Laura Lee Bahr: literatura en los márgenes

Lo primero que leí de Laura Lee Bahr fue un relato incluido en la antología Bienvenidos al bizarro. Se trataba de «Pastel de terciopelo azul», un texto bastante extraño y difícil de clasificar. Mientras Carlton Mellick hablaba de orgías entre sujetos con modificaciones corporales o Tamara Romero de gigantas ofrecidas como un parque temático de entretenimiento, Bahr se limitaba a exponer una relación sentimental complicada con un desenlace trágico. Mi impresión fue que, pese a que incorporaba ciertos elementos propios de la fantasía, «Pastel de terciopelo azul» tenía más vínculos con el realismo sucio de Carver, o incluso de Fante, que con esa nueva corriente de autores vinculada a la literatura bizarra. Pese a tratarse de un relato excepcional, parecía situarse en cierta manera al margen del resto de la antología.

Portada de Porno religioso improvisado.

Y lo cierto es que esa sensación de marginalidad se mantuvo tras leer las dos novelas que ha publicado en castellano, Fantasma y Porno religioso improvisado, ambas traducidas y editadas por Hugo Camacho en Orciny Press. Da la impresión de que Laura Lee Bahr se ubica en la frontera, o en alguna frontera, de lo que podemos entender por «bizarro», corriente que a su vez podría también situarse como una especie de frontera.

En principio, no sería del todo descabellado atribuirle rasgos de realismo sucio a las obras de Bahr, poniendo entre paréntesis el hecho de que sus tramas no sean realistas. Frente a un mundo que se ofrecía a sí mismo como completo y cerrado en sí mismo, en el que el modelo —en la literatura o en el cine y en los modos de vida— era el sueño americano y el logro personal, el realismo sucio mostraba todo lo que quedaba por debajo, las vidas de aquellos a los que precisamente se les impedía soñar, y lo hacía sin involucrarse en ningún tipo de reivindicación política, es decir, sin realizar ninguna promesa.

Los personajes de Bahr no prometen nada. Más bien sufren un proceso de desengaño en el que la única salida posible se expresa a través de la muerte o la marginalidad. Esa huida es también una manera de liberarse de ataduras muchas veces intangibles, o de escapar a la rueda de hámster en que los personajes parecen correr hacia ninguna parte.

Resulta significativo que la «terapia radical» que transforma al señor Snow en Porno religioso improvisado consista precisamente en dejarlo a oscuras en un cuarto, atado con cadenas y reflexionando acerca de frases de Heidegger o de Sartre. Esos fragmentos podrían interpretarse como una metáfora de la propia vida del personaje (un profesor envuelto en una relación agotada, en un trabajo que no le gusta y cuya única manera de seguir adelante es pensar en el suicidio) que a su vez culmina en el alumbramiento de una vida distinta, de espaldas a los esquemas de producción y consumo capitalistas:

La campanilla volvió a sonar.
—Te voy a poner la mordaza otra vez.
—¿Eso han sido cinco minutos? No me lo ha parecido.
—Han sido cinco minutos. Ahora te vuelvo a poner la mordaza.
—La cadena me hace daño, de verdad… mucho. Me hace mucho mucho daño.
Pero la mordaza volvió a entrar en su boca.
—Ahora, piensa en esto durante el resto del tiempo. Será más largo, pero tú piensa en esto. Es una cita de Jean-Paul Sartre: “la vida empieza al otro lado de la desesperación”.
Y entonces oyó cómo se cerraba la puerta.

En Fantasma, más allá de la distribución de espacios y tiempos que parece llenar todo el campo de lo posible, ocurre algo parecido: el personaje de Simon se presenta como un exitoso periodista caído en desgracia, adicto a las drogas y en los límites del sinhogarismo, pero de alguna manera libre.

El esquema de relaciones en ambas novelas es análogo. En Fantasma el personaje que se presenta como protagonista es Richard, y en Porno religioso improvisado es Madeline. Pero ambos son señuelos. Lo decisivo en Fantasma es la relación entre Simon y Sarah While, y en Porno religioso, entre el señor Snow y Dominique Colt. Ni Richard ni Madeline parecen comprender del todo el alcance de las situaciones que viven o sobre las que indagan, y puede que de alguna manera acompañen o reflejen nuestro propio proceso de lectura. De hecho, ni el uno ni la otra llegarán a alcanzar aquel límite desde el que quizá se obtenga una cierta compresión de lo real.

Fantasma fue la primera novela publicada por Laura Lee Bahr.

El límite se desplaza desde los observadores hasta las relaciones entre los personajes en proceso de degradación. En esas relaciones, tanto Simon como el señor Snow parecen presentarse como efectos de realidad producidos por Sarah y Dominique, verdaderas protagonistas de las novelas. En Fantasma, Sarah While es el motor que desarrolla la trama y utiliza la figura de Richard para producir a un Simon perturbado o un espectro de Simon que se muestra más auténtico que el Simon normalizado que una vez fue. En Porno religioso Madeline contempla, al final de la novela, a un señor Snow loco que es también resultado, en este caso subsidiario, del propio proceso de degradación y renacimiento de Dominique. En ambos casos el trasfondo es el mismo: la única manera de vivir —o morir — es escapando del modelo encorsetado que se nos ofrece como verdadero, y produciendo nuevas normas y maneras de valorar.

Este esquema relacional, así como el rol que juegan cada uno de los personajes, es muchísimo más complejo que el mero «situarse en el margen» propio del realismo sucio. Por esto, y no tanto por la introducción de elementos de fantasía, es imposible reducir la obra de Laura Lee Bahr a esa etiqueta. Tampoco se podría caracterizar su obra aludiendo solo a «lo bizarro», si bien es cierto que introduce muchos elementos pertenecientes al género. Esos elementos, y quizás sobre todo la violencia, operan como descriptores del asfixiante sistema de normas que impide a los personajes adquirir vidas significativas y del que constantemente tratan de huir.

El contenido de las obras nos obliga a embarcarnos en un viaje a ninguna parte, a deshacernos de clichés y a enfrentarnos a la mezquindad de nuestras propias vidas, incluso para inventar otras nuevas o valorar las mismas cosas de manera distinta. Era lógico que, una vez lanzados y distribuidos a través del organigrama de producción y consumo de literatura contemporánea, los libros mismos operasen en los márgenes de lo clasificable, navegasen entre etiquetas o rehuyesen cualquier caracterización con la que queramos contenerles. Ni bizarro, pues, ni realismo sucio ni ninguna otra cosa:

No mira la habitación por la que tiene que pasar… Es un lugar lleno de muerte, de la muerte de gente más que él, más brillante, mejor amada que él… No puede verlo, tiene que concentrarse en una sola cosa. Tan solo una cosa. Fija los ojos en la puerta abierta que va a atravesar. Justo ahora.
Cada paso está lleno de su voluntad por vivir

Lucas Albor
Lucas Albor (Artículos/Reseñas): Licenciado en Filosofía y Máster en estudios avanzados en Filosofía. Trabajo como Técnico de Integración Social y escribo en mis ratos libres. Eliminé Twitter, pero podéis encontrarme en Facebook o en mi blog. También en Libros Prohibidos.


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