La búsqueda de la identidad en el Remanso

El siguiente texto puede contener spoilers de la saga.

Embarcarse en la lectura de una saga siempre es algo que produce entre una pequeña emoción y un poco de pánico. Así como cuando era unos años más joven, por eso de la adolescencia y tener más tiempo disponible del que creo tener ahora, me encantaba la idea de que fueran trilogías o decalogías o lo que hiciera falta, porque incluso la idea de estar esperando el siguiente libro me parecía una emoción muy concreta y muy guay, con el paso del tiempo he desechado un poco ese estilo de lecturas. A veces piden mucho de quien lee, de esperas y recordar lo anterior; a veces sencillamente no me apetece tanto como antes. Pero la verdad es que creo que las sagas, cuando consiguen llegar, son muy guays. Hay muchísimas páginas por delante, muchísimas tramas, muchísimas historias y muchísimos personajes que van a seguirte durante un tiempo, y encontrarlos de nuevo cada vez que pillas un libro diferente es chulo. Eso sí: tienen que llegar, tocar una fibra determinada y atraparte más de lo que lo hace un tomo único. Por eso comentar —¡y recomendar!— una saga como lo es la del Tensorado, de Neon Yang, tiene ese regusto de emoción y un poco de pánico.

Foto de Neon Yang.

Neon Yang es une escritore residente en Singapur que ha sido nominade a diversos premios a lo largo de su carrera, incluyendo el premio Tiptree de honor en 2018 que recibió por esta saga. La editorial Duermevela ha publicado entre 2021 y 2022 las cuatro novelas cortas que conforman la saga Tensorado: Las mareas negras del cielo, Los hilos rojos de la fortuna, El descenso de los monstruos y El ascenso a lo divino. Todas las novelas cuentan con la traducción de Carla Bataller, que apuesta por el lenguaje inclusivo, lo cual ayuda a la sumersión en esta historia a un nuevo nivel.

Porque la saga del Tensorado trata, de forma más clara y predominante, la búsqueda de la identidad propia. Neon Yang presenta un mundo con diferentes reminiscencias mitológicas, desde hinduista hasta coreana, con una fantasía (la remancia) que lo siembra todo y que convive con pequeñas piezas de tecnología. La ambientación de la saga es una fuerte corriente que va acompañando a les personajes y que permite que estes naden o se sumerjan, siendo un elemento más de la trama, una parte esencial de las temáticas que aborda le autore. De hecho, creo que sobre la ambientación que le autore ha generado a lo largo de estas páginas se podría hablar con muchísima más calma, porque tiene tantos recovecos que son dignos de analizar (¡otro día!).

En la primera novela del Tensorado, acompañamos a les gemeles Akeha y Mokoya, hijes de la Protectora, desde su infancia en el convento hasta su vida más adulta, todo bajo la óptica de Akeha. Ya en el planteamiento de esta primera novela hay uno de los elementos que más me gusta a la hora de leer: el crecimiento. De una manera bastante obvia, como es el paso de los años, y de otras que claramente lo son menos y que es cómo cambian las relaciones entre las personas y cómo se enfrentan a diversos escenarios, incluyendo los que hay con une misme. 

Cubierta de Las mareas negras del cielo.

Las personas en el mundo creado con Yang nacen sin un género definido. La riqueza del mundo de Yang plantea en una primera instancia con estas las que a lo largo del tiempo pueden decidir cuál es el género al que quieren pertenecer, como ocurre con una de les gemeles: Mokoya, la profeta, toma la decisión de ser una mujer, puesto que es con lo que se identifica. Pero en la profundidad de unas historias que tratan la identidad, con todas las dificultades que esto conlleva, Yang plantea que esto no es posible más allá de la capital: en los pueblos, donde lo primordial es subsistir y tener qué comer, esta asignación ocurre al nacer en base a las necesidades que haya y la gente no se plantea lo contrario. No hay tiempo, no hay recursos, no hay oportunidades; un dibujo muy similar al que podríamos encontrar en nuestra propia realidad. 

