchar por salvar a la humanidad. Ahí es donde más brilla Hacia las estrellas, en la intimidad de las relaciones personales, dentro del matrimonio, en la familia, en las amistades… Falta ver cómo se va desarrollando en los libros siguientes.


Pilar Caballero
Pilar Caballero (Reseñas/Corrección): Dikana en el ciberverso. Humanista, escritora y multitasking editorial, fan del storytelling en cualquiera de sus formatos. Criada en el terror, formada en la fantasía y ahora enamorada de la ciencia ficción. Me dedico a reseñar todo lo que caiga en mis garras como si no existiera el mañana.


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2 comentarios en “Reseña: Hacia las estrellas

  1. Fantástica reseña enhorabuena. Aunque hay una parte que no la he entendido igual que tú. La parte del racismo y ser salvadora de sus amigas, como incluso algunos ramalazos un tanto machistas que le quedan a pesar de todo, lo he entendido como parte de su evolución y de hecho, aunque estoy de acuerdo en que pueden emborronar el discurso, creo que por otro lado tiene dos cosas buenas.

    Por un lado hacen más creíble la historia pues es una mujer que ha nacido, se ha educado y ha vivido en esa sociedad y es normal que tenga que haber una evolución y por otro lado no lo convierten en un panfleto como podría haber sido poner una mujer del siglo XXI con su forma de ver y sus ideas a mediados del siglo XX. Elma York es una mujer tremendamente brillante y capaz del Siglo XX que supera de forma bastante creíble una sociedad institucionalmente machista y creo que esto es uno de sus puntos fuertes, o al menos a mi me gustó mucho este enfoque.

    También me gusta enormemente el personaje de Nathaniel.

    De cualquier manera, puede que fuera mejor cómo tú sugieres, pero yo entendí que si es así es por lo que digo arriba.

    Como decía, una gran entrada. Saludos fremen

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    • ¡Muchas gracias por el comentario! 😀

      Sí, estoy de acuerdo contigo en que esos detalles son parte de la propia caracterización de Elma y la hacen más creíble y humana, dentro de su contexto histórico. De hecho, refleja muy bien lo obtusas que somos a veces las mujeres blancas con respecto a la discriminación añadida que tienen que soportar las mujeres negras por culpa del racismo. Como comento en la propia reseña, Elma es la viva imagen de blanca que está abriendo los ojos y posicionándose como aliada.

      Quizá lo que he echado de menos es una evolución más marcada en ese aspecto, o una reflexión algo más profunda sobre lo competentes que son también sus compañeras negras, tanto las aviadoras como las matemáticas (porque en realidad se limita a algunos comentarios casi de pasada). Pero es algo más relacionado con mis expectativas personales, y además era un tema complicado de abordar, siendo tanto Elma como la propia Kowal mujeres blancas. Creo que si se hubiese metido de lleno en el tema de la lucha por los derechos civiles desde el PoV de Elma habría sido peor.

      Sin embargo, una cosa que sí me supo bastante mal y que en general terminó de agriarme la opinión al respecto de este asunto fue cómo resolvió Kowal el tema de Betty (que no comenté en la reseña directamente por los spoilers). Entiendo por qué lo hace así y qué quiere transmitir (la necesidad de acabar con la rivalidad entre mujeres solo por conseguir la aprobación de los señores), pero me pareció muy desacertado que la gran muestra de sororidad de la novela se vuelque en una mujer que no solo se ha comportado como la mierda, sino que ha demostrado tendencias tanto racismas como antisemitas, y que ENCIMA sea la propia Elma quien se disculpe con ella, cuando Betty no llega a hacerlo nunca. Si hubiese visto algún tipo de evolución en Betty, no me habría molestado tanto; pero, como no es el caso, el tratamiento tan superficial de los temas raciales me supo aún peor. No sé si me explico.

      En cualquier caso, es evidente que Kowal quería poner el foco en la lucha feminista concretamente, y eso lo hace fetén. Gracias otra vez por pasarte a comentar, que me ha hecho mucha ilusión y disfruto mucho de estos debates 😀

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