La importancia del espejo: por qué hacer reescrituras queer de clásicos

Aura McDonald, Anne Hathaway y Raul Esparza representando a Olivia, Viola y Orsino, personajes de Noche de reyes. Fuente.

Una pregunta al aire: ¿soy la única que está aburrida de encontrarse comentarios en redes sociales del tipo «por qué siempre tenéis que hacerlo todo gay»? Parece que estos comentarios rodean como una nube de moscardones a todas las noticias sobre reescrituras, reboots o secuelas de obras conocidas; y cuanta más presencia cultural tenga la obra en sí, más componente de rabia hay en ellos. Es casi como si sintieran que esas nuevas obras derivadas, esas nuevas reinterpretaciones, les estuvieran quitando algo.

A mí personalmente me hace enarcar la ceja el siguiente comentario que ronda al acecho «por qué no escribís vuestras propias historias y dejáis tranquilas las cosas de siempre». Por alguna razón siempre me ha dado muchísima rabia, creo que es porque hay una acusación velada de que estas nuevas reinterpretaciones manchan de alguna forma la obra original, además de sugerir de forma clara que lo que hay detrás de la escritura de esta nueva reinterpretación es la falta de originalidad; como si tuviéramos que recurrir a las reescrituras porque no fuéramos capaces de hacer algo nuevo.

Michelle Terry y Catrin Aaron interpretando a Hamlet y a Laertes en la versión de la obra de 2018 en el teatro Globe. Fuente: The Guardian.

No deja de llamarme la atención que esta respuesta estándar no aparezca cuando se hacen adaptaciones de otro tipo: nadie tiene ningún problema con que Hamlet sea un león de dibujos animados en El rey león, pero en el momento en el que el papel es interpretado por una mujer en un montaje teatral, paren las rotativas. Pueden tolerar los furros, pero una relación lésbica entre Hamlet y Ofelia es un nivel de perversión que no están dispuestos a permitir.

Dejando de lado lo que se considera aceptable en una adaptación de una obra clásica o no, me llama la atención este sentimiento de propiedad sobre estas obras que se consideran canónicas, esta especie de pedestal inmaculado en el que se las coloca. ¿Es Tolkien menos Tolkien si alguien piensa que Frodo y Sam son novios? ¿Se puede manchar de arcoíris a Homero? ¿Hay empresas especializadas en limpieza de obras clásicas? ¿Existe el Neutrex literario?

Supongo que podemos aceptar que esto es así si aceptamos dos supuestos como ciertos: el primero es que la interpretación de la obra es perfecta y está acabada y el segundo es que las personas queer viven en una especie de realidad paralela y aislada y aparecen aquí solo para escribir la obra y luego se vuelven a su plano. ¿Quién no conoce a alguien que ha cambiado de plano para meter representación queer en una obra canónica y luego ha desaparecido dejando tras de sí una nube de purpurina?

Si descartamos la teoría de los seres extraplanares queer de lado (arriesgado, lo sé), nos queda un escenario «innovador» en el que tenemos a unes creadores que se han criado en una sociedad con unos referentes iguales a las de las personas cishetero, pero a las que se les niega el acceso a esos referentes a la hora de crear contenido nuevo. Con el añadido de que las obras canónicas no son, en contra de lo que se suele decir, las mejores de su tiempo, pero desde luego sí son las que más se referencian y las que más se publicitan.

El concepto de canon literario se basa en la supuesta existencia de «una lista o elenco de obras consideradas valiosas y dignas por ello de ser estudiadas y comentadas» (Sullà, 1998, p. 12). La idea de que estas obras han llegado hasta este punto por arte de magia y no porque tengan un papel en el statu quo, tanto de su época como de las posteriores, es debatible y polémica cuanto menos. No obstante, no se puede negar que tienen un papel central en lo que se entiende como cultura, ya sea por mérito propio o porque las hayan colocado ahí.

En mi opinión, estás obras que se consideran clásicas están donde están porque se les ha concedido una posición casi de manual de instrucciones del ser humano. De hecho, es bastante común que, cuando se habla de que un autor refleja muy bien la sociedad de su época, se diga que su obra es «espejo de su tiempo». Lo que se deja implícito es que todo aquello que no aparezca reflejado no existe.

La humanidad lleva sentándose alrededor del fuego para contar historias desde mucho antes de empezar a plantearse siquiera ponerlas por escrito. De hecho, aceptamos el papel de los cuentos como enseñanzas sin poner muchos impedimentos (no andes sola por el bosque o te comerá el lobo, Caperucita; no te dejas llevar por sueños lejanos o se te caerá el cántaro, lechera), ¿por qué cuesta tanto entonces aceptar que Shakespeare, Cervantes o Homero pueden tener este mismo papel a lo largo de nuestras vidas? ¿Es porque no vienen con dibujos?

Entonces, si suponemos que estas personas queer se han criado rodeadas de estos referentes, que han leído esas obras porque se las mandaban en el colegio o porque se las robaban a sus padres de la estantería, lo esperable es que, como componentes de esta sociedad, busquen su propio reflejo en el espejo, ¿no? Sobre todo, si, como en el caso que menciona Tessa Gratton en «Reclamando la monstruosidad genderqueer», son los libros que te acompañan durante tu adolescencia, cuando se conforma la identidad de la persona.

Sam y Frodo en uno de sus momentos «intensitos».

En ese momento en el que te estabas buscando a ti misme desesperadamente, en el que consciente o inconscientemente te estabas preguntando quién eras y orientabas tu vida a contestar a esa pregunta, los libros que te acompañaban dejan una impronta especialmente profunda.

