La tristeza de la magia: La niña que se bebió la luna, de Kelly Barnhill

Categorizar la edad del público objetivo de una obra literaria infantojuvenil es una tarea ardua y, probablemente, inútil para cualquier persona que no esté involucrada en la edición, evaluación o venta de planes lectores. Una de las razones por las que esta tendencia de clasificar trabajos literarios por rango etario es un tanto absurda es porque cada obra, si ha sido escrita por motivaciones estética, posee un lector ideal irreductible en etiquetas genéricas. Los cuarenta estudiantes de una sala de clases no experimentarán de la misma manera una única obra sugerida para sus años: habrá diversas interpretaciones y valoraciones de acuerdo con sus individualidades. Y así debería ser siempre.

Estas reflexiones iniciales se enmarcan en mi primera sorpresa ante la lectura de La niña que se bebió la luna, una bella novela de fantasía de Kelly Barnhill, que resultó ganadora del Newbery Medal 2016, uno de los premios más importantes de literatura infantil estadounidense. Originalmente, esta obra fue catalogada como middle-grade, una categoría más bien comercial y funcional que abarca a los lectores ideales en un rango de edad entre los ocho y doce años, aproximadamente.

En España, la novela se publicó en la colección Destino Infantil & Juvenil (de doce años en adelante), bajo el título La niña que bebió luz de luna; en algunos países de Latinoamérica, la novela se publicó en la colección juvenil (más de catorce años) de Loqueleo, el sello infantojuvenil de Santillana, bajo una traducción literal del título original, siendo esta la edición que he leído. ¿A qué se debería este curioso desplazamiento de edades objetivo?, me pregunté, intrigada. ¿Habrá particularidades en esta obra que, felizmente, dificultan su rotulación? En efecto, así es.

La literatura middle-grade, por lo general, presenta las siguientes características formales: un lenguaje de léxico llano y estructuras sintácticamente simples, una extensión más bien breve y la tendencia a evitar temas sugestivos y complejos como la muerte, el poder, la sexualidad o la maldad, o bien, ensayar una visión más esquemática de estos. Muchas historias preadolescentes suelen centrarse en experiencias cotidianas de los niños protagonistas en sus contextos sociales; en el caso de historias imaginativas, se prefieren aventuras intrépidas y de esquema clásico.

Portada de La niña que se bebió la luna, edición latinoamericana.

La niña que se bebió la luna parece desmontar cada uno de estos preceptos. Para empezar, es una novela bastante extensa. Si bien algunos puristas podrían considerar que es innecesariamente larga para el tipo de historia que cuenta, lo cierto es que su narrativa es tan agradable e hipnótica que el exceso de devaneos, pausas o introspecciones no se sienten tanto un ripio como una extensión de las experiencias de lectura.

Eso deriva al segundo aspecto destacado de la obra: su lenguaje. Muchas oraciones son, en efecto, de estructura sencilla. Sin embargo, el texto está rorado de bellas y evocadoras metáforas y analogías, y muchas palabras, sin ser necesariamente complejas, son de uso poco frecuente en este tipo de novelas. La prosa de Barnhill, a mi juicio, consigue balancearse adecuadamente entre el ritmo creciente de las historias infantiles bien escritas y una densidad más simbólica, que no puede ser descifrada de una única manera y que tampoco, por fortuna, lo pretende.

Aquí llegamos al aspecto quizá más revelador de La niña que se bebió la luna, en íntima conexión con su estilo: su propia historia y los temas que desarrolla. Acostumbrada a obras infantojuveniles contemporáneas disfrutables pero unidimensionales o de escasa profundidad, aptas para mojar los pies tranquilamente en la orilla de un lago, me encontré con este trabajo, que fue como adentrarse por primera vez en las aguas de un mar inquieto e impredecible.

Al principio de la lectura, recibimos olas calmas, entretenidas, intrigantes. Se nos presenta una comunidad más o menos premoderna, el Protectorado, con una curiosa costumbre: ciertas familias deben entregar al bebé más pequeño nacido en determinada fecha como ofrenda para una maligna bruja que habita en los bosques aledaños al Pantano, suerte de espacio mítico y salvaje de la novela.

Sin embargo, las cosas no son como parecen. La bruja, llamada Xan, no es una mala mujer. De hecho, no termina de entender por qué los padres abandonan a sus hijos a las fieras. Preocupada, se acostumbra a rescatar a esos bebés, cuidarlos y darlos en adopción en otros pueblos. Pero un día comete el error de encariñarse demasiado con una bebita en particular, a quien alimenta con luz de luna en lugar de luz de estrellas, y eso provoca que un enorme poder mágico nazca en su interior.

Xan decide entonces adoptar por su cuenta a la niña, a quien bautiza como Luna, para ocuparse de su educación mágica. A partir de ese momento, la protagonista se cría junto a la abuela Xan, el pequeño e inocente dragoncito Fyrian (que jura ser enorme) y Glerk, el Monstruo del Pantano, una criatura reflexiva, amante de la poesía y tan antigua como el mundo mismo.

De manera paralela, la obra narra las experiencias y requiebros de Antain, un niño del Protectorado que intenta infructuosamente formar parte de la comitiva, pero que tiene serios cuestionamientos morales respecto del hecho de arrebatarle los niños a sus familias solo para cumplir con un rito de oscuros orígenes.

