Reseña: La única criatura enorme e inofensiva

He leído un par de veces esta novela corta para reseñarla con la mayor justicia posible. Mi reacción tras la primera lectura se puede traducir en: «¿Qué demonios acabo de leer? Sea lo que sea me ha gustado». La única criatura enorme e inofensiva, primera novela corta publicada por Brooke Bolander es una de las obras más originales que he leído en tiempo. Y esa originalidad estriba tanto en la premisa de la que parte la autora para crear su historia, como, sobre todo, en la rompedora estructura narrativa de la misma.

La novela es una ucronía en la que se entremezclan dos hechos sucedidos en Estados Unidos a principios del siglo XX: Las Chicas del Radio y la ejecución de la elefanta Topsy. Dos sucesos que ejemplifican también la mezquindad a la que puede llegar el ser humano y la inhumanidad del capitalismo más puro. De ambos sucesos, habla Ahinoa Goñi en el prólogo de la novela, ayudándonos a situarnos en el contexto histórico de esta.

Sobre un fondo amarillo aparece un gran reloj verde y azul. Abajo, se ven las siluetas de dos elefantes rampantes mirando hacia afuera. Tiene reminiscencias de un cartel de circo antiguo.

Bellísima portada ilustrada por Randt

Las primeras fueron una serie de trabajadoras que, durante la Primera Guerra Mundial, se encargaban de trazar con pintura mezclada con radio las horas en los relojes. Como los números brillaban, los soldados podían comprobar qué hora era por las noches sin arriesgarse a delatar su posición. Por desgracia, nadie les advirtió de los peligros de trabajar con ese material radioactivo, ni les proporcionó equipos de protección como los que usaban los técnicos de la empresa, o sugirió que jamás debían chupar los pinceles para afinar la punta. Por supuesto, todas enfermaron, se les empezaron a caer los dientes, desarrollar tumores en la mandíbula, el rostro y otras partes del cuerpo… En muchos casos, tras años de juicios, la mayoría lograron mejoras en sus derechos laborales, pero las empresas hicieron todo lo posible para no los consiguiesen, desde presentar informes fraudulentos a demorar todo lo posible el pago de indemnizaciones.

La elefanta Topsy vivió unos años antes que las chicas del radio, en pleno nacimiento de la energía eléctrica. Cazada en África, torturada en el circo (domesticada y entrenada, dirían ellos) cuando mató al domador que la maltrataba, decidieron condenarla a muerte por electrocución. La ejecución, realizada por la empresa de Thomas Edison, se convirtió en un espectáculo mediático.

Aunque ambos sucesos no coincidieron en el tiempo, Bolander combina ambos para crear un futuro hipotético en el que, una vez salió a la luz el caso de las chicas del Radio, la empresa decidió comprar elefantas «conflictivas» o ya viejas de las que los circos deseaban deshacerse y ponerlas a pintar relojes.

Para ello, la autora nos brinda una historia narrada desde diversos puntos de vista, donde la línea temporal salta por los aires y algunos fragmentos no está claro cómo encajan en el conjunto. Más que un puzle, estamos ante una cerámica rota en varias piezas que los lectores debemos de encajar, encolar y tal vez rellenar algún hueco para poder apreciar el conjunto. Y lo hace con brillantez, sin duda. En la primera lectura tuve la sensación de que una de las subtramas se cerraba de forma abrupta, incompleta. En la relectura me di cuenta de que no era así, aunque es fácil perderse con tanto salto. No lo digo tanto como un fallo, sino como una consecuencia de la estructura y las perspectivas narrativas escogidas. Esta novela conviene leerla con toda nuestra atención puesta en su disfrute y, a ser posible, devorarla de un tirón.

Además de romper la línea temporal, la autora innova y arriesga con las voces narrativas que tejen la historia. Estas son, por otro lado, uno de los puntos fuertes de la novela. Cuatro son los puntos de vista narrativos. Por un lado está Kat, una científica del presente, que debe convencer a la líder de las elefantas para que estas se dejen cubrir con una pintura especial, y convertirse así en advertencias vivas para generaciones humanas posteriores del peligro que supone la basura radioactiva enterrada bajo una montaña. También tenemos a Regan, última superviviente en activo de las chicas del radio, encargada de enseñar a las elefantas a pintar los relojes, que establecerá una estrecha relación con Topsy. Y a la propia Topsy, pues no solo las humanas tienen voz en esta historia, además de a las Muchas Madres, guardianas y transmisoras de la memoria de su gente.

