Tessa Gratton: reclamando la monstruosidad genderqueer

Nota: El artículo original se publicó en el portal Tor.com el 14 de septiembre de 2020. La traducción corre a cargo de Andrea Penalva.

 

Advertencia de contenido: horror corporal, referencia a autolesiones.

I.

A los veintipocos tenía una ensoñación recurrente. A veces la veía cuando me estaba intentando quedar dormida, otras cuando se me empezaba a nublar la vista por esforzarme demasiado en un trabajo para clase. A veces incluso en la propia clase o durante la comida. Me ponía el antebrazo izquierdo delante y veía un corte diminuto en la muñeca.

Nunca recordaba habérmelo hecho, pero siempre me echaba hacia delante para pellizcar el borde de la herida y tirar de él. La piel se despegaba despacio, en una tira tan ancha como mi meñique. Solo me dolía mientras me la estaba arrancando, como si fuera una costra en vez de una capa de carne.

A veces, debajo de la sangre encontraba escamas o plumas, una erupción de espinas. Otras veces veía tendones y arterías que eran como hilos en un tapiz carnoso. Unas veces me maravillaba, otras me subía una náusea por la garganta mientras estudiaba el funcionamiento interno de mi antebrazo.

Me obsesioné con la imagen y fantaseé con poner un cuchillo ahí, con hacer un corte para ver qué pasaba. O, de vez en cuando, apretaba el pulgar derecho sobre el punto en el que notaba mi pulso, como si al tocar el borde que se pelaría primero pudiera alejar la imagen. Sabía que era una fantasía peligrosa y por eso intenté dejar de invocarla. Intenté parar la excitación que experimentaba cuando sucedía. Sabía que estos caminos de mi imaginación era los caminos de la destrucción y el suicidio. No quería morirme, pero pensaba que me merecía que me doliera. No sabía por qué, solo que había algo malo acechando bajo mi piel.

Tardé años en conectar esta imagen tan específica y tan rara con mi identidad queer y mi disforia. No fue hasta que escribí historias sobre chicas a las que les brotaban cuernos de la espalda de repente o sobre chicos a los que les salían largas plumas negras por los poros, mientras gritaban al desmenuzarse en una bandada de cuervos negros enfadados. Hasta que no estaba escribiendo sobre jóvenes reinas que se hacían con el poder al convertirse en madres trolls, a sabiendas de que perderían su humanidad. No soy capaz de recordar un solo libro que haya escrito que no tuviera un protagonista o un villano (o los dos) con algo literalmente monstruoso dentro.

II.

De niña, había dos tipos de historias que me encantaban: las historias de monstruos y las tragedias. Con historias de monstruos me refiero a absolutamente todo lo que va desde Beauty, de Robin McKingley, a Jurassic Park, pasando por Lestat el vampiro; y con tragedias me refiero a cierto tipo de historias de amor.

Recuerdo haberme leído el Yo, Judas, de Taylor Caldwell, a los doce (lo robé de casa de mi abuela) y darme cuenta de que lo que hacía que esa historia, que ya era triste de por sí, fuera más trágica todavía era que Judas, obviamente, estaba enamorado de Jesús hasta la médula. Ese beso tan famoso significaba mucho más de lo que se suponía y probablemente eso fue lo que arruinó mi relación con la Iglesia. Mi padre solía contarme la historia de Patroclo y Aquiles para que dejara de estar de morros (Aquiles cerró la puerta de su cuarto y se negó a salir, y por eso mataron a su mejor amigo, Tess, deja de estar de morros) y yo tenía fuertes sospechas sobre cómo de intensita tenía que ser esa relación para que Patroclo hiciera lo que hizo (¡entended «intensita» como GAAAAAAY y uníos conmigo en el deseo de que Tessa hubiese tenido de peque a Madeleine Miller para leer!). Vanyel Ashkevron, de la saga Valdemar de Mercedes Lackey, era el mago heraldo más poderoso de todos los tiempos, y todo su ser y toda su magia estaban atados a la tragedia de la muerte de su amante.