Aunque lo interesante de verdad en este camino es la dualidad que plantea Yang en los inicios y que siguiendo los caminos de las obras vemos cómo se deshace. Akeha elige en una primera instancia identificarse como hombre, en divergencia con su gemele y el resto de descendencia de la Emperatriz. Este primer punto de partida parece bastante significativo de por sí, aunque da la pequeña sensación de que tampoco termina de encajar en Akeha. La habilidad de Yang deja traslucir eso con muy poco, por eso aunque en las siguientes entregas nos separemos de la mira de Akeha es una maravilla ver detalles que hacen referencia a que se ha finalmente identificado como una persona no binaria.

La historia de Akeha es la historia de una persona que busca su lugar en el mundo. Ligade a su gemele en los inicios, como alguien más bien insignificante al no haber sido elegide para nacer y luego por no poseer ningún talento especial, parece condenade a ser une secundario. Sin embargo, a todo lo que asistimos a lo largo de la primera entrega es justo a esa lucha por ser su propie protagonista. Los lazos que tiene con Mokoya cambian a medida que elles lo hacen para así adaptarse a las decisiones que toman con su vida. De ser el gemele sin talento a ser un fugitive a ser une miembre de les maquinistas. La historia de Akeha es una revolución en sí misma en el primer libro, pero Yang continúa dando relevancia a esa revuelta interna en los siguientes libros para consolidar a Akeha dentro de la saga como una de las figuras de cambio e identidad más fascinantes que he leído.

Cubierta de Los hilos rojos de la fortuna.

Pero tiene que competir, sin ninguna duda, con su gemela. En Los hilos rojos de la fortuna, Mokoya toma el papel protagónico cuando parece que pretende dejar de serlo. La historia de Mokoya parecía en un primer vistazo la de una triunfadora: la hija predilecta de la Protectora por su talento especial y que se casa con la persona a la que quiere. Pero la revolución de Mokoya es la de no querer ser, pese a que parece no desafiar al sistema como lo hace su hermane, quien el destino ha elegido. Ya en el primer libro asistimos de refilón a cómo la profetisa se aparta del lugar que le otorgó la Proyectora, pero es en el segundo, tras la pérdida de su hija, cuando Mokoya se encuentra totalmente perdida y al mismo tiempo coge las riendas de su vida por encima del destino.

Es increíble esa dualidad y cómo Yang consigue plasmarla. A fin de cuentas, Mokoya ya no es profetisa ni es madre, y desafía a todo lo demás que le podría quedar con la finalidad de buscar un nuevo espacio para sí misma en esos restos. En muchas ocasiones la búsqueda de la identidad, además de ser un trabajo de auto reconocimiento, no deja de ser un camino con ciertos puntos dolorosos y el viaje de la profetisa sin duda lo es.

Por si fuera poco, en este segundo volumen de la saga, aparece une de les personajes más fascinantes de toda la historia —y que es una pena que no haya tenido muchísimo más espacio—: Rider. Yang crea a este personaje, en una primera instancia, como ese contrapunto en pleno desafío de Mokoya, como una forma de seguirse realizando preguntas constantes y abrir todavía más el campo de mira: hay incluso preguntas que no se ha llegado a plantear y que están ahí. No solo a nivel de género —a fin de cuentas, Rider es le primere personaje que aparece como no binario y que podemos intuir que tiene influencia en Akeha—, sino en cómo una persona puede relacionarse con el Remanso, el plano mágico al que Mokoya está tan ligada y en el que busca consuelo a menudo. Rider presenta otra manera de entender la magia y cómo aplicarla, de qué forma abordarla y utilizarla, lo que supone un cambio de paradigma en lo que quiere hacer Mokoya con su vida. Un cambio incluso en cómo se plantea el destino, la fortuna, en la saga, de algo inamovible una vez se ve en una profecía a algo que se puede cambiar, y esto no deja de ser un choque una profetisa que parecía haber nacido con la condena solo ver desgracias y no poder influir en ellas. 

Cubierta de El descenso de los monstruos.

Siguiendo esa línea, en el tercer libro, El descenso de los monstruos, Chuwan se enfrenta precisamente al destino. Este tomo es quizá el más peculiar de los cuatro que formaba la saga. Utiliza cartas, archivos clasificados y un diario para seguir la investigación de la protagonista. Aunque, sin duda, es precisamente ella lo que destaca en esta novela. Mientras que Akeha y Mokoya son claramente personajes con peso global en la ambientación, Chuwan podría ser un personaje incluso más que terciario: esa clase de persona que provoca un declive sin percibirlo. Es la que marca la inflexión de todos los acontecimientos pero sin que nadie repare de verdad en ella, y creo que ahí está la gracia de cómo Chuwan se enfrenta a quien es y desafío constantemente al mundo para serlo.

