Universo lovecraftiano y terror femenino

Para nosotros no existe el mal en el mundo sin explicación racional. Tenemos cierta tendencia a racionalizarlo todo. Esta tendencia, o más bien necesidad, choca en muchas ocasiones con un muro: criminales sin razones para actuar, una ruptura para la que no nos dan un motivo, preguntas para las que la ciencia aún no tiene respuestas… Y es que es en la incertidumbre donde nace el caos que tan desesperadamente tratamos de evitar en nuestro día a día.

Esta necesidad, sin embargo, la dejamos a un lado al leer y disfrutar de historias de terror. En esas ocasiones, no nos importa sentirnos vulnerables y diminutos. Estas sensaciones son precisamente las que el subgénero del horror cósmico o terror lovecraftiano busca hacer sentir al lector. Por sus orígenes, puede considerarse una renovación del relato fantástico, ahora en busca de provocar un asombro o un estremecimiento más sutil. Es un género muy pesimista (o realista, depende de cómo se mire) porque desprecia continuamente nuestra condición como humanos. Apoyándose en la filosofía del cosmicismo, que subraya nuestra insignificancia frente a la inmensidad del universo, este subgénero indaga en lo que acecha en lo cotidiano y se oculta entre las sombras; en lo que es difícil de ver, si uno no presta atención. En toda una serie de conocimientos ocultos que amenazan directamente a nuestra cordura, ya que su búsqueda desencadena la fatalidad.

Pero, sobre todo, el horror cósmico se apoya en el vacío. ¿Y qué es el vacío? Es un hueco, algo que cada uno rellena. Cuando nos referimos a él, pensamos en grietas: las que surgen cuando la razón choca con nuestros delirios más religiosos o fantásticos, lo racional con lo irracional, nuestros terrores profundos con la rutina… Lo peligroso es cuando nuestro cerebro se pone en marcha, listo para rellenar esos huecos.

A estos turbios asuntos fue a lo que dedicó su vida y obra H. P. Lovecraft, el célebre escritor de Providence, Rhode Island. Entre sus muchos miedos, se encuentran la agorafobia, la talasofobia (pánico al mar) y la xenofobia. Supo expresar los terrores de su época a través de misterios y criaturas más antiguas que el hombre, abismos insondables e imágenes apocalípticas. Deseaba explorar la cara más incognoscible del mundo, pero su firme racionalismo trataba de frenar esa parte de sí mismo. Por este motivo, creó sus propios mitos. Su propia religión.

Muchos biógrafos sostienen que sonreía una vez cada cuatro años.

Lovecraft murió sin haber publicado un solo libro. Su horror cósmico es conocido en todo el mundo gracias a las compilaciones de relatos, de sus célebres Mitos de Cthulthu. Esta labor correspondió a su grupo de amigos y admiradores del Círculo de Lovecraft. Algunos de ellos fueron los escritores Frank Belknap Long, Robert Bloch y August Derleth. Ellos también fueron colaboradores, ya que alimentaron y ordenaron los Mitos; en otras palabras, continuaron su mitología.

La mayoría de los biógrafos y estudiosos de la figura de Lovecraft lo tachan, entre otras cosas, de clasista, racista y misógino. Además, señalan con claridad el origen de las fobias, cuya semilla suele estar en la infancia. Para muchos miedos hay pruebas en sus escritos; de su racismo, el pavor que tenía al mestizaje, a la degeneración de la raza por la mezcla. El ejemplo más claro es su relato «La sombra sobre Innsmouth». Por no hablar de la correspondencia en la que reconocía abiertamente sus reparos; es eso también una muestra de su elitismo, obsesión que empezó por el hincapié que su madre hacía en su ascendencia británica y aristocrática.

En cuanto a la misoginia, los biógrafos y lectores se apoyan en tres argumentos: 1) la ausencia notable de mujeres en sus relatos, 2) el hecho de no profundizar en ellas cuando aparecen o utilizarlas como alguna representación del mal y 3) sus propias experiencias con las mujeres.