Los adoraba. Quería ser ellos. Reescribí todas sus historias para mí, me imaginé nuevas versiones con distintos resultados. Jugué a ser Judas, a ser Aquiles, a ser Vanyel o su (sexy y gay) némesis. Jugué a que algunos de ellos (de nosotres) fueran chicas y nunca se me ocurrió preguntarme de adolescente por qué todos los personajes queer que ansiaba ser eran hombres y se presentaban como hombres.

También me encantaban los personajes codificados como queer que no morían: Lestat, Raistlin (más o menos), el rey de los goblins, Alec Campion. Y, poco a poco, me fui dando cuenta de que los que sobrevivían eran aquellos que escapaban a la tragedia al tender hacia la villanía. No buscaban redención, porque no había nada malo en ellos. No tenían aventuras amorosas trágicas, ¡porque eran monstruos! Eran la otredad y elegían abrazar ese poder en vez de dejar que la narrativa nos convenciera de que merecían morir. Algo en lo más hondo de mi ser decidió que a lo mejor la única forma de escapar a la tragedia queer era la monstruosidad queer.

David Bowie encarnando a Jareth, el rey de los goblins y de lo queer ochentero, en Dentro del laberinto de Jim Henson.

III.

He sabido que soy genderqueer/no binaria desde los veinticuatro, pero en 2004 no sabía que podía usar esas palabras para contextualizarme. Me incomodaba profundamente la naturaleza de género marcado de mi cuerpo, pero ya era bastante difícil ser queer como para encima pelearme con el género. Así que lo enterré. Intenté odiar mi cuerpo solo porque no era lo bastante alta, lo bastante delgada o lo bastante elegante, no porque fuera extremadamente femenino de una forma manifiesta.

Y entonces acabé formando parte de dos comunidades basadas en normas de género muy específicamente heteronormativas. La primera fue el burdel de la feria renacentista local, en la que empecé a actuar a tiempo completo en 2005. Era el espacio más marcado en cuanto a género en el que había estado desde que me gradué de mi instituto solo para chicas seis años antes, pero era completamente performativo. Actuábamos en drag y lo sabíamos. Teníamos nuestros rituales, nuestras bromas internas, nuestras preciosas y obscenas rutinas. Y me resultaba muy difícil habitar mi cuerpo la gran mayoría de los días, incluso cuando las otras mujeres me hacían sentir fuerte y atractiva. Jugaba elaborados juegos conmigo misma y normalmente me las apañaba para salir de mí y conseguir personificar ese género, esa sexualidad. Pero a veces me chocaba con un muro del que no podía hablar con nadie, porque no había espacio para ello. Para mí. No había espacio para ser otra cosa, porque todo consistía en ser mujeres sexis que se deleitaban en ser quienes eran y en el poder que eso nos proporcionaba. Se me pedía que estuviera agradecida por mi cuerpo femenino atractivo o perdería mi derecho a pertenecer al club.

Al mismo tiempo, me involucré más en las comunidades paganas locales de las que había estado metiendo y sacando la patita mientras iba de aquí para allá por el colegio. Anhelaba la magia y a un dios, porque echaba de menos aquella fe que me calaba hasta los huesos de mi infancia católica, ¡y seguro que podía encontrarla en la brujería!

Pero, en cuestión de magia, en cuestión de dioses, quería ser fiel a mí misma, y eso significaba explorar los aspectos de la divinidad que me llamaban: dioses astados, guerreros, cambiaformas, embaucadores. Los dioses se manifestaban en aquellos personajes que me encantaban de niña. Lo cual era aceptable cuando estaba a solas, pero en las reuniones siempre se me negaba rotundamente el acceso a la «magia de hombres». La magia de las mujeres se centraba en el poder que albergaba la menstruación y la energía receptiva, la creación y la crianza. Por supuesto que había mujeres guerreras, pero las diosas guerreras eran vírgenes o putas, exactamente igual que en el catolicismo. En aquella época, no existía un espacio queer en esta comunidad. En su lugar, lo que me encontré fue a lo que solo puedo referirme como un orgullo heteronormativo en una divinidad binaria: el cáliz y la espada o nada. Era muy simple: yo no podía canalizar a Herne el cazador porque no tenía polla. Yo tenía que ser un aspecto de la Gran Diosa porque menstruaba. Y, lo que es peor, la gente exigía saber por qué era tan irrespetuosa con las mujeres y las diosas al negarme a asistir a los rituales de la Triple Diosa. ¿Por qué no podía encontrar poder en el grupo al que pertenecía? ¿Qué iba mal en mí? ¿Es que no sabía que era exactamente igual que una atractiva diosa de la fertilidad y por eso tenía que estar agradecida y dejar que los hombres me adoraran? Ya estábamos otra vez: tenía que estar agradecida. Me ponía enferma.

