Reseña: Khorsabad

Portada de Khorsabad, novela de Ana Tapia

Khorsabad es una ciudad que actualmente pertenece a Irak. Se ubica cerca de Mosul y de Nínive. En el pasado se llamó Dur Sharrukin («La Fortaleza de Sargón»). Formó parte de Asiria, cuando esta era un imperio.

El nombre de esa urbe da título a la novela corta de Ana Tapia (Almería, 1974), publicada en el año pandémico de 2020, por la editorial gaditana Cazador de Ratas.

Hay tres partes principales en la novela. Una de ellas, la primera que encontramos al abrir el libro, nos lleva a Mesopotamia, varios siglos antes del nacimiento de Cristo (en concreto, al 717 a. C.). Allí asistimos al encuentro entre unos guerreros asirios y unas extrañas criaturas un tanto etéreas, a las que los primeros consideran dioses y diosas. Esta parte se titula «No molestéis al señor de Khorsabad».

Entre los asirios, hallamos al eunuco Shalmar, capitán al mando del destacamento real. Y a un general de métodos y actitudes bastante brutales, como corresponde a la época. Por último, a la sacerdotisa Khaarís. También hay referencias al rey Sargón, uno de los monarcas más importantes del imperio asirio. Asimismo, están los «espectros», que todavía no sabemos quiénes son, aunque a las y los lectores de ciencia ficción se nos despiertan ciertas sospechas. Muy importante: la autora introduce un objeto, una caja negra, que será un motivo conductor en toda la obra. Esta parte se cuenta en tercera persona.

El relato nos lleva, luego, a Londres, a 1892, a ese siglo victoriano. El título de esta parte es «Diario del filólogo Sir Wilhem Dupont». Como tal diario, se narra en primera persona. Wilhem Dupont es un hombre de edad avanzada, especialista en temas asirios. Está dedicado a la tarea de descifrar unas tablillas asirias que han llegado a sus manos a través del cónsul de Francia. En ellas, ha encontrado representaciones del rey Sargón II de Khorsabad, junto con un militar de alto rango, muy probablemente un general, y una sacerdotisa. Pero, del mismo modo, aparecen las figuras de lo que Dupont llama «los visitantes», dos hombres y una mujer, cuyas ropas, para asombro y maravilla del filólogo e investigador, no corresponden a la misma época que los otros.

Toro androcéfalo de Dur-Sharrukin. Fotografía de Jean-Christophe Benoist

En su investigación, el viejo profesor contará con la ayuda de Conny Powell, una chica de doce años, hija del administrador de la finca donde vive el filólogo. Conny es una muchacha muy especial: a veces se viste de chico, quiere trabajar cuando sea adulta para no limitarse al papel de esposa y madre, y confiesa a Dupont que le atrae una vecina, Elaine Miller, mujer maltratada por su esposo. Las peleas de la pareja y el maltrato del marido molestan al profesor, ya que no lo dejan hacer su trabajo con tranquilidad.

En un momento determinado de la historia, cuando ha ocurrido un suceso que no puedo desvelar, llega una carta dirigida a Dupont donde se cuenta la aparición de una «caja negra» encontrada en el sitio arqueológico de Khorsabad.

Nos trasladamos al futuro: 2369. En esta época ya van a ser posibles los viajes en el tiempo. De hecho, se está preparando el primero, en el que participará el profesor Ernst Vermeer, pese a que ya es una persona bastante mayor. A Vermeer lo acompañará Irina, una mujer cuya genética ha sido modificada. Esta misión de viajar al pasado coincide con los primeros éxodos hacia otros planetas: en concreto, el de la nave generacional Babilonia (que tardará tanto en llegar a su destino que se sucederán en ella más de una generación de personas) en dirección al planeta Salutri. El viaje temporal que está a punto de inaugurarse se parece mucho a uno espacial y los tripulantes tendrán que embarcarse en una nave en busca de un «túnel del tiempo». Añado que al mando de la misión se encuentra el comandante Hobbs y todos cuentan con la ayuda de una computadora, a la que llaman Margaret. El problema es que no pueden calcular con precisión la fecha a la que van a llegar y el intervalo previsto es de varios siglos.

Este es un simple resumen de la obra, ya que la trama nos deparará muchas sorpresas. Estamos ante un puzle muy entretenido que aborda los temas más clásicos de la ciencia ficción. Ante todo, el viaje, en este caso en el tiempo, aunque también hay referencia a las exploraciones galácticas (y todo viaje es una aventura y una odisea). La autora también nos habla del casi siempre difícil encuentro entre dos civilizaciones, una mucho más desarrollada científica y tecnológicamente, con el problema que supone la posible intervención de la más adelantada sobre la otra. Tampoco son siempre fáciles las relaciones entre las personas de un mismo tiempo, mucho menos dentro de una nave. Ingeniería genética, inteligencias artificiales, son subtemas que asimismo forman parte de la obra. Tapia dedica también un significativo espacio a la cuestión de la violencia machista y las orientaciones sexuales no normativas.

Imagen de PatoLenin

Creo que este libro, que pese a su complejidad técnica se lee muy bien, es muy recomendable, además de para asiduos al género, para personas que se están iniciando en la ciencia ficción y para jóvenes. Trata temas muy recurrentes en este tipo de literatura y los personajes son entrañables. Me gusta cómo la autora sitúa de protagonistas, a lo largo del libro, a dos hombres viejos y también a una niña, y nos hace captar muy bien sus caracteres y comportamientos. El personaje de Irina resulta muy peculiar. Aparte del manejo de la ambientación histórica y de la intriga que recorre la narración hasta que logramos juntar las piezas del rompecabezas, creo que Tapia tiene una capacidad especial para la psicología de sus protagonistas, muy poco heroicos, algo que los acerca a nosotras, por su humanidad y sus debilidades, pero también  por su capacidad de lucha y supervivencia.

Tal y como se nos recuerda al final:

En el año 2015, la ciudad de Khorsabad fue arrasada por el Estado Islámico. El arqueólogo Jaled al-Asaad, de 83 años, se negó a huir ante la llegada de los asesinos, y prefirió quedarse para proteger el patrimonio cultural de la zona. Fue torturado y decapitado.

La autora indica que el libro está dedicado a él. Comprensible, porque toda la obra muestra la importancia de la cultura y de su conservación. Para aprender del pasado, este debe recuperarse y salvaguardarse. Tan importantes son los museos y las bibliotecas que se trata de los primeros lugares que se destruyen y queman intencionadamente en las guerras, porque incluso sus atacantes saben su valor.

No puedo terminar esta reseña sin recomendar la lectura de otra obra de Ana Tapia, el poemario Las ovejas radiactivas de Kolimá (Cazador de Ratas, 2018). Es uno de los mejores libros de poemas de ciencia ficción que he leído nunca. Y, sí, se puede escribir poesía de ciencia ficción. Y muy buena, como en este caso.

Colaborador

Lola Robles (COLABORADOR): filóloga especializada en la investigación de escritoras españolas de ciencia ficción. Ha coeditado antologías como Visiones 2016 (Pórtico, 2016), Disópicas y poshumanas (Eolas, 2020) e Infiltradas (Palabaristas, 2019). En 2020, Pórtico le concedió el premio Gabriel por su aportación en el mundo del género fantástico.

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