Reseña: Mandíbula

El terror es uno de esos géneros peculiares que puede encandilar o hacer que nos alejemos a toda prisa. Personalmente, aún tengo dudas con él, como persona asustadiza que soy por norma, pero a veces hay historias por ahí escondidas por las que merece mucho la pena vencer un poquito el pánico que da leerlas. Mandíbula, de Mónica Ojeda, me parece uno de esos ejemplos perfectos sobre esto: hay fragmentos del libro de lo más perturbadores pero merece la pena.

Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) es una autora ecuatoriana que ha hecho gala en varias de sus obras de un terror muy particular. En la antología de relatos Las voladoras utiliza el gótico andino como una de las bases para moverse a través de las historias con mitología, intimismo y lo perverso, mientras que en Nefando utiliza la sordidez de un juego online como punto de partida para unir a personajes dispares, con trasfondos todavía más peculiares. Pero en ambas hay esa capacidad para relatar lo extraño como algo a la vez escalofriante y, sin duda, poderoso, que no se puede dejar de leer. Pasa lo mismo con Mandíbula.

Fotografía de la autora

El libro presenta la historia desde dos ángulos: una joven secuestrada en una cabaña de un bosque y una profesora, Miss Clara, que ha tenido que escapar de su anterior centro escolar, debido a un episodio traumático que ocurrió con dos de sus alumnas, y tiene que enfrentarse a un nuevo trabajo. Es allí donde conoce a unas nuevas alumnas, el siguiente foco de la historia y también del nuevo malestar de Miss Clara, que ya tenía suficiente con su propia reconversión: parecerse cada día más a su difunta madre, quizá hasta el punto de ser incluso ella.

A veces me gusta imaginar que el universo es el cadáver de Dios descomponiéndose. Imagine, Miss Clara, que fuéramos solo eso: la enorme y flotante carroña de Dios.

De esta forma, Ojeda baila entre cómo Clara se enfrenta a esas chicas al inicio de la adolescencia, con todo el pánico que eso conlleva, y también cómo se sobrevive a sí misma. Este planteamiento también es, en cierto modo, aplicable a la otra parte relevante de Mandíbula y que son el eje del movimiento: el grupo de amigas adolescente, cómo se relacionan entre ellas y de qué forma lo hacen consigo mismas.

La novela está llena de mujeres: son realmente lo importante y el eje de la historia. Uno de los aspectos más destacables quizá sea precisamente ese, en especial porque no son en absoluto las típicas protagonistas. La crueldad de todas las mujeres de esta historia, en pequeños toques o hasta de forma brutal, o de qué manera son retorcidas o retuercen la historia, es apabullante.

Además, Mandíbula recoge las relaciones entre mujeres de una forma tan descarnada que resulta perturbadora en muchos puntos, por lo enfermizas que son en su mayoría, sin dejar de ser reales. Sobre todo hace hincapié en las relaciones madre e hija, de qué forma una hija puede verse absorbida por lo que su madre quiere que sea (y también una hija dejarse absorber por ese deseo, hasta que sea lo único que prevalezca), o de qué forma oponerse, hasta qué punto hacerlo y, de ese modo, tal vez deshacerse de lo que es la figura maternal, que queda desacreditada e inservible. También trata las relaciones de amistad en el período de la adolescencia, con esas cadenas de mando que es fácil reconocer y que producen tanto daño a veces, pero esto queda más supeditado a toda la narración en cuanto a lo que es el abandonar la infancia.

Las hijas canibalizan a sus madres, Becerra, desde la leche al hueso.

Cubierta de la novela

A través de una historia dividida en dos ejes temporales, con capítulos donde podemos estar en la piel de Clara o en la de una de las chicas, o incluso en una conversación que una de ellas mantiene con su psicoanalista, se nos presenta esa transición. Las adolescentes, encabezadas por Fernanda y Annelise como ese bastión de «mejores amigas», inician una escalada de retos y juegos peligrosos, en lo que parece una representación de esa pérdida de inocencia. Incluso llegan, mediante lo que parecían inicialmente relatos creepypasta de internet, a inventar toda una cosmología, con una deidad aterradora a la que rendirle culto: el Dios Blanco.

Puede que esa parte de la historia, donde se presenta ese pequeño culto que crean las amigas, sea de lo más aterrador que hay en Mandíbula en una primera lectura. Se ve con facilidad cómo la autora da puntos en los que sostiene todo el imaginario: el silencio, el color blanco, los mordiscos… Y, a medida que se van usando más esos detalles a lo largo de la historia, en diferentes momentos, va produciendo desazón al leer, como si también hubiera algo en la habitación, al otro lado de la puerta, donde estás leyendo.

—¿Qué es lo que pasa cuando vemos algo blanco?— le preguntó sin esperar una respuesta—. Que sabemos que se va a manchar.

 Pero la virtud de Mónica Ojeda es contar de forma muy descarnada, sin perder belleza en la narración, escenas puramente desagradables, con una pérdida de filtro por la simpleza con la que la viven las protagonistas. A fin de cuentas eso encaja con lo que está queriendo contar: el salvajismo de la pérdida de la niñez o de las relaciones interpersonales, que son crueles y duras. Aunque en muchas ocasiones la pluma de la autora encoja el estómago, el conjunto se vuelve sólido y consistente, de lo que no quieres dejar de leer por muy incómodo que sea lo que se presenta.

Desde luego, no creo que Mandíbula sea para todos los gustos, ni siquiera para los que sí sean amantes del terror, porque es extraño y estoy convencida de que incluso la propia narración se da cuenta a veces de que lo está siendo. Sin embargo, si se permite ese acercamiento y se supera ese deje de extrañeza que produce, la historia merece mucho la pena: a veces hay que permitir novelas que nos encojan por dentro.

 Andrea Prieto
Andrea Prieto (Investigación/Opinión): ¿Matasanos que suele responder con otra pregunta? Sí, justo. Desde antes de eso, lectora de lo que aparezca y escritora de lo que se pueda (o de lo que quiera, según el cambio de la marea), con muchas palabras a la espalda.

 

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