Las mujeres del burdel de la feria estaban interesadas en lo que les contaba sobre la performatividad del género. Pero me cansé de que toda conversación con los paganos sobre magia se convirtiera en una lucha sobre esencialismo de género. En muchos sentidos importantes, mi género me costó fe… y magia. Frustrada, pensé que tenía que aceptar mi cuerpo y su obvio género o ser infeliz para siempre.

Como mucha gente en la era del Internet, encontré lo que necesitaba en los extraños márgenes virtuales. Escritores queer y poetas trans estaban ahí cuando empecé a escarbar. Volví a algunas de mis obras favoritas y leí nuevas interpretaciones no binarias sobre ellas: leerme Lestat a los veinticuatro fue una revelación genderqueer que no podía haber tenido a los once, y el rechazo de su madre hacia el género y la civilización era algo que había estado esperando todo este tiempo; Alec Campion, de la saga Riverside, se convirtió en mi símbolo del trauma de género y del autodesprecio llevado al triunfo final; Gloria Anzaldúa no solo escribía sobre fronteras políticas, sexuales, culturales y lingüísticas, también tallaba poéticamente partes de sí misma para desvelar al poderoso y furioso Coatlicue que había dentro. Noche de reyes significaba que Shakespeare me entendía. Jadzia Dax no era solo queer, era genderqueer.

Tom Cruise encarnando a Lestat, el príncipe vampiro noventero por antonomasia, en Entrevista con el vampiro de Neil Jordan.

¡La gente jugaba con el género en cada esquina! Rastreando por Internet, me encontré un montón de cosas loquísimas, buenas y terroríficas, incluyendo a un grupo de personas que se identificaban como dragones. De esa forma comprendieron cómo se sentían, cómo su género podía ser tan distinto de sus frágiles cuerpos con género humano. Yo no era un dragón, pero, al considerarlo, al abrir la posibilidad de ese espacio enorme, alado y con escamas, me hizo sentirme muy libre. Y también me hizo recordar aquella imagen que había tenido tanto tiempo atrás de arrancarme un trozo de piel del brazo y encontrarme escamas.

Me pasé semanas transcribiendo esos sentimientos, escribiendo redacciones exploratorias e identificando los patrones de cómo me sentía al hacerlo (para mi sorpresa, fue muy impredecible). Les daba a mis distintas formas de sentir el género nombres diferentes. Los que me querían como yo a ellos aprendieron a preguntar «¿Quién eres hoy?, ¿quién te sientes hoy?». La validación externa me daba poder. Pero seguía estando aterrorizada. Seguía sin tener las palabras.

Así que lo volví a parar. Eliminé a todo el mundo de esa parte de mi desordenado género, excepto a mi pareja. Lo enterré, otro funeral de género, y me dije a mí misma que para ser una adulta con éxito tenía que ser solo una cosa. Estaba intentando que me publicaran y tenía que dejar de decir cosas raras sobre mi género si quería que me tomaran en serio.

No me daba cuenta de que estaba canalizando toda esa problemática del género en mis personajes.

Primero, Blood Magic, en su estado original incluía un tercer acto que se metía bastante en serio en temas de género fluido, que al final quité para poder venderlo. Lo que sí se quedó en el libro fue una villana genderqueer llamada Josephine Darly, cuyo objetivo era vivir para siempre. Era una cambiaformas que robaba cuerpos y no hacía distinciones entre géneros, o incluso entre especies, a la hora de conseguir lo que quería. En aquel momento bromeaba con que ella era el personaje de la autora insertada en la historia, lo más real que dije nunca sobre ese libro. Yo era la mala.