Antain, en un momento decisivo de su infancia. Autora: Ellen Kim. Fuente.

¡Perfecto!, podríamos decir. Un planteamiento atractivo, que presupone dos líneas narrativas que se encontrarán en algún momento. Una abuela bruja que cría a la protagonista junto a seres tan misteriosos como entrañables y un chico en busca de la verdad. Podemos presagiar una aventura convencional, en la que Luna consigue desarrollar su poder mágico y en la que, junto a Antain, logran derrotar al mal de turno. Y esto, desde luego, sucede… más o menos. Pero esta no es en absoluto una historia convencional, al menos no en el patrón típico de muchas obras middle-grade de fantasía.

En esta historia, la nota de fondo es la tristeza y el dolor, dos temas que aún parecen ser tabúes para algunos educadores y padres en la literatura infantil, como si los niños no entendieran lo que es sentir el pecho apretado y las lágrimas ardientes quemando los ojos.

Al respecto, Barnhill es estupenda al momento de ir transfigurando poco a poco esta encantadora novela de formación en una historia con ribetes trágicos, en ocasiones con una dureza que por lo general solo podemos apreciar en el magnífico realismo infantil de autores como la también estadounidense Katherine Paterson, pero sin perder de vista el sentido de esperanza y redención inherentes a la fantasía.

En otras palabras, muchos pasajes, que algunas historias típicas de este género narrarían con las tonalidades de la dicha y el desafío, aquí son narrados con todas sus luces y sombras. Por ejemplo, Xan debe cuidar y formar a Luna como niña mágica. Pero aquí no solo se aprecia una relación básica entre maestra y discípula, o entre abuela y nieta, sino que también se aborda un tema complicado y doloroso: la inminente muerte de nuestros mayores, desarrollada a partir de una decadencia física y mental progresiva, y la angustia que estos sienten hacia la urgencia de dejarnos bien preparados para la vida antes de su partida definitiva. La lenta erosión de la cálida Xan mientras piensa en Luna es conmovedora, y nos recuerda que la mejor magia literaria no es ni un deus ex machina capaz de resolverlo todo ni un sistema científico de reglas más o menos rígidas.

La magia, al menos en esta novela, es una fuerza salvaje y avasalladora, casi amoral, aunque con su propio sentido de justicia e integración. Barnhill, a mi juicio, acierta al describirla fundamentalmente desde un lenguaje lírico, pues la magia asume la forma de una manifestación particular de la poesía del mundo.

Es precisamente esta naturaleza ambigua de la magia la que ocasiona uno de los primeros y más inteligentes conflictos de la obra: su poder en la niña es tan peligroso que lleva a Xan a tomar una polémica decisión en torno a la crianza de Luna, algo que termina dañando muchísimo a la chica. Este es un tema que tampoco parece verse mucho en la fantasía infantil contemporánea: la posibilidad de que los adultos, aun queriendo bien a sus niños, elijan y actúen de maneras perjudiciales para estos, anulando las particularidades de los pequeños.

Fanart de Xan y Luna. Autora: Annie Chen. Fuente.

Desde luego, la historia se narra también a través de elementos más familiares para la fantasía infantil: antiguos sucesos del pasado, que involucran magos y dragones, condicionan la complicada situación presente; el personaje antagonista se desplaza sutilmente ante nuestros ojos hasta que se nos revela la hondura de su maldad; e incluso hay espacios (contenidos) para el humor y la ternura, a través de la inocencia de Fyrian y la extravagancia de Glerk. Estos elementos nos recuerdan que, de todos modos, estamos leyendo una historia de aventuras. Es solo que es esta una aventura en la que el principal peregrinaje se lleva en el interior, entrecruzado con los anhelos, tristezas y esperanzas de muchos personajes.

Las características comentadas anteriormente contribuyen a percibir La niña que se bebió la luna como una novela anómala dentro del amplio rango de literatura infantojuvenil y sus preceptos normativos, más aún en territorios imaginativos. Es cierto que los particulares acentos de prosa, el oscuro simbolismo de algunas secciones y la presencia constante de la tristeza, que incluso tiene una nota bellísima tras el triunfo final, que me ha movido a las lágrimas, podrían desconcertar a algunos lectores que siguen pensando majaderamente que la fantasía es para «huir de la aburrida realidad». Pero como esta misma obra nos recuerda a través de su tratamiento de la magia, lo que distingue algo o a alguien es un don especial que no necesariamente está para el agrado de todos, y cuya mera existencia puede traer tantas gracias como penurias. Pero, magia al fin y al cabo, todo pesar valdrá siempre la pena por el resplandor de la belleza.

Es de esperar entonces que esta singular obra, que inusualmente discurre ahora por circuitos validados por la industria, llegue a los corazones de aquellos que, como Antain, hayan sido marcados por el dolor del corte mágico sobre sus espíritus.

Paula Rivera Donoso
Paula Rivera Donoso (Artículos/Fichas de autoras): Autora chilena de Fantasía con formación académica en literatura. Me dedico a la crítica e investigación independiente de la literatura de Fantasía, trabajo que desarrollo en mi blog y que recopilo en mi web. Me considero una amante furiosa de la imaginación y las historias. Twitter.


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