El monstruo era Mary Shelley

Muchas han sido las personas que han teorizado sobre lo que una jovencísima Mary Shelley quiso contar en Frankenstein o el moderno Prometeo (1818). La mayoría busca elementos de la alta filosofía en una novela que olvidan que fue escrita por una muchacha de 17 años. Y es por eso por lo que quizás acaban surgiendo artículos y ensayos sobre la complejidad de una obra que, si bien debe estar en alta consideración por lo que supuso en el campo de la fantasía y la ciencia ficción, es mucho más sencilla de lo que cualquiera que se ha obsesionado con ella cree.

Frankenstein no es una crítica dura y ácida sobre el uso de la ciencia y la tecnología. Tampoco es una oda a la maternidad ni alaba la figura femenina en sus páginas. Si quisiese ganarme enemigos entre las personas más puristas o tuviese el valor suficiente, declararía sin pelos en la lengua que la primera novela de Mary Shelley es una autobiografía. Quizás suene a locura, pero probablemente esta es la obra de la autora en la que más importante resulta saber su contexto personal. Y es que el monstruo de Frankenstein no era otra persona más que ella, Mary Godwin, creada a partir de trozos de recuerdos, ideas y personas ya muertas. Para que quienes leen este artículo entiendan lo que digo, voy a relacionar los temas de la novela con la vida de su autora, usando de referencia la edición de 1818 traducida por Mª Engracia Pujals para Catedra y su colección Letras Universales.

La paternidad

Si la novela gira en torno a una idea no es la de la maternidad per se, sino la paternidad. Como efecto colateral, quizás, surjan ideas e hipótesis sobre los deseos de Shelley de ensalzar la figura de la madre. Sin embargo, en Frankenstein no aparecen madres y, de hecho, nada más empezar el relato de Víctor, este despacha la muerte de la suya en unas pocas frases. La historia de terror comienza entonces sin madre alguna y se centrará siempre en las figuras masculinas, pues las femeninas apenas son fantasmas o accesorios que se nombran en un segundo plano sin protagonismo alguno. Solo con este pequeño detalle podríamos declarar que lo que Shelley escribía era un reflejo de su vida. Su madre también la había dejado en unas pocas líneas de su existencia, pues apenas doce días más tarde de su nacimiento, Mary Wollstonecraft falleció dejando huérfana de madre a la autora.

¿Es Víctor entonces Mary Shelley? No, por supuesto. Como cualquier escritora, Shelley no redacta su vida al dedillo, sino que juega con ella para formular la historia que ha sobrevivido al paso del tiempo. Y es que Víctor no es una sola persona, pues en la vida de la autora existían al menos tres Víctores distintos que compartían con el de ficción algunas características. Cogiendo esos rasgos comunes, podemos entonces definir a Víctor como un hombre terriblemente brillante que, sin embargo, peca de ser absolutamente cruel con su vástago. ¿Y quiénes inspiran esta idea tan horrorosa en una muchacha de diecisiete años?

Retrato de Mary Wollstonecraft por John Williams (1719).

El primero, el que al fin y al cabo define realmente la figura de Víctor Frankenstein, es ningún otro que William Godwin. El padre de Shelley ha sido definido en un sinfín de ocasiones y, aunque la historia varía en sus detalles, el resumen siempre es el mismo: este hombre práctico e intelectual, padre del anarquismo, cuidó más su filosofía de lo que jamás cuidaría a su hija. Mary Shelley se sentía absolutamente abandonada desde el día en el que su padre se volvió a casar. Pero marcó el mayor punto de inflexión y rotura en su relación al rechazar su amor con Percy y obligarla así a huir con él. Como le ocurre al monstruo, Mary se ve rechazada por su padre sin ella comprender cuál es el mal que ha hecho. Y de este modo, si su Mathilda (1819) es una carta turbia y desesperada para exigirle amor a Godwin, Frankenstein es el grito de rabia e incomprensión que no puede soltarle a su padre.

