El renacer de los cuentos de hadas: las conteuses

La fascinación por los cuentos de hadas es una enfermedad de la que muchas personas somos víctimas. Quizás por sus acontecimientos rocambolescos, sus seres sobrenaturales o el carácter folclórico íntimamente ligado a sus regiones, el género llega a ser una especie de obsesión de la que es difícil escapar. En lo personal, no llegué a ser consciente de esta fascinación hasta que el confinamiento me obligó a revisar mis intereses literarios y a reflexionar sobre los mismos, poniéndome manos a la obra con una temática tan amplia ante la que, en ocasiones, me siento colapsada. Entre lecturas y lecturas, me encontré con la presencia de las llamadas conteuses, unas señoras que marcaron un antes y un después en los cuentos de hadas literarios y que, como suele pasar, no son reconocidas en la historia de la literatura que conocemos (ocultas por la visión masculina).

Los cuentos de hadas, por naturaleza, son de carácter oral y folclórico. Si diferenciamos entre los cuentos populares genuinos (Märchen) y los cuentos de hadas literarios (Kunstmärchen), podemos comprobar que estos últimos tardaron bastante en asentarse en la sociedad. Aun así, el cuento es un ser vivo que se amolda al cuerpo que habita, y al pasar de género oral a configurarse como género literario ese cuerpo fueron los salones de la aristocracia parisina. La fecha más conocida es la franja entre 1630 y 1690.

Por entonces, el cuento de hadas comenzó a ser el boom literario de la época. Toda persona que se preciase sabía de la obra de Perrault y las aventuras rocambolescas de los personajes folclóricos que conocemos, dejándonos siempre una audaz enseñanza sobre la vida. Estos rasgos tan característicos despertaban interés en la aburrida vida de los aristócratas franceses, causando furor en sus salones literarios. Como sabemos, la forma más usada de demostrar el ingenio es mediante la palabra, por lo que las conversaciones en dichos salones eran un juego de seducción y enfrentamiento que ganaba quien demostrara más originalidad en su dialéctica. Es decir, entretenimiento que solo podían hacer los ricos. El preciosismo, por lo tanto, ya formaba parte de estas reuniones entre aristócratas franceses.

Madame D’Aulnoy, la mayor representante de las conteuses.

La cuestión es que los cuentos de hadas comienzan a estar más presentes en dichas conversaciones. Las personas que asistían a los salones empezaron a competir en originalidad e ingenio cuando narraban sus cuentos, siendo a veces tan brillantes que merecían dejar constancia de estos por escrito. Y es entonces cuando las mujeres, siempre relegadas a esta clase de eventos sociales, comienzan a ser parte activa de esta moda. Ven en los personajes sobrenaturales, en los acontecimientos tan llamativos y en las metáforas fantásticas una oportunidad de expresar sus preocupaciones, miedos y pensamientos más «escandalosos» (reivindicativos o revolucionarios) sin que sean claros los mismos tras las capas ficticias del género.

Así nacieron las conocidas como conteuses (cuentistas), un grupo heterogéneo de mujeres de la nobleza francesa que se reunían en salones literarios privados para leer sus obras antes de ser publicadas. Sus textos destacaban por la complejidad en sus argumentos y la indagación psicológica de los personajes, nada que envidiar a los conocidos Grimm o Perrault. En cambio, si algo llamaba más la atención o estaba más presente en los escritos de estas mujeres eran las hadas. Las hadas como rasgo diferenciador, especial y casi único en sus cuentos frente a los relatos de los hombres. Fue tal su importancia que Marie-Catherine d’Aulnoy, la cabeza principal de las conteuses, introdujo el término “cuento de hadas” (contes de fées) por primera vez para identificar a este nuevo género literario. No puedo dejar de pensar en que esta denominación que conocemos tan bien y que está tan presente en nuestras vidas, prácticamente desde nuestra infancia, naciera de la unión de un grupo de mujeres que usaban la literatura para mostrar sus desacuerdos y reivindicarse. ¿Cómo no teníamos constancia de ello?

