El poder y la responsabilidad: literatura especulativa y representación racial

Hay una interacción concreta en Twitter con un desconocido que me persigue. He tenido bastantes y la gran mayoría han desaparecido después de pulsar el botón de bloquear, así que el hecho de que sea esta en concreto la que me persiga como un moscardón una tarde de agosto me abre muchos interrogantes. El intercambio en cuestión se dio porque yo estaba denunciando una convocatoria de una editorial que pedía obras de «temática asiática» a sus seguidores blancos.

Mientras señalaba lo racista de que se usara un término tan vacío de contenido como «temática asiática» y lo dañina que era la apropiación cultural para las personas racializadas que podían toparse con las novelas, los mares de Internet se abrieron para dejar pasar al Moisés del orientalismo, que vino a increparme con una frase parecida a «Con lo mucho que me gusta a mí Japón, quién eres tú para decirme si puedo o no escribir una historia ambientada allí». Ninguno de los argumentos del sujeto era especialmente relevante y se fue a la lista de bloqueados derechito, pero el poso del mensaje se quedó rondándome, probablemente por muchos más motivos de los que el señor aleatorio imaginaba.

Por una parte, ¿hago bien tratando estos temas teniendo en cuenta que me he criado en una sociedad que me asigna un privilegio racial o estoy metiendo la pata hasta el fondo y revolcándome en el fango? Y, por otra parte, ¿de verdad podemos decirle a alguien que no escriba una obra ambientada en una cultura minorizada que no es la suya?

Eva Duncan, autora y traductora pamplonesa.

Respecto a la primera pregunta, tengo bastante claro que compartir mi experiencia desmontando mi propio racismo interiorizado es una parte más de enfrentarme a mi privilegio blanco y que alzar la voz en contra de las injusticias (siempre y cuando no invisibilice a las voces que la experimentan de primera mano) es relevante y necesario. Si denunciando situaciones racistas ayudo a asegurar espacios para autores racializades, voy a seguir aquí hasta que bajen la persiana y pongan las sillas encima de la mesa.

No obstante, teniendo en cuenta que la deconstrucción nunca termina, sé que a lo largo de este artículo acabaré yéndome de cabeza contra un sesgo propio que todavía desconozco y que probablemente tarde mucho tiempo en saber siquiera que existe (he hecho las paces con mi vergüenza futura). Al fin y al cabo, como dijo Amal El-Mohtar, coautora de Así se pierde la guerra del tiempo, en un artículo en la revista Uncanny, respondiendo a la pregunta de cómo incluir realidades infrarrepresentadas en ficción: «acepta que la recepción de tu obra no tiene nada que ver con tu intención, trágate el orgullo y los sentimientos heridos y estudia la recepción en sí para mejorar». Ahí la llevas, Andrea del futuro.

Respecto a la pregunta de si podemos decirle a alguien lo que puede o no puede hacer, Eva Duncan lo explicó mucho mejor que yo cuando le pedí su opinión sobre el tema: «esto no es una prohibición ni un caso de literatura prohibida o permitida, es hacerse consciente de lo que significan las decisiones artísticas y los posicionamientos políticos que implican». Y eso es en mi opinión lo que más difícil lo hace, que no es una cuestión de si puedes como persona blanca aprovechar tu privilegio para pasar otra vez por encima de todas las vidas que han sufrido el racismo a lo largo de la historia, sino de si debes hacerlo.

Esa dicotomía entre poder y deber es traicionera y tentadora como pocas. Hemos crecido metides hasta las cejas en una narrativa respecto a las culturas racializadas que nos daba la razón y nos empoderaba. Crecíamos leyendo Babar el elefante y viendo películas como El libro de la selva o Aladdín, alternábamos cucharadas de petit-suisse con orientalismo, colonialismo y puro de racismo. Llegábamos a la adolescencia y nos poníamos camisetas de anime y nos dejábamos llevar por toda esa retórica exotizante de que Asia (y decíamos Asia, pero todes sabemos que queríamos decir Japón) es otro mundo. Y, como con Madrid, de ahí al cielo: cuando te das cuenta llevas toda tu vida consumiendo entretenimiento que instrumentaliza a las culturas minorizadas, ¿cómo vas a dejar que alguien te ponga pegas?

Jeannette Ng, autora cuyo discurso de recogida hizo que le cambiaran el nombre a un premio racista.

Las historias que nos acompañan en nuestras etapas de crecimiento y nuestros hobbies acaban teniendo un carácter identitario y formando parte de quién somos, para bien y para mal. Es muy cómodo ser cómplice de las opresiones sistémicas que se producen en ellas y todavía más cómodo reproducirlas cuando haces las tuyas propias.

