Reseña: La ciudad justa

Estamos en una fecha indeterminada. El dios Apolo justo acaba de perseguir a la ninfa Dafne, quien se ha convertido en laurel y, por más que lo intente entender, sigue sin comprender por qué ha huido, por qué no quería seguir su juego, hasta que su hermana Artemisa, quizás harta de hacerle entender este tipo de cosas, le dice que hable con su hermana Atenea. Atenea, encerrada en la biblioteca, clara y concisa, le explica que no ha habido consentimiento ni volición. Apolo decide que quiere aprender, ser mortal; mientras, Atenea le confiesa la idea que ha estado pensando: llevar a cabo un experimento y crear la República de Platón.

Cubierta en español de La ciudad justa, de Jo Walton.

Admito que esta reseña tiene mucho de personal. Jo Walton fue de las primeras autoras de género que me impactaron en la adolescencia, a pesar de la falta de traducciones en español; con sus novelas entendí el gran rango que tenía la fantasía y la gran posibilidad de alternativas que había, más allá de la novela clásica de espadas y brujería. La fantasía también podía relacionarse con el duelo que padece Mori, de Entre extraños; la fantasía podía mezclar otros géneros y salirse del ciclo clásico del héroe, como la familia de dragones Agornin en Garras y colmillos. La bibliografía de Walton está caracterizada por este eclecticismo, tanto en sus tramas como en sus temas.

La ciudad justa es el relato de la creación de la ciudad homónima, una utopía, y de cómo se desarrolla en sus primeros años de historia, a través de tres personajes. El primero de ellos, como ya podemos deducir, es el del dios Apolo, que entra en la sociedad de la Ciudad Justa como un joven llamado Piteas, quien ha conservado toda su memoria divina, pero sigue siendo vulnerable y mortal a cualquier herida. Piteas es considerado arrogante para muchos, demasiado inteligente para otros a pesar de su juventud, y guarda el secreto de su condición divina tanto como puede.

Nunca he sabido qué año era cuando me compraron en Smirna, ni siquiera qué siglo. Los patrones querían que olvidásemos nuestros antiguos hogares y cuando se lo pregunté a Ficino, mucho después, me dijo que no se acordaba. Tal vez era verdad. Seguro que había participado en muchos de aquellos viajes a muchos años distintos. Recogieron diez mil niños grecohablantes que aparentaban diez años de edad. Desde entonces, he pensado a menudo cuánto mejor habría sido para ellos haber recogido a los bebés abandonados de la antigüedad, pero entonces habrían necesitado nodrizas, así que tal vez tampoco habría funcionado de ese modo.

El segundo personaje, a quien pertenece la cita anterior, es una joven llamada Simmea, a quien venden como esclava y más tarde es liberada por la diosa Atenea, formará parte de la ciudad de los diez mil niños como una de ellos. A lo largo de varios años vemos cómo Simmea, Piteas y los otros niños de diez años (o casi) rescatados de sus diferentes tiempos van creciendo en la Ciudad Justa bajo la supervisión de Atenea y Apolo, con todos los problemas que conlleva vivir en la isla de Kallisté, o Atlantis, que saben que acabará explotando a causa de un volcán.

Simmea tiene a un gran amigo, Cebes, que desde el principio se muestra contrario a la idea de la propia ciudad, que se muestra cínico con todo y todos porque cree firmemente que ha sido llevado ahí en contra de su propia voluntad, y es quizás el gran antagonista de la historia; ella, en cambio, cree y confía en la gente, y cree que la ciudad le ha llevado a ser una persona mejor. Es esta relación entre los dos la que marcará muchos de los pasos de la novela.

La autora, Jo Walton.

El tercer punto de vista, alejado de los dos primeros y quien nos proporciona las experiencias de los otros patrones, es el de Maya, una erudita victoriana que viaja en el tiempo y acaba en la Ciudad Justa tras rezar a la diosa Atenea y haber leído la obra de Platón en griego. Maya, quien acaba siendo una de las patronas de la casa de Fiorentia, muestra todo aquello que los Niños no ven: el machismo imperante de los patrones hombres, las confianzas mutuas entre mujeres adultas, las reuniones en las que hablan de temas que a ellos no les importan… y mientras, hablan también de los problemas que les surgen a los filósofos al aplicar el texto de la República al mundo real, sobre todo al trasladar a personas de diferentes épocas a un terreno neutro.

Porque es aquí donde está el quid de la cuestión. A pesar de que parece que todo vaya sobre la seda, las cosas se van complicando a lo largo del tiempo, y hay un punto crítico con la aparición de Sócrates, el maestro de Platón, en el quinto año. Sócrates, quien ha sido traído a la fuerza por Critón justo antes de su suicidio para enseñar retórica y el diálogo a los Niños y quien lo cuestiona todo, descubrirá algo que podría hacer caer los cimientos del experimento, porque… ¿Y si los trabajadores, esos seres mecánicos que Atenea ha traído del futuro, tienen albedrío?

La ciudad justa es como un diálogo filosófico cuyo final se intuye muy desde el principio, pero cuyo viaje quieres disfrutar; no es una novela de acciones, sino de palabras y de diálogos. En ellos podemos ver varios de los temas de la obra, en los que llama la atención el debate sobre el consentimiento, la libertad y la voluntad de cada persona.

Hay varias escenas memorables y escritas con mucho mimo, y aquí cabe destacar la excelente traducción de Blanca Rodríguez, que ayuda a comprender ciertas escenas para la gente poco ducha en cultura clásica.

Fotografía de la actual Santorini, en Grecia, cuya isla originaria era Kallisté.

Por otro lado, hay un par de puntos en la novela que se pueden considerar problemáticos, en especial un hecho que concierne a Maya y que queda un poco colgado de la trama en general (y, para qué negarlo, un poco de justicia poética no hubiese ido nada mal); también hay hechos que podrían haber pasado menos desapercibidos, sobre todo los relacionados con la cantidad de tecnología que hay en la isla, además de la condición de Simmea como persona negra.

Cabe destacar la maravillosa edición de Duermevela, que además de contener pequeños detalles como las imágenes a inicio de capítulo y un prefacio a modo de contexto inicial para entender la obra y a la autora, tiene además un glosario al final de personajes ficticios y reales, como en el caso de Lucrecia (Lucrezia Borgia), Ícaro (Giovanni Pico della Mirandola) o Marco Tulio Cicerón. La novela contiene algunas erratas, pero son fácilmente subsanables en su próxima reimpresión.

En cualquier caso, espero de todo corazón poder leer pronto The Philosopher Kings en español y descubrir cómo le van las cosas a esta pequeña sociedad.

Claudia Fontana
Claudia Fontana (Edición/Fichas de autoras/Reseñas): Filóloga hispánica en proceso. Era lectora de fantasía épica, pero ahora estoy virando hacia costas extrañas, múltiples y multilingües. Me encantan los cómics, las series, películas de animación y Star Trek. Twitter.


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