Reseña: Infestación. Una historia cultural de las casas encantadas

¿Cuándo, en la historia de la literatura o del cine, quién sabe si también de nuestras propias vidas, una casa encantada ha sido simplemente una casa encantada? Quien piense que esa corriente de aire frío que se cuela por una puerta entreabierta o ese manojo de joyas olvidadas al fondo de un cajón o esa risotada hueca en mitad de la noche son golpes de efecto de la cultura del terror, mero pastiche efectista para activar nuestro miedo y nada más, está completamente ciego. Porque si algo caracteriza a la literatura de género es su ilimitada capacidad para trascender la apariencia de las cosas.

Los espacios encantados existen prácticamente desde que la humanidad empezó a levantar paredes a su alrededor para separar la esfera privada de la pública, la familia de la sociedad, lo conocido de lo desconocido. La decisión de construir un espacio en el que refugiarte del resto del mundo trae implícita la amenaza de que algo del exterior se pueda colar dentro. Algo que no debería estar ahí. Aunque también existe la posibilidad de que la perturbación germine dentro de la propia casa, y en este caso las celosas paredes sirven para ocultar nuestros secretos más oscuros, nuestros pecados, nuestra podredumbre.

Puede que algunos lugares estén condenados a ser poseídos desde el momento en que se construyen. O puede que seamos nosotros, las personas, quienes encantamos, embrujamos, infestamos o maldecimos los espacios. Pero siempre resultará igual de aterrador la idea de la casa invadida, da igual cuál sea el origen de lo extraño, porque, si no podemos sentirnos a salvo ni en nuestra propia casa, ¿qué lugar seguro queda ya?

El motivo de la casa encantada como artefacto literario tiene su origen en la literatura gótica dieciochesca. El castillo de Otranto, de Horace Walpole (1764), inaugura la tradición de los castillos ubicados en páramos lejanos e inhóspitos, de aspecto ruinoso, fríos y oscuros, habitados por fantasmas del pasado que padecieron terribles destinos y que perturban el presente en busca de justicia y reparación. La casa encantada gótica acoge una singular suspensión de la temporalidad lineal: el pasado está encerrado entre estas cuatro paredes e invade continuamente el presente en forma de recuerdo, de nuevos miembros del linaje familiar o de aparición sobrenatural.

Portada del ensayo Infestación. Una historia cultural de las casas encantadas diseñada por Raúl Ruiz.

En su ensayo Infestación. Una historia cultural de las casas encantadas (Dilatando Mentes, 2021), Érica Couto-Ferreira parte de la novela de Walpole para trazar un recorrido fascinante por la evolución de las casas encantadas en la literatura anglosajona. Viaja al Nuevo Mundo para asistir al derrumbe de las dinastías de abolengo emigradas desde Inglaterra, como en las historias de Poe (La caída de la Casa Usher) y Nathaniel Hawthorne (La casa de las siete chimeneas). En estas obras, el término casa va más allá de la arquitectura: hace referencia al linaje, a la familia como predestinación, a la herencia como maldición personificada en la casa que se hereda generación tras generación.

En el siglo XIX confluyen drásticos cambios sociales, culturales y económicos, las estructuras familiares tradicionales se tambalean como consecuencia del tímido pero constante avance en la vindicación de los derechos de las mujeres, y la fascinación por el espiritismo, las médiums y otros tipos de entretenimientos sobrenaturales convierten la época victoriana en la edad de oro de las casas encantadas. Estos espacios se convierten en «un vehículo para analizar las tensiones de una sociedad cambiante repleta de claroscuros». Además, en la literatura decimonónica de casas encantadas asistimos por primera vez a la irrupción de una amplia generación de mujeres escritoras (nombres como Edith Wharton, Charlotte Riddell, Margaret Oliphant, Edith Nesbit, Elizabeth Bowen…) que viven de los beneficios de su escritura y que son leídas y admiradas entre el público. «Las escritoras de terror han encontrado en la casa encantada un motivo temático crucial para explorar las tensiones familiares y matrimoniales. Vinculadas culturalmente al espacio doméstico, de las que han sido guardianas por prescripción social, las mujeres autoras han sacado a la luz las sombras de ese falso equilibrio a través de la ficción», explica Erica Couto-Ferreira.

Daphne du Maurier en Menabilly, la casa que inspiró Manderley. Fuente.

Acaba el recorrido de Infestación en el siglo XX, cuando la infestación a la que se refiere el título (la autora prefiere este término sobre el tradicional encantada porque evoca a un parásito que invade el cuerpo de un ser vivo) es cada vez más subjetiva y cambia de apariencia o incluso existe o no dependiendo del sujeto que protagoniza la historia. La casa encantada se convierte así en la materialización física de la mente enferma. Para analizar esta evolución definitiva, Couto-Ferreira disecciona las obras más icónicas de dos de las mejores escritoras del siglo XX: Rebeca, de Daphne du Maurier, y La maldición de Hill House, de Shirley Jackson. En la primera, la presencia que infesta Manderley es precisamente una ausencia, la de su legítima dueña, muerta en extrañas circunstancias y que convierte la casa en un objeto-memoria que cristaliza sus recuerdos, embotellados como ponzoña. Hill House es un gran ejemplo de la arquitectura del trauma; llegamos incluso a dudar de la existencia real de la propia casa, tan parecida que es a las penas y remordimientos de la frágil Eleanor.

Si bien cada autor dota a su casa encantada de una apariencia física particular, así como un origen más o menos terrible y determinante y unos habitantes que pueden ya bien estar de paso, ser meros curiosos de los fenómenos paranormales o los últimos miembros de una antigua familia, las casas encantadas siempre son un reflejo del contexto sociocultural en el que se circunscriben. Representan, casi mejor que ningún otro objeto o lugar, los cambios, las costumbres y los temores de una sociedad. Por ejemplo: «la casa incómoda del 2022 podría tomar la forma de esa casa del pueblo a la que se regresa después de que la aventura laboral en la ciudad no haya dado frutos, de un piso que nos vemos obligados a compartir cuando ya hemos pasado los 40, de un edificio ocupado o de un centro de acogida temporal. Sería, en gran medida, un espacio del desarraigo», apunta la autora.

La naturaleza de la infestación de la casa (de ese haunting anglosajón para el que no tenemos traducción exacta en castellano) también ha evolucionado a lo largo de los siglos. Del heredero traicionado que busca una copia del testamento familiar a la amante asesinada, el inquilino desahuciado, el hermano muerto en batalla o la depresión posparto con apariencia demoníaca del relato El papel amarillo, de Charlotte Perkins Gilman. Como bien se dice, cada época tiene sus fantasmas. Y un fantasma, todos los sabemos, nunca es, simplemente, un fantasma.

Colaborador
Raquel Moraleja (Colaboradora): (Madrid, 1992) es graduada en Periodismo y máster en Estudios Literarios por la UCM. Ha trabajado como librera, responsable de prensa en editoriales independientes y, actualmente, es ayudante de bibliotecas (AGE). Ha publicado la novela corta Sin retorno (Verbum, 2016), galardonada con el I Premio Internacional Novelas Ejemplares.

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