En este escenario en el que siempre se nos ha priorizado, es inevitable que cuando nos enfrentamos a la idea de que hay algo fundamentalmente racista en nuestras historias reaccionemos intentando conseguir sea como sea ser la excepción a la norma. Jeannette Ng (premio Astounding a la mejor escritora novel 2019) lo explica en su blog «es fácil señalar los vacíos legales y las excepciones a las normas. Pero es que nunca se ha tratado de las normas. Es la repetición constante a nivel social de ciertos estereotipos e ideas que hacen daño».

Tenemos que empezar a aceptar que, por mucho que nos apasione contar esa historia de amor entre castas en la India colonial o de cyberpunk en el Japón contemporáneo, no es nuestro lugar hacerlo. Y es completamente natural tener resistencia ante la idea de dejar ir una historia por razones ajenas a ti; no es fácil aceptar que no hay unas normas que puedas seguir para arreglarlo, que hacerlo con «cariño y respeto» no hace que sea menos dañino racialmente. Ser responsable supone aceptar que no lo estás haciendo por ti, ni porque nadie vaya a venir a tirarte piedras, sino porque simplemente no te corresponde contar esa historia.

Charlie Jane Anders cuenta en este artículo en Tor cómo se hizo responsable de su propio privilegio blanco y abandonó una idea para una obra fantástica basada en Asia porque no era capaz de ocupar el espacio que le pertenecía a sus amigues asiátiques. En lugar de ocupar espacios, Anders aboga por representar sin apropiar «Todes tenemos que llenar nuestros mundos con gente con trasfondos, géneros, sexualidades y discapacidades variados, pero sin intentar contar historias que no nos corresponden».

Por otra parte, ser responsables con cómo nos relacionamos con otras culturas también es tener cuidado con los términos y símbolos que utilizamos y con las ideas que legitimamos. Entramos como elefantes en una cacharrería y decimos que nos gusta la literatura/cultura asiática (como si existiera algo siquiera remotamente parecido) e invisibilizamos a miles de millones de personas porque sí, nos adueñamos de símbolos que no son nuestros y los aislamos de su contexto (quien no haya pintado un mandala que tire la primera piedra) y somos cómplices de un genocidio sistematizado contra una minoría racial en China porque nos hace ilusión ver una adaptación de Mulán (como Jeannette Ng explica en este artículo).

Elenco de personajes de la película Raya y el último dragón.

En términos de sensibilidad racial, no nos deja precisamente en buen lugar que mientras nosotres estábamos escribiendo fanfics sobre Raya y Namaari y rascando las migajas de una supuesta representación queer en Raya y el último dragón, Xiran Jay Zhao (Viuda de Hierro, 2022, Molino, Scheherezade Surià) prestara su plataforma en YouTube para que autores del sudeste asiático expusieran durante más de tres horas cómo Disney mercantilizaba sus culturas sin miramientos en su propio beneficio.

Y ya poniendo el foco sobre el mercado de la literatura especulativa española y el panorama para les artistas racializades, vuelve a ser lo más adecuado escuchar a alguien que lo vive desde dentro. Sobre las obras traducidas de autores racializades, Eva Duncan comenta que «para transmitir la experiencia own voices hace falta que la persona que traduce lo haga también desde dentro» porque si traducir es interpretar, une traductore blanque está traduciendo sin querer su sesgo racial. Para evitarlo, nos hacen falta traductores racializades, portadistas racializades, correctores racializades y editores racializades, en definitiva, abrir el espacio para que las personas racializadas puedan tener voz y voto en la literatura que se produce.

Podría extenderme eternamente y seguir sacando temas hasta el final de los tiempos, pero es justo admitir que no me corresponde a mí hacerlo. No puedo despedirme, sin embargo, sin recomendarle a toda persona interesada que se dé un paseo por la obra de arte que es el blog de Jeannette Ng (me frustra no poder meterlas todas las citas maravillosas que tengo), por la web Writing the Other y por el discurso de invitada de honor de Hiromi Goto en la Wiscon38.

Por último, destacar que, si de verdad queremos que haya una inclusión real en la sociedad, no nos queda otra que dejar de ver a las culturas minorizadas como accesorios y reconocerles su derecho legítimo a controlar su discurso, amplificando sus voces y protegiendo sus espacios de expresión. Es el momento de dejar de blandir lo que podemos hacer como un arma y de pasar a cuestionarnos si realmente debemos hacerlo, en definitiva, de soltar el privilegio blanco y ser responsables con nuestra producción cultural de una vez por todas.

Andrea Penalva
Andrea Penalva (Artículos): Escritora, traductora, correctora, filóloga inglesa y terretarian (siempre a la llum de les fogueres). Acabar cosas se le da regular, pero está doctorada en quejarse en Twitter mucho y muy fuerte.

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