Es lógico que te veas a ti misme reflejade en las obras que te marcan, pero es todavía más lógico que, cuando formas parte de un colectivo al que se empuja fuera del encuadre de la foto para que no aparezca (o se saca del reflejo en el espejo), luches con todas tus fuerzas por encontrar ese reflejo. Porque tú, como persona queer en una sociedad que te aliena, sabes que existes y luchas por demostrarlo. El paso lógico es que, como creadore de obras de ficción, materialices esa impronta en una obra que le muestre tu punto de vista al mundo.

Que este impulso por ampliar la significación de una obra sea recibido con suspicacia, como un intento de eliminar las lecturas anteriores, dice mucho más de la persona que emite el comentario que de la obra que lo genera. También me sirve para traer de vuelta una idea que he dejado caer antes: que no se puede llegar a una interpretación última y perfecta de las obras literarias.

Es como si, de alguna forma, se intentara reconstruir como si fuera un jarrón roto punto por punto lo que une autore quería decir al escribir ese producto cultural. Y no solo eso, sino que se pretende que todo lo que quede fuera de esta supuesta reconstrucción no sea válido y quede automáticamente descalificado. No lamento en absoluto decir que, si algo nos ha enseñado el posmodernismo, es que las verdades absolutas no existen.

Tengo malas noticias para la gente que arde en deseos de tener la verdad única sobre una obra al 100 %, al viaje en el tiempo le queda rato, todavía nos falta bastante para que podamos viajar a la Inglaterra isabelina a perseguir a Shakespeare: no se prevé que la biografía definitiva (y moralmente cuestionable, por qué no decirlo) llegue pronto. Y, sin embargo, yo estoy profundamente convencida de que tampoco la necesitamos.

Hans-Georg Gadamer desarrolló un concepto en su libro Verdad y método (Ediciones Sígueme, 2017, trad. Ana Agud Aparicio y Rafael de Agapito) que, desde el punto de vista de la interpretación, me parece precioso a la par que útil: la fusión de horizontes. ¿Nunca has releído un libro y te ha suscitado emociones distintas a las de la primera vez? A mí siempre me ha llamado la atención, porque el libro sigue siendo el mismo hasta la última coma, somos nosotres les que cambiamos.

Portada de Las mocedades de Rodrigo de Juan Alberto Hernández.

Gadamer explica este hecho diciendo que el libro existe y tú, como persona con una historia propia, te acercas y le formulas unas preguntas que existen solo en ti. Al leer el libro se genera una fusión entre vuestros horizontes y es aquí donde están las respuestas a tus preguntas, en esta experiencia colaborativa. De esta forma, si dos personas distintas tienen interpretaciones u opiniones diferentes sobre la misma obra, no significa que ninguna esté equivocada: es que han hecho preguntas distintas y, por lo tanto, obtienen respuestas distintas. Esto también se traduce en que tu yo de 14 años no pregunta lo mismo que tu yo de 22, ni que tu yo de 40, así que cada uno recibe sus respuestas.

En términos de interpretación de textos, nuestra sociedad está obsesionada con buscar la verdad, con encontrar el significado perfecto y último que nos dé la llave para entender la obra de forma completa. Ya va siendo hora de aceptar que no es que la llave no exista, es que nunca ha habido cerradura, tan solo preguntas y respuestas.

De la misma forma que Jane Eyre amplió sus horizontes y empezó a reflejar también la historia de Bertha Mason cuando Jean Rhys publicó Ancho mar de los Sargazos (Anagrama, 1998, trad. Andrés Bosch), la Ilíada es distinta desde que Madeline Miller escribió La canción de Aquiles (Alianza, 2021, trad. José Miguel Pallarés Sanmiguel).

Shakespeare tiene muchas reescrituras queer, siempre ha estado en su naturaleza generar lecturas alternativas, pero quiero mencionar que Noche de reyes nos ha dado The Last True Poets of the Sea a través de Julia Drake (Brown Young Readers US, 2019) y la relación lésbica explícita que no nos dio la obra original.

Mientras que, si hablamos de literatura española, no puedo dejar de mencionar Las mocedades de Rodrigo (Cerbero, 2019) de Almijara Barbero Carvajal, como un giro de tuerca muy necesario a la historia del Cid Campeador.

Los originales mencionados no han cambiado ni una pizca, pero ahora podemos hacernos preguntas distintas y buscar nuevos reflejos en el espejo. Seguimos sin poder viajar en el tiempo, pero podemos vivir en el presente y podemos utilizar nuestros horizontes para buscar la manera de seguir desarrollando facetas nuevas de obras antiguas.

A todas esas personas queer que tienen el impulso de reescribir una historia para incluir su reflejo en el espejo, por favor, seguidlo. De la forma que sea, usando el altavoz que mejor os venga, decidle al mundo bien alto que siempre habéis estado ahí, que no pueden seguir negando vuestros horizontes y dejando vuestras preguntas sin responder.

Escribid las obras que muestren vuestra visión de aquellos libros con los que crecisteis, porque sí, porque os apetece, como homenaje o como protesta, porque no ha llegado el día todavía en el que necesitéis el permiso de nadie para transformar el mundo. Vuestra forma de ver el mundo es única y nunca lo hemos tenido mejor para fusionar nuestros horizontes. Al fin y al cabo, siempre hacen falta más preguntas.

Sullà, Enric. (1998). El canon literario. Arco Libros.

Andrea Penalva
Andrea Penalva (Artículos): Escritora, traductora, correctora, filóloga inglesa y terretarian (siempre a la llum de les fogueres). Acabar cosas se le da regular, pero está doctorada en quejarse en Twitter mucho y muy fuerte.


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