William Godwin había escrito en su obra Justicia política (1793) las ideas que compartió en su momento con la madre de Shelley. Ideas que mamó la autora y acabaron definiéndola. Mary Shelley rechazó entonces el matrimonio y abogó por el amor libre del que sus entonces jóvenes progenitores escribieron en su día. Era entonces un producto de su padre. Él no solo le dio la vida, sino que la moldeó y, finalmente creó para luego abandonarla por seguir los ideales radicales que él defendió en su día.

»Oh, Frankenstein, no seáis ecuánime con todos los demás y os ensañéis sólo conmigo, que soy el que más merece vuestra justicia e incluso vuestra clemencia y afecto. Recordad que soy vuestra criatura. Debía ser vuestro Adán, pero soy más bien el ángel caído a quien negáis toda dicha»

Los otros dos hombres que pudieron inspirar a Shelley eran el propio Percy y Lord Byron. Hombres de artes, cultos y de ideas creativas, nuevas y revolucionarias. Y ambos con una indiferencia casi cruel sobre el destino de sus hijos. Mary Shelley, que cuando escribía sobre su monstruo ya había perdido a una niña, sufriría la pérdida de sus hijos hasta sucumbir a una depresión. Su marido, por otro lado, tarda tan poco en recuperarse como en echarle en cara su tristeza. Quizás cuando escribió Frankenstein aún no había visto la verdadera insensibilidad de Percy Shelley ante las muertes de sus hijos, pero sí era consciente de que su amado había abandonado a dos en un pestañeo y los había dejado con su primera esposa sin dedicarles, al parecer, ningún pensamiento.

Retrato de Mary Shelley (1719).

Lord Byron, por su parte, ya había tenido también una hija, la afamada Ada Lovelace (1815). Él no la abandonó como tal, claro, pero eso fue debido a que su actitud y forma de vida ahuyentaron a su esposa Anabella y la obligaron a huir con su hija lejos de la nefasta influencia que era el escritor. Más tarde y durante el tiempo que Shelley seguía dándole forma a Frankenstein, el poeta llevaría a cabo una de sus mayores crueldades. Pues, habiendo dejado embarazada a la hermanastra de Mary Shelley, Claire Clairmont, Lord Byron ignoró toda súplica de ocuparse de la niña que nacería en 1817: Allegra Byron. La niña fallecería 10 años más tarde después de que el autor decidiera hacerse cargo, pero no dejando a la madre acceder a ella. Quizás, de las tres figuras, el que finalmente sería el más cruel de los tres padres, el que podía haber encarnado a la perfección a Víctor Frankenstein, era Lord Byron.

La homosexualidad

Hablar de homosexualidad en una novela que no la redacta explícitamente puede parecer arriesgado pero, si se lee entre líneas, la idea de homosexualidad masculina se ve reflejada en la obra de Mary Shelley. No es necesaria una escena sexual para ello, pues son otras las acciones que convierten a Víctor Frankenstein en, mínimo, un hombre bisexual. Claro que, para ver que estas afirmaciones son ciertas, tenemos que comprender de nuevo qué tipo de influencias y vivencias incluyó Shelley en la novela para que esto resultase así. Como también debemos hacer un ejercicio de análisis para comprender de qué tipo de homosexualidad o bisexualidad estamos hablando.

«—¿También a ti, mi querido Henry, te han costado la vida mis criminales maquinaciones? Ya he destruido a dos; otras víctimas aguardan su destino, ¡pero tú, Clerval, mi amigo, mi consuelo…!

No pude soportar más el tremendo sufrimiento, y preso de violentas convulsiones me sacaron de la habitación. A esto siguió una fiebre. Durante dos meses estuve al borde de la muerte».

Fan art de Víctor Frankenstein y Henry Clerval por Radjinja. Fuente.