En su libro complementario, The Blood Keeper, el antagonista queer aprende a convertir a la gente no solo en otras personas o animales, sino también en un bosque. Aprende el precioso horror de convertirse en rosas y obliga al protagonista a compartir su experiencia al obligarlo a transformarse en un monstruo medio humano, medio cuervo. En este, yo era las rosas malditas y el anhelo desesperado, y seguía siendo el malo.

Mis libros de Asgard estaban llenos de monstruos queer y cambiaformas de género, desde el propio Loki hasta Glory, el lobo Fenris, y un corazón de piedra que convierte a quien lo posee en un troll enorme. La transformación y los monstruos internos eran el tema principal de estos libros, así como las familias encontradas, los viajes por carretera y el amor. Por lo menos en este, yo era los dioses de los que no podías fiarte.

En 2016 escribí Extraña gracia [traducida por Noelia Staricco y publicada por Vergara & Riba en 2020], un cuento de hadas oscuro sobre adolescentes queer que viven en una ciudad en la que cada siete años se sacrifica a un muchacho al Bosque del Diablo a cambio de prosperidad y salud. Conforme desarrollaba la historia, me di cuenta de que escribía sobre lo genderqueer y sobre la monstruosidad como si fueran lo mismo. Me horroricé. Así no era como yo me sentía respecto a mí misma, ¿verdad? ¿Como si fuera un monstruo?

Sí, sí me sentía así, tenía que admitirlo, aunque no fuera necesariamente algo malo. Como Lestat, como Raistlin, como Jareth, aceptar al villano parecía ser la única forma de conseguir poder y conservarme a mí misma. La conversación sobre lo queer y los villanos codificados como queer lleva mucho tiempo en marcha, y yo siempre he estado en el bando (si es que hay bandos) de a los que les gusta. No se trata tampoco de «mejor tener villanos queer que nada»: se trata del poder. Cuando era pequeña la literatura me enseñó que, para ser queer, debía ser o trágica monstruosa, y los villanos no eran solo monstruos, eran monstruos activos. Los villanos eran los que hacían algo, los que conducían toda la historia. Importan tanto que no puedes desenredar sus hilos de la historia sin cargártela. Y estoy bastante segura de que la villanía codificada como queer está inherentemente unida a desafiar al binarismo. Al binarismo de género, claro, pero también al binarismo del bien y el mal y de lo correcto e incorrecto. Lo queer existe más allá de los ideales occidentales de heroísmo (puro, justo, masculino y violento), lo cual posiciona lo queer contra el protagonista y nos alinea, a nosotres y a nuestra codificación, como villanos.

Mientras trabajaba en Extraña gracia (y, al mismo tiempo, en Las reinas de Innis Lear [traducida por Laura Saccardo y publicada por Vergara & Riba en 2019], una reescritura en clave de fantasía feminista del Rey Lear de Shakespeare en la que todo el mundo es malo, hurra), desenterré poco a poco las palabras que no había tenido durante mi veintena cuando era un poco más abierta, un poco más libre; un poco más desastre y valiente. A través de Arthur, que lidiaba con su propio trauma de género mientras se enfrentaba a un diablo de verdad; a través de la magia no binaria de Mairwen, que solo existía entre espacios; a través de la violenta y cruda transformación de Baeddan de muchacho a monstruo, y de ahí a medio monstruo, empecé a entenderme a mí misma un poco mejor. Arthur tiene que aceptar que él es el que se define a sí mismo, sin importar su aspecto o cómo lo llame la gente (o incluso cómo lo llame el diablo). Mairwen tiene que entender que los espacios intermedios no tienen por qué ser peligrosos, no tienen por qué ser una otredad; pueden ser el lugar que eliges para vivir y amar. Las constantes transformaciones físicas de Baeddan son gentiles o traumáticas dependiendo de su relación con la gente de alrededor en ese preciso momento. Todo eso iba sobre mí y mis propios sentimientos sobre mi identidad y mi cuerpo. En Extraña gracia yo no era la villana al fin, pero estaba definitivamente atrapada en la monstruosidad.