Mientras que les hijes de la Protectora se buscan a sí mismes de varias formas, Chuwan sabe quién quiere ser: una buena persona que denuncia injusticias, que no se rinde pese a las adversidades y que les poderoses no la quieran en el medio. Pero sobre todo Chuwan desafía a esa fortuna que ha pasado de inamovible en la primera parte a maleable en la segunda, en una muestra de revolución personal que se ve muchas veces en la fantasía todavía más desgarradora. A fin de cuentas, Chuwan decide hasta el final, mientras todo parecía escrito para ella y lo hace porque quiere seguir siendo quien es hasta su muerte. 

Por último, en el cuarto libro del Tensorado es donde asistimos a la reivindicación de quién es la gran Protectora y su gran rival. Por supuesto, El ascenso a lo divino es una historia de amor. Sin embargo, la gran cantidad de detalles, la complejidad del personaje que presenta, no deja de ser un punto y seguido a todo lo anterior. Hekate tiene su papel fijado dentro de su propia familia cuando es joven: ser una de las aliadas de su hermano para que este alcance el poder. Igual que lo tiene Lady Han: ser la concubina de Hekate y su mano derecha. 

Cubierta de El ascenso a lo divino.

La cuarta novela se narra en retrospectiva, en una conversación ebria de bar, y Lady Han es quien la cuenta. Por eso ver el dibujo de quien fue y quien se fue convirtiendo, a la sombra en gran medida de Hekate hasta que ambas se vuelven enemigas, es muy interesante. Primero porque una historia de amor desde los orígenes hasta las cenizas siempre tiene público por una buena razón, y más cuando Lady Han hace un pequeño homenaje así a la que fue su amada y rival. Pero sobre todo, y en segundo lugar, porque no deja de traslucirse cómo esto también es una historia de amor hacia una misma. A fin de cuentas, Lady Han ni siquiera era Lady Han al inicio de la historia y la narración hace un periplo sobre cómo quedó en manos de otros, primero su comprador, luego la persona que la educó para ser concubina y finalmente la Protectora que la utilizó como asesina, hasta la decisión de ser ella misma, sin nadie más al mando de su vida.

Neon Yang escala a lo largo de cuatro novelas cortas por diferentes luchas personales. La habilidad para trazar esa búsqueda de identidad es notable. Desde el género, hasta dónde estamos ubicades en el devenir del destino, hasta cómo podemos cambiarlo y cambiar o reivindicar quienes somos. El fondo de la ambientación del Tensorado es la rebelión de les maquinistas, el movimiento del cambio, contra el Protectorado, y esa lucha es una literalidad de todo lo que viven sus personajes, de las rebeliones propias a las que se enfrentan.

Si las historias con rebeldes son interesantes es precisamente porque tratan de luchas contra el sistema y, además, de luchas propias dentro de ese mismo sistema. El quién es cada une o dónde se ubica en ese mundo no deja de ser una historia universal, pero Yang logra hablar en términos mucho más inclusivos de lo que leído en otras obras hasta ahora. Pero sobre todo habla de pertenencia, lo que supone la gran rebelión: pertenencia a nuestra propia identidad, pertenencia a la gente con la que formamos lazos y a los cambios que podemos realizar en el mundo y que así sea nuestro de verdad.

Como decía al principio, la lectura de una saga siempre es emocionante y da un poco de pánico. En este caso porque todo es inmenso y las líneas que se tocan siguen ese mismo trazado, y da pánico porque despedirse de una obra así, con la duda de si se encontrará otra similar, suele ser bastante duro. Personalmente no pierdo la fe en que Yang decida volver al Tensorado, aunque me quedo con una gran sensación si solo hemos llegado hasta aquí, porque menudo camino.

 Andrea Prieto
Andrea Prieto (Investigación/Opinión): ¿Matasanos que suele responder con otra pregunta? Sí, justo. Desde antes de eso, lectora de lo que aparezca y escritora de lo que se pueda (o de lo que quiera, según el cambio de la marea), con muchas palabras a la espalda.


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