De la oscuridad a la oscuridad: Sí, las mujeres siempre han escrito space opera

 

Nota: este artículo se publicó originalmente en Tor.com el 15 de mayo de 2017. La traducción corre a cargo de Andrea Penalva.

Ilustración de cubierta de la trilogía The Faded Sun, por Gino D´Achille, Methuen, Publishing, 1987

Cada pocos años, alguien escribe un artículo sobre un género en el que las mujeres acaban de aparecer, que antes era el coto de caza exclusivo de los señores escritores. Suele ser alguna variedad de ciencia ficción. Últimamente es en fantasía, en especial la fantasía épica (esto me choca mucho por lo irónico que es, porque recuerdo los tiempos en los que la fantasía era rosita, suave, achuchable y para chicas). Y, para seguir con el tema de la semana, ahora le ha tocado el turno a la space opera.

 Las mujeres siempre han escrito space opera.

¿Habéis oído hablar por casualidad de Leigh Brackett? ¿De C. L. Moore? ¿A lo mejor de Andre Norton?

¿Entonces por qué nadie las recuerda?

Porque el segundo cromosoma X lleva consigo poderes mágicos de invisibilidad. Las escritoras no consiguen reseñas. Ni la promoción. Ni tampoco la atención de la Crítica Seria™. Se las ignora o se las pasa por alto por «no ser importantes». En otras palabras, se las borra. Se las expulsa. Se las olvida.

¿Os acordáis de Ardath Mayhar? ¿De Sheri Tepper? ¿A lo mejor de Elizabeth Moon? ¿Puede que de C. J. Cherryh?

¡Pero!, lloriquea la Gente Seria™, ¡tenemos escritoras en nuestra lista! ¡Mira: Ursula K. Le Guin! ¡Lois McMaster Bujold! ¡Ann Leckie!

Buenas escritoras esas, sí, señor. Unos libros estupendos. Me encantan. Pero hay un problemilla.

Se llama el principio de la pitufina. En mi cabeza, que siempre está arriba y abajo mezclando cosas, es como en Los inmortales, pero en azul. Solo puede quedar una.

El universo es masculino por completo. Todo está definido por ese género: es el género por defecto. Se permite existir a una mujer; y por el mero hecho de existir se presupone que contiene la totalidad de su género. Está allí, así que está completa. No se aceptan más currículums.

Esto es tan predominante que incluso las propias escritoras llenan la primera fila de sus universos con personajes masculinos. He releído a Andre Norton en Tor.com y tiende todo el rato a poner por defecto protagonistas masculinos y a escribir aventuras dominadas por hombres. Sus mujeres suelen ser fuertes y subversivas a posta, pero en cuanto a papeles predominantes están en clara minoría. Tampoco son, casi sin excepción alguna, mujeres al uso. En su mayoría son aliens como Maelen, Jaelithe y la medio terrícola e inútil total de Kaththea. Es un mundo de hombres y una mujer tiene que ser alienígena de la cabeza a los pies para que se la vea o se la escuche.

Y no ha terminado. Cuando vi Rogue One, claro que sí, una mujer protagonista, ¡toma ya! Pero… ¿dónde está el resto de mujeres? El resto de la tripulación de alegres hombrecillos son eso, hombrecillos. Un par de mujeres piloto se cuela en el radar, pero si son de alguna forma representativas de la proporción entre hombres y mujeres en el universo de Star Wars, tenemos un problema de continuidad de la especie.

El principio de la pitufina sigue vigente en Rogue One

Ni siquiera se les ha ocurrido a los hombres que escriben y dirigen la película que a lo mejor deberían intentar igualar la balanza del género. Pero han tirado para adelante y han hecho lo que hacen siempre. Incluso cuando piensan que están siendo feministas, arriesgados, liberados y todo lo bueno, nos han dado a otra pitufina. Y es una pitufina estupenda, pero sigue siendo azul.

Esto es lo que pasa con las escritoras. En cada generación se elige a una de ellas para ser nombrada en todas las listas y citada por la Gente Seria™. Una vez que la han seleccionado, la Gente Seria™ se limpia las manos y dice: «Pues ya está, ya tenemos una mujer. Apañado». Y vuelven otra vez a centrarse en los hombres escritores y a ignorar al resto de mujeres.