¿Hasta qué punto podemos personalizar una obra? No sería justo afirmar que la influencia de las mujeres de su vida fuera exclusivamente negativa. Su madre, Sarah Susan Phillips, era sobreprotectora, maniática y tenía problemas mentales. De hecho, pasó los últimos años de su vida ingresada en un psiquiátrico. En muchas ocasiones el morbo y la búsqueda de un sentido a sus perturbadoras historias llevaron al público a esas conclusiones, que añadían misterio a la figura del escritor. También se señala a sus tías, erróneamente conocidas como solteronas y amargadas (estaban casadas). Del tiempo que Lovecraft pasó con ellas, de niño y de adulto, se habla de la falta de figuras masculinas, lo que no es cierto: estuvieron sus tíos y su abuelo materno. Tachan su matrimonio con Sonia Greene de traumático, cuando en realidad acabaron en buenos términos y ella influyó positivamente en su carrera como escritor, ya que tenía contactos en la ciudad. Por no hablar de su abuela: fue en su biblioteca donde Lovecraft se apasionó por la ciencia y la astronomía.

¿A qué se debe entonces la ausencia de mujeres en sus escritos?

A la época, por supuesto. Al machismo intrínseco de la sociedad y del género. El público de las revistas fantásticas para las que trabajaba Lovecraft era esencialmente masculino. La demanda de mujeres en los roles protagonistas estaba bajo cero. Los personajes femeninos solían estar en segundo plano o sexualizados (algo que por lo menos no ocurría en las historias de Lovecraft). Pero culpar a las mujeres de su vida de esto es una nueva forma, más sutil, más velada, de misoginia.

Nuestras vivencias en sociedades restrictivas, el estigma, la falta de oportunidades, el machismo con mayor o menor intensidad dependiendo del contexto… Todos estos factores han dificultado el recorrido de las mujeres en la literatura, y más exactamente en la literatura de género. En el círculo de Lovecraft no encontramos a ninguna mujer,aunque él tuvo bastante influencia de autoras de la época: de Sarah Ornett Jewett, de la poetisa Louise Imagen Guiney y de Zealia Bishop, con la que colaboró en relatos como «La maldición de Yig».

La incursión de las escritoras en este subgénero ha tardado tanto, siendo uno de sus propósitos subrayar la insignificancia de los humanos en el universo… La pequeñez, la insignificancia y demás sinónimos son palabras intrínsecamente ligadas al género femenino. ¡A nosotras nos enseñan desde la infancia a ser precisamente eso!

El horror cósmico se caracteriza por una serie de elementos. Las escritoras que vienen a continuación son mujeres que, dejando a un lado la época y el machismo, habrían pertenecido al Círculo de Lovecraft. Ahora se apropian de esos elementos y les dan una vuelta de tuerca.

Lovecraft daba toda la importancia a la historia. Había ciertos temas y mecanismos a los que parecía alérgico; por ejemplo, no le interesaban las relaciones entre humanos. Eso provocaba que la gran mayoría de sus personajes, de sus protagonistas, quedaran desdibujados. Tampoco trataba las relaciones sexuales.

Estas escritoras han dotado al horror cósmico de un lado más humano. Habrá a quienes no les guste o no lo consideren horror cósmico bajo estas directrices, pero el estremecimiento sigue estando, ese desasosiego que crece a medida que pasamos las páginas. Pánico a la muerte, a la locura, a que de verdad seamos tan insignificantes. En otras palabras, miedo al vacío.