Y es que si Víctor Frankenstein enferma hasta casi la locura al perder a Henry Clerval, pero apenas reacciona cuando lo hace su esposa o incluso su hermano pequeño; o si Robert Walton enaltece al desconocido que es Víctor en sus cartas a su hermana, hasta el punto que empieza a parecer encaprichado románticamente con él; se debe a la idea de amor libre que defendían Mary Shelley y su grupo, así como también a la idea de bisexualidad u homosexualidad masculina de la Antigua Grecia.

Aunque hasta la fecha a Percy Shelley no se le conocían escándalos referentes a su sexualidad (o no han sobrevivido al lavado de cara que efectuó su esposa tras su muerte), sí ocurría con Lord Byron. De hecho, uno de los motivos por los que le dejó su esposa Anabella fue por las incesantes infidelidades tanto con mujeres como con hombres. Además, cuando Byron, Percy y  Mary Shelley, William Polidori y Claire Clairmont coincidieron aquel verano tan famoso, fue precisamente porque el poeta huía de las habladurías y los escándalos que lo perseguían en su Inglaterra natal. Alrededor del variopinto grupo se creó mucha mitología y, aunque es posible, no sabemos si es del todo cierto que Percy y Lord Byron fueran amantes. Sus ideas e inclinaciones así pueden sugerirlo, pero desde luego, lo que está claro es que Mary Shelley no era ajena a este tipo de relaciones. De hecho, años más tarde ayudaría a su esposo a traducir El banquete de Platón, obra considerada inmoral en aquella época por sus ideas sobre el amor homosexual. Y ella misma tendría relaciones sáficas con Jane Williams tras las muertes de sus esposos, además de conocer y tratar con mujeres sáficas como las Damas de Llangollen o Mary Diana Dods.

«El afecto que siento por mi invitado aumenta cada día. (…) Es tan dulce y a la vez tan sabio; tiene la mente muy cultivada, y cuando habla, si bien escoge las palabras cuidadosamente, éstas fluyen con una rapidez y elocuencia poco frecuentes. (…) ¿Te ríes del entusiasmo que demuestro respecto a este divino nómada? (…) Pero, si quieres, sonríete ante el calor de mis alabanzas, mientras yo sigo encontrando mayores razones para ellas de día en día».

Estos datos, unidos a su gran amor por la cultura grecolatina, algo muy propio del Romanticismo, pueden llevar a la conclusión de que lo que Shelley presenta en Frankenstein no son si no relaciones homosexuales clásicas. Víctor, como los griegos, acaba casándose con una mujer, Elizabeth. Sin embargo, el amor que le turba, que le mueve, que le enferma… el amor de verdad es el que le despierta Clerval. Las ideas de amor libre de la autora están escondidas de forma muy sutil en su primera obra, así como aquellas de los propios griegos sobre la pureza del amor entre personas del mismo género (solo si este género era el masculino). Como no es lo que realmente le mueve en la historia, no puede considerarse un tema protagonista. Pero sí es cierto que el subtono gay de la obra queda muchas veces oculto bajo otras cuestiones y, dado que Mary Shelley parecía una mujer adelantada a su época, es necesario reseñarlo.

Ilustración por James Henry Lynch de lady Eleanor Butler y Miss Ponsonby (1870).

El Yo del monstruo

Mary Shelley relataba en sus diarios las múltiples pesadillas que tenía con el monstruo tanto cuando se originó la idea, como después. Quizás en alguna de ellas, la más terrorífica, el monstruo le saludaba al otro lado del espejo. Y es que no hay criatura que pueda haberla inspirado más que ella misma. Es curioso cómo de la boca de un ser sin nombre salgan las palabras de una jovencita aplastada por el peso de los grandes apellidos de sus padres. A lo mejor Shelley no lo pretendía, pero desde luego que quedó reflejada en él a trocitos, como no podía ser de otra manera.