En los últimos años ha habido un empujón fuerte y un cambio cultural tan emocionante que por fin estamos viendo listas de premios dominadas por completo o casi por mujeres y la aceptación de que la mitad de la

Portada de The Faded Sun

especie está formada, de hecho, por no-hombres (y eso sin tener en cuenta siquiera a las personas de género fluido y no binarias). Es un desarrollo emocionante y uno que espero sea permanente, pero sigue borrando a las mujeres que vinieron antes.

Como especie, somos igual que las mri.

Las mri son la especie alien protagonista de la trilogía de The Faded Sun [inédita en español hasta el momento]: The Faded Sun: Kesrith, The Faded Sun: Shon’jir y The Faded Sun: Kutath. Son mercenarias interestelares vestidas de negro con espadas: fieras, mortíferas y casi extintas; además, su cultura es poderosamente matriarcal. Según se desarrolla la historia, descubrimos que este no es sino el último de los incontables cuasi-genocidios de la especie. Una y otra vez, sus empleadores han dado por terminadas las guerras y destruido a sus guerreras, echando a patadas al sobrante para que se oculte en los confines del espacio.

Y, cada vez, las mri han olvidado conscientemente todo lo que vino antes excepto un verso gnómico. Esta es la primera mitad:

Del principio oscuro

al final oscuro

entre los dos un sol,

pero después la oscuridad

y en esa oscuridad,

un final.

Toda la existencia de las mri se ha convertido en un proceso de olvido. Con cada nueva encarnación y con cada nueva guerra se rehacen a sí mismas y después huyen otra vez hacia el olvido. La trilogía trata sobre deshacer la oscuridad y encontrar el camino de vuelta a casa siguiendo una larga estela de planetas destrozados, hasta que consiguen llegar a su planeta de origen.

Eso pasa con la escritura de las mujeres: recordar cualquier cosa escrita por una mujer que tenga más de diez o veinte años requiere un esfuerzo consciente y excavar y exhumar en grandes cantidades (a no ser, por supuesto, que sea la pitufina de su generación, la sagrada she’pan que perdurará en la memoria colectiva).

Me resulta muy interesante que la creadora de esta chocante (y puede que involuntaria) analogía sea una mujer escribiendo tras sus iniciales —tal y como las mujeres han tendido siempre a hacer para huir del radar de los-que-no-leen-libros-escritos-por-chicas— y que no es ni de lejos tan conocida como era hace treinta años. Es otro ejemplo de escritora cuyo representante de la especie humana es masculino, mientras que su personaje femenino fuerte y cautivador es, como siempre, alienígena.

¿Hemos llegado por fin al planeta hogar? Es posible, gracias a la última cosecha de escritoras. Pero hay décadas de planetas destrozados y largos tramos de oscuridad tras ellos.

Este es un espacio para el recuerdo. ¿Cuáles son tus space operas favoritas escritas por mujeres que no son ni Le Guin, ni Bujold, ni Leckie? Tal vez si las compartimos podamos rescatar más nombres de la oscuridad y traerlas de vuelta a casa.

Colaborador
Judith Tarr: Su primera novela, La isla de cristal, apareció en 1985 (en español la publicó Plaza & Janés en 1995). Su primera space opera, Forgotten Suns, la publicó Book View Café en 2015 (y en español permanece inédita), y ahora mismo está trabajando en la secuela. Ha escrito novela histórica, fantasía histórica y fantasía épica; algunas de estas historias han renacido como libros electrónicos gracias a Book View Café. Ha ganado el premio Crawford y ha sido finalista del World Fantasy y del Locus. Vive en Arizona con un surtido de gatos, un perro de ojos azules y un montón de caballos lipizzanos.

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Colaborador
Andrea Penalva‌:‌ ‌Alicante, 1994, escritora, traductora y filóloga inglesa, nunca acaba nada, ni siquiera esta breve biografía. En Twitter @inkandrea. Se puede leer su único relato publicado hasta el momento en Mundos Sutiles, de editorial Cerbero. ‌

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