Aquí hemos venido a hablar del fin del mundo (con zombis)

Hablar de novelas sobre el fin del mundo en esta época es entre curioso y extraño con comparaciones odiosas y otras que alivian un poco más (¡a tanto no hemos llegado!, ¡siempre nos quedará internet!), pero si hay algo que me gusta en cualquier tipo de narrativa es la del fin del mundo. Con zombis. Sobre todo con zombis. Es algo inevitable: si hay zombis, tengo que verlo, leerlo, ponerme a charlar un rato; no se puede desperdiciar la oportunidad. Así que esto en realidad más que un artículo a lo mejor acaba siendo un canto a por qué esto me gusta mucho y nada más. La advertencia está dada.

En cualquier caso, tengo claro que no estoy completamente sola en esto.  El fin del mundo (y los zombis) tienen su encanto. Años escribiendo al respecto sobre eso no iba a ser una casualidad y esta va mucho más allá de leer sobre virus mortales y pústulas (un buen ejemplo de por qué el género del terror también va más allá de la sangre y las vísceras por doquier). Las historias sobre el fin del mundo conocido son un escenario para poner de manifiesto los miedos del ser humano y también unas cuantas virtudes.

Cubierta de la novela Estación Once, editada por Kailas Editorial.

Estación Once de Emily St. John Mandel es el resumen perfecto de este encabezado. La historia parte de un nuevo virus de la gripe que se extiende con rapidez desde Georgia (ahí falla, pero casi teníamos bingo) y acaba con el 98% de la población en poco tiempo. Por supuesto, el mundo que queda después de eso no es el mismo. ¿Y las personas? ¿Son las mismas personas? ¿Podemos decir que algunas siguen siendo personas? St. John va jugando entre dos líneas temporales y con personajes corales que se van entrelazando entre sí, construyendo todo un entramado de relaciones e historias del pasado que salpican ese presente destruido.

Aunque lo interesante de Estación Once, más allá de cómo la autora juega con esos dos tiempos, al principio de forma confusa y luego muy bien asentada y enganchando en cualquiera de esas vertientes, es el fondo de la premisa: «la supervivencia no es suficiente». Eso es lo divertido (para mí) de las historias apocalípticas, ya sea en la vertiente de terror o en la que se puede meter dentro de la ciencia ficción: la supervivencia no es suficiente y los personajes hacen todo para sobrevivir y llegar más allá. Es un tema interesante, que ahonda en los peores defectos del ser humano y al mismo tiempo intenta resaltar las virtudes. ¿En qué te conviertes cuando solo tienes miedo, cuando tienes que hacer todo lo posible para seguir adelante? ¿Qué harías si tienes la oportunidad de llegar más allá, de ser de los que quedan? ¿Reinventarías las normas?

Emily St. John Mandel habla continuamente de ese riesgo que hay en quedarse solo en la supervivencia y junto con eso ahonda en otras emociones que se suelen ver en esta clase de ambientaciones: la soledad, el egoísmo, el miedo. Hay un caldo perfecto para sentarse y dejar que unos personajes se enfrenten a todo eso, y ver por dónde pueden tirar.

Eso sí, en Estación Once el fin del mundo no trajo consigo zombis.

Los zombis son un claro ejemplo de aquello que asusta desde el inicio de los tiempos al ser humano. Al igual que otras criaturas sobrenaturales que se han dibujado en la ficción de siempre, los zombis están aquí para comerte. Es más: para comerte y luego hacer que pierdas cualquier recodo de voluntad de tal forma que te acabes transformando en aquello que te mordió. Increíble, ¿no?

Pues sí. Hay múltiples miedos que se pueden considerar primarios, pero si retrocedemos lo suficiente nos damos con uno que puebla multitud de historias, que da vida a multitud de monstruos: el miedo a ser devorados. No he venido aquí a teorizar (sí, he venido justo a eso), pero cuando vivíamos en cuevas estaba claro a qué podíamos tener miedo: a los animales más fuertes y más grandes y con mejores dientes, igual de hambrientos que nosotros pero mejor adaptados. Así que algo tiene que quedar de eso por ahí grabado, y ese algo al final sale en forma de historias donde lo que pasa es que volvemos a ser la presa que no se está adaptando bien a un mundo cambiante. Por si ese argumento fuera poco para explicar por qué los zombis es un tema que va a seguir existiendo por los siglos de los siglos, porque tenemos ese miedo ahí grabado, estos seres recurren a otro miedo diferente, más tangible y más real, que también acompaña a otras criaturas: el fin de la voluntad. Vamos a pensarlo en frío: te van a comer, pero no solo te van a comer, si no que te van a convertir en un miembro más de esa hueste y vas a querer comerte a otras personas. Vampiros o licantrópodos también parten de esta premisa: aquello que está en la oscuridad va a devorarte, pero lo peor es que puedes convertirte en uno de ellos, sin toda tu voluntad.

Para mí esas son dos de las características que hacen tan geniales a las criaturas como los zombis. Los miedos primarios, los primigenios, retorcidos para que te persigan a través de un mundo desolado al que te tienes que adaptar lo antes posible.

