Reseña: Cuando la luna era nuestra

De la mano de Duermevela, con traducción de Aitana Vega Casiano y portada de María Matos, ha llegado por fin a nuestras manos Cuando la luna era nuestra de Anna-Marie McLemore.

No es la primera vez que hablamos de McLemore en nuestra web. En el año 2017, Laura Morán hizo un recorrido a lo largo de su figura y de las obras que había publicado hasta el momento; y ya entonces, sin ni siquiera haber leído sus novelas, nos quedó claro que era une autore imprescindible y que no había que perderle de vista.

McLemore es una de las principales figuras del realismo mágico contemporáneo y, a través de este género literario, aborda importantes temas sociales como el mestizaje, los choques culturales, la diversidad sexual y la diversidad de géneros.

Estos elementos podemos verlos en su novela Belleza salvaje (Planeta México, 2018), donde el mestizaje es uno de los temas predominantes de la novela.

Portada de fondo negro, con el título en letras blancas en el centro, rodeado de cuatro rostros de mujer. Abajo, hay dos manos de las que salen rosas rojas de las muñecas. En toda la portada hay numerosas lunas blancas.
Portada de la novela. Fuente.

 

En este sentido, Cuando la luna era nuestra es un ejemplo perfecto de cómo se integran estos discursos, de manera natural y orgánica, en un mundo lleno de magia. Esta novela fue nominada al National Book Award in Young People’s Literatura y fue ganadora del James Tiptree Jr. 2016 y del Stonewall Honor Book 2017, y de ella venimos a hablar hoy.

La novela de McLemore narra la historia de dos amigos, Sam y Miel, cuya relación se inicia en la infancia y evoluciona a la par que ellos mismos lo hacen, transformándose en un fuerte sentimiento amoroso.

Ambos protagonistas están muy bien definidos, con sus gustos, intereses, miedos y preocupaciones marcados. Son dos personajes muy especiales, a los que McLemore dota de una personalidad y de una historia personal curiosa con pequeños detalles que cuadran perfectamente en el universo de realismo mágico que nos propone.

Miel es una adolescente con un pasado complicado. De vivir con una madre que le quiere y un hermano que la cuida, pasa a encontrarse sola y con la obligación de empezar una nueva vida en un pueblo que no conoce de nada. Por suerte, una vecina del lugar, Aracely, la acoge en su hogar para facilitarle ese nuevo comienzo.

Miel es diferente a las personas que habitan el pueblo. Es solitaria, independiente, siempre lleva mojado el bajo de la falda y tiene un miedo absoluto a las calabazas. A lo largo de la novela, podemos conocer mejor a este curioso personaje y descubrir el origen de sus miedos y manías.

Pero, sin duda, su rasgo más especial es que a Miel le crecen rosas de las muñecas. Sí, como has oído. Los pétalos y las hojas de estas flores rasgan su piel y emergen a la superficie entre heridas y dolor. Esto será desencadenante de parte de la trama de la novela y, por supuesto, es uno de los símbolos más potentes del realismo mágico que habita en la historia.

Por otro lado, Sam es un chico trans que vive con su madre y que está atravesando una época de dudas y miedos sobre su personalidad, su identidad de género y su futuro. Es muy interesante cómo McLemore presenta estas dudas a través de una práctica cultural afgana y pakistaní como es el concepto de bacha posh: familias sin hijos varones eligen a una de sus hijas y la crían a nivel social y cultural como a un niño, vistiéndolas y educándolas como tal. Sam asume ese rol al no tener ningún hermano varón ni una figura paterna, pero, con el paso de los años, se da cuenta de que quizás esos no son los únicos motivos que le han llevado a replantearse su identidad.

Cuando Sam y Miel se hacen amigos, el joven comenzará a pintar lunas a lo largo de todo el pueblo para ahuyentar los miedos de Miel y, a veces, los suyos propios.

Colgaba las lunas en cualquier lugar que se le antojara y el pueblo se lo permitía en casi todas partes. Decían que la luz de sus lunas era mucho más cercana y estable que la del cielo y que alejaba las pesadillas de sus hijos. Cuando los niños se ponían enfermos, lo llamaban y él enganchaba lunas en las ramas delante de sus casas.

Las lunas de Sam y las rosas de Miel son los elementos más bonitos y especiales de la novela. Las descripciones de McLemore sobre los mismos, con una narración lírica, permiten que le lectore se adentre en ese ambiente de fantasía y magia que rodea la historia.