Académicamente, las autoras que configuraron el movimiento literario de las conteuses fueron siete: la ya citada Marie-Catherine d’Aulnoy (a quien algunas fuentes consideran la primera escritora de cuentos infantiles en Europa), Marie-Jeanne L’Héritier (sobrina de Charles Perrault), Charlotte-Rose de Caumont de La Force (autora original de la historia conocida como Rapunzel), Louise d’Auneuil (quien poseía un salón propio «abierto a todos los pretendientes y a todas las mujeres que escribían»), Henriette-Julie de Castelnau (condesa de Murat), Mademoiselle Bernard y Madame Durand. Algunas fuentes incluyen a Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve, la autora de La Bella y la Bestia y de la que La Nave Invisible habló en esta entrada que recomiendo fuertemente leer, pero Villeneuve tan solo se sintió influenciada por Madame d’Aulnoy y todo el grupo de las conteuses para su obra.

Si algo destaca de las historias creadas por las conteuses es su revisionado de los cuentos orales existentes hasta entonces. No son transformaciones de una historia aplicándole modificaciones o nuevos valores (La Nave Invisible ya trató esos casos en esta otra entrada), sino que son nuevos textos que conversan con las características narrativas del folclore; es decir, mera intertextualidad. En sus historias, al igual que en los relatos orales conocidos entonces, las conteuses recurren a símbolos para tratar temas importantes. La reivindicación del derecho de las mujeres está siempre presente tras multitud de referencias mitológicas y un estilo narrativo cargado y pomposo, sobre todo en lo relativo a los sentimientos, una narración ideal para la época. Los temas centrales solían ser el amor y la amistad, aunque en ocasiones los finales son crueles e infelices para sus protagonistas, siempre femeninas. Sus cuentos destacaban, frente a los de sus compañeros varones, por ser complejos, al igual que sus tramas. Además, mediante estos personajes las autoras criticaban el papel de la Iglesia y el Estado (la corrupción estaba muy presente en la corte de Luis XIV), siendo descritos como impotentes o decadentes frente a poderosas hadas o reinas.

Ilustración de Virginia Frances Sterrett. Las hadas son la marca literaria de las conteuses.

Al no ser muy estudiadas por la academia, no disponemos de muchas fuentes por las que conocer sus métodos de trabajo o cómo se organizaban estas conteuses, pero sí sabemos que se animaban unas a otras para publicar sus textos. Algunas de ellas formaron parte de instituciones culturales reconocidas en la época, como es el caso de Marie-Catherine d’Aulnoy, que estuvo en la Academia Galileana de las Letras (Accademia dei Ricovrati). A pesar de que muchas de estas autoras publicaron sus historias y de su éxito en la sociedad francesa, pocos cuentos pasaron fronteras y se tradujeron al español. Y cuando se tradujeron, como suele ocurrir por desconocimiento o poco interés en el estudio de relatos considerados infantiles por sus rasgos fantásticos, aparecen errores filológicos graves. Por ejemplo, en 1935 se publicó en España El cuarto de las hadas, una recopilación de los cuentos más conocidos de Madame d’Aulnoy, pero al no ser conocidas las conteuses en nuestro país se le atribuyó la autoría de estos relatos a Andersen. Por suerte, hoy en día podemos encontrar dicha recopilación de la mano de Ediciones Siruela con la autoría correcta.

La historia de las conteuses es solo un ejemplo de todo lo que aún desconocemos del mundo literario considerado «inferior». Sean o no destinados para público infantil, los cuentos de hadas forman parte de nuestra vida y nos enseñan lecciones de las que podemos aprender hasta en nuestras relecturas como adultos. ¿Por qué no estudiar más en profundidad aquello que todas conocemos y que marcó algo tan esencial como es la infancia? Existe una historia literaria silenciada y oculta tras el desinterés académico, una historia protagonizada por mujeres cuyos textos son considerados inferiores por un desprestigio injustificado. Por todo ello, animo a revisionar, releer y replantearnos tanto nuestras lecturas como nuestros criterios, descubriendo así, quizás, otra historia como la de estas cuentistas francesas.

Colaborador
Carolina Escribano (Colaboradora): Filóloga andaluza especializada en teoría literaria y literatura comparada. Literatura, feminismo, terror y gatos.
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