De vez en cuando, una de esas orejas enormes como pololos tendidos aparta de un aleteo a una mosca de los establos.

Las voces narrativas son totalmente distintas entre sí, adaptadas por completo al personaje y las situaciones narradas. Si Kat piensa como una científica incluso en lo metafórico; los fragmentos centrados en Regan transmiten toda la ira que bulle en su interior, vía tacos, sarcasmo o lo que toque, además de adaptarse al bagaje cultural que podría tener una mujer como ella. Pero las voces más interesantes de todas, también las más exigentes, son las de las elefantas. Especialmente las Muchas Madres. No piensan ni se expresan como los humanos. Su narración es rica en metáforas, imágenes y referencias sensoriales, miden distancias en «árboles de mangos», hablan de la piel de la montaña… A veces se expresan en canciones. Incluso cuando no es así, sus intervenciones tienen un tono poético, épico a su modo, merecidamente poco amable con los humanos y exigente con el lector a la hora de comprender a qué se refieren alguno de los términos que usan. Es la menos lineal de todas las voces narrativas, y la primera con la que nos encontramos en la novela; a veces parece dispersarse en leyendas alejadas de la trama principal, en piezas que no parecen formar parte de esa cerámica y que, sin embargo, lo hacen. Mi aplauso para Brooke Bolander.

Por otro lado, el estilo de la autora no solo es rico en comparaciones y metáforas cuando narra desde la perspectiva de las Muchas Madres, también ocurre con el resto de puntos de vista. Y en ese aspecto hace un gran trabajo adaptando cada imagen, cada comparación, al tono y bagaje del personaje en que se centra el fragmento, jugando incluso con referencias coloquiales.

Además de hermosa y potentemente narrada, La única criatura enorme e inofensiva, es una historia cargada de ideas y pasajes que nos obligan a reflexionar. Sobre la injusticia, el capitalismo sin ética,  la misoginia… y, ante todo, sobre la manipulación de la Historia, tanto a través de la educación reglada como de la cultura popular.

La memoria de las Muchas Madres es aún más extensa que la memoria de la piedra.

No obstante, por sobresaliente que pueda ser esta novela, quizá su versión en castellano no sería tan buena de no ser por el mimo con que la ha tratado Crononauta.

No puedo más que quitarme el sombrero ante la impecable traducción realizada por mi compañere de Nave, Carla Bataller Estruch. Una novela como esta debe de ser complicadísima de traducir (ya empezando por el título), y elle ha conseguido que todo fluya, que cada voz narrativa conserve su identidad y las referencias usadas por las elefantas nos resulten naturales en su transcripción española, sin perder la cadencia poética de las Muchas Madres.

La maquetación está cuidadísima, incluso en ebook, el formato en que me he leído la novela. Las portadillas (obra de Sara Randt, al igual que las cubiertas) son bellísimas, y los textos que no se corresponden con las narradoras principales (un par de noticias de diarios y una carta) tienen una maquetación diferenciada y acorde con cada una de las publicaciones.

Siguiendo el diseño con siluetas de elefante, se ven también lo que parecen muelas arrancadas y el título "Parte primera: fisión"

Una de las portadillas interiores

Y la portada de Randt es una verdadera preciosidad. Le ilustradore no solo se ha creado una obra de gran belleza estética, también es un perfecto juego de referencias que incluye los elementos más importantes de la historia; desde los más evidentes, como las elefantas, los dientes perdidos por las Chicas del Radio, la esfera del reloj o, si giramos la portada (tal y como explicaba Carla en la presentación virtual), podremos ver la carpa del circo.

En conclusión, La única criatura enorme e inofensiva es una gran novela corta, que se aprecia aún mejor en relecturas, o cuando rememoramos sus pasajes. También arriesga en sus planteamientos estéticos y exige la complicidad de las lectoras. Quizá no sea una obra para todos los paladares o momentos, pero si entras en su juego, seguro que la disfrutarás.

Ana Morán Infiesta
Ana Morán Infiesta (Reseñas/Artículos): Tejedora de historias y monstruos de ganchillo. Amante del terror clásico y los sombreros tipo fedora. Puedes encontrar más información sobre ella en su web. Twitter


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