Cubierta de la novela Feed, de Mira Grant, de la edición de Minotauro.

Mira Grant estuvo convencida de que le dio justo una vuelta a eso: más nos vale que nos adaptemos con rapidez a una invasión zombi. Y dejó que los personajes de su mundo lo hicieran. En Feed, los zombis son una realidad, pero las personas han aprendido a convivir con ellos más allá de una mera supervivencia: se han adaptado, igual que alguien se adapta a que su jardín tenga malas hierbas, y el resultado es genial.

La mayoría de las historias que he leído con apocalipsis zombis de por medio (o de las que he disfrutado en medio audiovisual) presentan eso: un apocalipsis. La tierra ya no es la misma, vamos montados a caballo y nos lidera un cowboy, hay bandas rivales y se debe fortificar un viejo barrio residencial. Pero Feed nos enseña casas adaptadas para detectar a infectados, con sistemas de limpieza complejos y tecnológicos, prácticamente youtubers que se dedican a torear a los zombis y una carrera presidencial. ¡En medio del apocalipsis que no lo es! Por si eso fuera poco, las personas pueden sufrir infecciones latentes (por ejemplo, como en el caso de la protagonista, solo ubicada a nivel visual). Para mi gusto: una maravilla. Sobre todo porque no pierde ese trabajo en el miedo que dan los zombis, solo moldea el mundo que damos por hecho que debería haber en esa clase de ambientaciones.

Sobre zombis hay mucho escrito, pero puede haber muchísimo más. Y eso mismo se le puede comentar a Ling Ma. La novela Liquidación fue vendida como la obra «que predijo la pandemia COVID» y, aunque podríamos decir lo mismo de Estación Once (una gripe brutal sume en caos al mundo) o le echamos un pelín de imaginación y también de Feed (el mundo está en medio de una pandemia pero la carrera por la presidencia de EEUU no se detiene por nada), Liquidación hace una crítica social que cuadra muy bien.

Cubierta de Liquidación, de Ling Ma, editada por Planeta de libros -Temas de hoy

Esa es la característica por bandera de los zombis de Ling Ma: los zombis de la crítica. He hablado de cómo los zombis representan unos tipos de miedos primigenios del ser humano, pero también pueden ser la caracterización de la sociedad: seres sin voluntad que únicamente caminan por un tema fijo. O que no dejan de caminar a pesar de ser zombis. En Liquidación un hongo que viene de Asia se va expandiendo poco a poco. Al principio nadie lo teme, todo funciona. Después, empiezan a llegar los reportes de casos de gente cercana, algunos suministros fallan. Luego, solo queda el caos. Y en medio del caos la gente sigue yendo a trabajar, la rueda del capitalismo debe seguir funcionando. Pero no me refiero únicamente a la protagonista de la historia, una suerte de millenial que se empeña en mantener la rutina que implica ir al trabajo porque no quiere pensar en nada más, si no los infectados. El hongo de esta historia te condena a repetir las mismas acciones que hiciste en «otra vida» en bucle: si eres la dependienta de una tienda, te pasarás el resto de tus fuerzas doblando camisetas; si eras una ama de casa, estarás condenada a poner la mesa hasta que tu cuerpo se consuma.

Liquidación es una crítica mordaz a cómo la sociedad no quiere detenerse ni en los peores momentos y hay que seguir produciendo. Ling Ma consigue dar muy bien esa puntada y el principio de su apocalipsis, un juego entre confusión y calma, es interesante. Es una pena que se pierda un poco en lo que más me gusta de estos mundos: ¿después qué? La trama que parte de ese «después qué» en el que la protagonista viaja con un grupo de supervivientes pierde la fuerza de la crítica y no llega a vender un apocalipsis igual de bueno, tocando solo la superficie en cualquiera de los palos: la acción es descafeinada y las mejores reflexiones ya las había sembrado antes. Pero si alguien quiere esa nueva pincelada a los zombis puede disfrutar mucho.

Porque al final los zombis no tienen que poblar únicamente historias llenas de violencia ni ser las novelas apocalípticas un compendio de escenas de acción. Las virtudes de esta clase de narrativas están más allá de eso, incluso si solo buscamos el mero entretenimiento de leer cómo un grupo de actores ambulantes llega a un aeropuerto, una periodista trabaja en una carrera presencial con un ojo muerto o una millenial se dedica a fotografiar una Nueva York vacía. Las historias que nos venden como fáciles pueden no serlo en absoluto y, si lo son, yo digo: adelante.

 Andrea Prieto
Andrea Prieto (Investigación/Opinión): ¿Matasanos que suele responder con otra pregunta? Sí, justo. Desde antes de eso, lectora de lo que aparezca y escritora de lo que se pueda (o de lo que quiera, según el cambio de la marea), con muchas palabras a la espalda.

 

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Un comentario en “Aquí hemos venido a hablar del fin del mundo (con zombis)

  1. Al final el zombie no deja de ser un símbolo de nuestra sociedad. Para George Romero, por ejemplo, era el capitalismo que nos hacía perder la cabeza. Por eso va evolucionando. Me apunto las propuestas.
    Un abrazo.

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