Para empezar, el monstruo no tiene madre. No hay figura femenina alguna que pueda influenciarle y, desde luego, tampoco hay alguien igual a ella. Aunque la autora tenía a Fanny, su hermana, esta no era más que hija de Mary Wollstonecraft y su reputación, así como su carácter, eran muy distintos. Mary Wollstonecraft Godwin, como se apellidaba antes de casarse con Percy Shelley, era pues única en el mundo. Y, pese a haber sido engendrada y no creada, desde su nacimiento fue moldeada por las ideas muertas de una madre a la que no conoció y un padre que se moderó con el tiempo. Creció creyendo en los ideales de una mujer que antes que ella había sido rechazada por la sociedad y ella misma, por ser simplemente quien era y no ajustarse a la norma social, acabó siendo también siendo excluida. Su propio padre, por lo mismo que la sociedad, la abandona. Por último, la criatura pide a Víctor un igual al que amar y que le ame. Mary Shelley le pediría a su padre aceptar su relación con Percy Shelley, su igual, el que la ama.

Rechazada por todos, es a través del monstruo que se expresa:

«(…) pero estoy solo, horriblemente solo. Vos, mi creador, me odiáis. ¿Qué puedo esperar de aquellos que no me deben nada? Me odian y me rechazan».

La criatura, sin embargo y pese al ideario popular, no es un ser analfabeto e incapaz de hablar. Resulta poético cuando habla y mucho más elocuente de lo que es Víctor. En la obra posee uno de los monólogos más hermosos y desgarradores de la novela. Apenas pueden recordarse palabras de Víctor, pero la criatura acaba siendo eterna con sus referencias a El paraíso perdido (1667) de John Milton. Y precisamente esto, sus obras de cabecera, parece haberlas leído al dedillo junto a su verdadera madre: Mary Shelley. Tres son los libros que lee el monstruo, tres que la misma autora leería como él en etapas más tempranas de su vida. A parte del ya mencionado, los otros dos son Las aventuras del joven Werther (1774) de Goethe y Vidas (96-117 d.C.) de Plutarco.

Retrato realizado por Reginald Easton de una joven Mary Shelley (1857).

Resulta curioso que dos criaturas tan jóvenes estén tan bien educadas y estén versadas en obras de alto nivel intelectual. Ambas, Shelley y el ser creado, son capaces de debatir sobre cualquier tema y de filosofar como cualquiera. Y, sin embargo, de nada les sirve. Poco les vale saber de filosofía, de literatura, de idiomas o incluso de ciencia… Al final, son igualmente abandonados por sus padres y rechazados por aquellos que los ven como monstruos.

En resumen, Frankenstein no merece cargar con el peso de una lectura llena de paradigmas filosóficos que quizás su autora quiso perfilar, pero que en el fondo significaban cosas más sencillas. La historia del monstruo es la de cualquiera que alguna vez se haya sentido solo y rechazado, como ella, como su grupo de amigos, como cualquier minoría. Si hubiese querido hablar de la maternidad o de los peligros de la ciencia, lo habría hecho. Y, sin embargo, lo que escribió Mary Shelley fue algo más sencillo. El terror que nace de su obra es el desgarrador sentimiento de abandono y rechazo contra el que ella misma tuvo que luchar.

No hay que olvidar, cuando se lee Frankenstein o el moderno Prometeo, que para lo bueno o para lo malo su autora tenía 17 años y estaba, como muchas otras, comenzando a escribir de la forma más sencilla que se puede empezar: inspirándose en su entorno.

Andrea Díaz
Andrea Díaz (Artículos/Reseñas): Escritora, traductora y correctora. Coautora del blog Divagaciones a tres y autora de varios relatos. Sus obsesiones son los monstruos góticos, los vampiros, David Bowie y las señoras bisexuales.
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Un comentario en “El monstruo era Mary Shelley

  1. “Olvidan que fue escrita por una muchacha de 17 años” – la verdad es que desconocía esta información. Estoy leyendo la obra en estos momentos. El hecho de que fuera tan joven al momento de escribirlo le da más valor al texto, en mi opinión.

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