Hace siglos que sabemos que los monstruos de las historias no son inherentemente malos. Solo están alienados. Fuera de la norma. Por eso hay tantos monstruos queer, porque ser queer significa situarse fuera o más allá de la norma. Pero no podía quitarme de encima el dolor de corazón de estar alineándome a mí misma y, por tanto, a todo lo genderqueer con la monstruosidad. ¿Acaso no estaba haciendo algo mal si mis personajes más queer eran monstruos y villanos? ¿Algo dañino? Solo porque fuera lo que yo anhelaba y sigo anhelando no lo convierte en algo bueno.

Al final, me pregunté a mí misma ¿y si lo convierto en algo bueno?

IV.

Cuando me dispuse a escribir Night Shine, mi madre se estaba muriendo. Necesitaba escribir algo divertido, lleno de magia y de cosas que me dieran alegría. Así que decidí escribir sobre villanos queer cambiaformas, del tipo que había necesitado y querido toda mi vida, pero convirtiéndolos en los protagonistas. Oh, pero seguían siendo los malos. La Hechicera Devora Niñas no se había ganado el nombre metafóricamente. Kirin Sonrisa Oscura es un príncipe malvado y egoísta y no piensa que necesite redención. Brillo Nocturno es una demonio mayor que existe fuera de todo tipo de moral humana.

Cada una de ellas es una parte de lo que siempre he sido. La Hechicera es una cambiaformas sáfica, dispuesta a todo con tal de recuperar a su esposa, y existe fuera del binarismo porque la magia de su mundo es inherentemente no binaria: más allá de la vida y la muerte, del día y la noche, del hombre y la mujer. Usa su poder para convertirse en el monstruo que le parece más bonito (con el set completo de dientes de tiburón y ojos de serpiente). Kirin es el típico príncipe antagónico codificado como queer, que sabe quién es, incluida cada faceta de su género fluido, pero que toma duras decisiones respecto a qué partes de sí mismo ocultar o desvelar. Ama su cuerpo, pero odia cómo es percibido, y ese es un filo muy peligroso por el que pasearse. Brillo Nocturno es una doña nadie sin palabras para entender el vasto y hambriento poder demoníaco bajo su piel, aunque aprenderá esas palabras antes del final, cuando la hechicera y Kirin la ayuden a aprender a desprenderse de la piel y aceptar al monstruo que habita en su interior.

Escribir Night Shine fue una revelación.

Va de un grupo de villanos y de gente queer monstruosa (y de un guardaespaldas reticente), y también va de amor y de identidad y de unicornios tocapelotas y de espíritus de ríos y de demonios de lava. Tiene todo lo que me gusta, incluidas algunas cosas que estoy practicando para que me gusten de mí misma.

Sospecho que mucha gente queer más joven ya sabía lo que yo tardé tanto tiempo en descubrir: que se puede hallar belleza y alegría en la monstruosidad del género. Y que, a lo mejor, no se trata tanto de normalizar las identidades no binarias o genderqueer, sino de arrastrar a todo el mundo a las sombras con nosotres. Lejos de la dura luz del día y de la sólida e inclemente oscuridad de la noche. A la danza entre medias donde todo puede ser, y es, posible.

Colaborador
Tessa Gratton (Colaboradora): Tessa Gratton ha querido ser una maga desde que tenía siete años. Ha vivido en tres continentes y viajado por más aún, tiene una carrera en Feminismo y tradujo su propio Beowulf antes de asentarse en Kansas a escribir, embotellar y crear el cóctel de whiskey perfecto. Es la autora de varias novelas juveniles y para jóvenes adultos, además de más de una docena de historias cortas. La puedes encontrar en Twitter.


Andrea Penalva
Andrea Penalva (Artículos): Escritora, traductora, correctora, filóloga inglesa y terretarian (siempre a la llum de les fogueres). Acabar cosas se le da regular, pero está doctorada en quejarse en Twitter mucho y muy fuerte.


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