Y la unión de estos dos conceptos, las rosas y las lunas, tal y como puede verse en la maravillosa ilustración de portada de María Matos, es la representación perfecta de la relación de Miel y Sam. Lo que comienza como una amistad infantil va transformándose con el paso de los años en una historia de amor puro y sincero. Ambos personajes ponen todo su empeño y su esfuerzo en proteger al otro, en entenderse y en acompañarse en su evolución. McLemore nos muestra una relación estable a pesar de la joven edad de los protagonistas que, con paciencia y comunicación, consigue superar los momentos complicados.

Dos manos blancas, con rosas rojas saliendo de sus muñecas, sobre una calabaza naranja. Las rodean lunas blancas y hojas marrones.
Fragmento de la portada con las rosas, las lunas y las calabazas como protagonistas.

 

Es muy interesante ver cómo McLemore plasma su propia experiencia de tener una relación amorosa con una persona trans —su marido— en la relación entre Miel y Sam. Las dudas y las inseguridades que Miel refleja por no querer dañar a Sam a lo largo de su proceso de autodescubrimiento se muestran de manera natural porque McLemore vivió en su carne esos mismos sentimientos.

Aunque la novela está protagonizada, de forma más clara y directa, por Sam y Miel, los personajes secundarios tienen un peso importante en el desarrollo de la historia.

Aracely, la mujer que acoge a Miel en su casa, se dedica a curar el mal de amores de los habitantes del pueblo. Mediante rituales, extrae dicha enfermedad del cuerpo afectado y luego deja que vuele a través de la ventana. Aracely, además de ser un personaje que esconde más de una sorpresa, es una guía fundamental en la evolución de Miel y Sam.

Por otro lado, es imprescindible hablar de las hermanas Bonner, cuatro muchachas misteriosas a las que la mayoría del pueblo considera brujas.

Había quien las llamaba brujas, por la cantidad de corazones que habían roto. Había quien decía que tenían un ataúd de cristal escondido en el bosque que les servía de crisálida y al dormir en él las volvía tan hermosas como todas las Bonner anteriores.

Las Bonner actúan como antagonistas de Miel y Sam a lo largo de toda la novela. Pero McLemore nunca las llega a situar como villanas, sino que nos permite acercarnos, poco a poco, a cada una de sus distintas personalidades. A pesar de ser vistas por los vecinos del pueblo como cuatro mujeres jóvenes, puras e idénticas entre sí, McLemore nos enseña las diferencias de cada una, sus miedos y sus problemas personales, permitiéndonos empatizar con las hermanas.

Cuatro rostros de mujer, todas de piel blanca y largas melenas. Dos tienen el pelo rojizo y otras dos rubio. Llevan diademas de hojas y flores pequeñas en el pelo.
Fragmento de portada con los rostros de las cuatro hermanas Bonner. Fuente.

 

Todos los personajes de Cuando la luna era nuestra son especiales y tienen un papel importante en la historia.

La narración que McLemore elige para esta historia es lírica, bonita y pausada, igual que la trama. Nos encontramos ante una historia que germina poco a poco y que crece a ritmo lento, pero nada aburrido. Al igual que los pétalos de Miel emergen despacio de su muñeca, rasgando y arañando sutilmente su piel, McLemore elige con cuidado las palabras para crear un avance suave, delicado y especial.

La pluma que utiliza McLemore cuadra a la perfección con la historia contada y, a nivel personal, en ningún momento se vuelve pesada o farragosa. Está llena de metáforas que ayudan a crear la atmósfera mágica en la que se desarrollan los acontecimientos y, sin duda, colabora en que le lectore se introduzca en el ambiente de una forma mucho más eficaz.

Miel era ámbar y la última luz. El momento entre el verano y el otoño. La miel que comía de las cucharas en la cocina de Aracely.

Cuando la luna era nuestra es una novela bonita y enternecedora en la que acompañas de la mano a unos personajes muy especiales en su camino hacia la madurez, el autodescubrimiento y la superación de miedos y traumas. Es una lectura que merece muchísimo la pena.

 

Raquel Aysa Martínez
Raquel Aysa Martínez (Fichas de autoras/Artículos/Reseñas): Feminista, historiadora, lectora y escritora con varios relatos publicados (y otros tantos en el cajón). Adicta a la fantasía, a la ciencia ficción, al arte y a Twitter.

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