La cordura

En muchas de las historias de Lovecraft, los protagonistas no pueden gestionar las consecuencias de lo que descubren y terminan perdiendo la cordura. Una pena que se trate de algo tan frágil, porque la arrogancia humana nos condena a tratar de entenderlo todo. Dependiendo de a quién le preguntemos, la pérdida de la cordura es un lugar peor que la muerte. Y es que, ¿qué hay peor que la disolución del yo? Un buen ejemplo es La joven ahogada, de Caitlín R. Kiernan. La historia se desarrolla precisamente en Providence, donde reside la autora, y está contada en primera persona por la narradora nada fiable India «Imp», una chica con esquizofrenia. Kiernan concibe el terror como una emoción más que como un género. Otro buen ejemplo es Desquiciada, de Juliet Escoria (Horror Vacui, 2021, trad. Sergio Chesán). La protagonista es una joven brillante que comienza a sufrir fuertes alucinaciones. La confusión, el estrés, la presión a la que le someten en el instituto y en la institución psiquiátrica hacen que caiga en un agujero negro de drogas y odio hacia sí misma. Este libro está publicado por la editorial Horror Vacui, que apuesta por libros oscuros e inquietantes, especialmente escritos por escritoras y protagonizados por mujeres.

La degeneración de la raza

El terror en ciertos relatos de Lovecraft recae en el apareamiento entre diferentes especies, proyecciones delirantes de su elitismo y racismo. Su familia materna tenía raíces tan profundas como las de los primeros colonos. Algunos autores afirman que su madre repetía frente a él que la gente era mala y tonta y que él era ajeno a aquel país de salvajes (Estados Unidos). A esta obsesión por la raza da un giro radical la autora de origen indocaribeño Premee Mohamed con su reciente obra Beneath the Rising (Solaris Books, 2020). En ella, la científica adolescente Joanna «Johnny» Chambers inventa un generador de energía que atrae de los dioses oscuros de las profundidades del universo. Entonces Johnny y su mejor amigo de la infancia deben viajar por el mundo en un intento desesperado por encontrar y cerrar la Puerta antes de que esas fuerzas del mal regresen del todo. El libro,galardonado con un Premio Locus y un Premio Aurora, es crítico con los privilegios raciales. En primavera de 2022 se publicará la tercera parte de la trilogía, The Void Ascendant.

Los monstruos

Si echamos un vistazo a las fotografías de la época, podemos comprobar que Lovecraft no era un hombre precisamente atractivo… Sin embargo, creció con una versión de sí mismo muy distorsionada, que lo volvía casi un monstruo a sus propios ojos. En muchas biografías se menciona que su madre solía decirle que tenía una cara odiosa (hideous face), lo que sitúa el origen de su aversión hacia sí mismo y su desconfianza hacia la sociedad, sentimiento que se reducía al temor a ser rechazado por ella. En su mitología había monstruos. Criaturas enormes y antiquísimas provenientes de grietas siderales. Elizabeth Bear, autora con cierta debilidad por la ficción especulativa, publicó en 2008 Shoggoths in Bloom (Prime Books, 2012), una historia que tiene como protagonista a un académico que viaja a Maine para estudiar a los shoggoths salvajes. Pronto sus investigaciones lo llevarán a descubrir la verdad que esconden estas criaturas.

El Mal en la obra de Lovecraft siempre tiende a destruir a los humanos desde dentro, llegando incluso a transformarlos en poco más que en monstruos… Aunque por fuera sigan pareciendo humanos. Esto está presente en la obra de Mo Hayder, escritora inglesa de novela negra y terror, recientemente fallecida, famosa por su saga del inspector Jack Caffery. En su segunda entrega, El tratamiento (Siruela, 2014, trad. M. Cáceres y Andrés Barba), Caffery debe atrapar a un asesino que secuestra familias en su propia casa para torturarlas, especialmente a los miembros más pequeños. Todo se vuelve más siniestro cuando le llegan rumores de cierta criatura que habita en los árboles del bosque conocido como el Trol…  Estas investigaciones en las que parece que la policía en realidad se dirige sin saberlo hacia la Oscuridad, hacia algo mucho más grande de lo que parecía a simple vista, también podemos verlo en Lugares oscuros (Reservoir Books, 2016, Manuel Manzano Gómez) y Heridas abiertas (Mondadori, 2014, trad. Ana Alcaina), novelas negras de Gillian Flyn que pueden considerarse terror por lo macabro, lo oscuro, lo sangriento de los acontecimientos descritos. Porque el ser humano es capaz de lo peor, y no es de ser pesimistas, sino realistas.

En realidad, nadie ha visto nunca a Cthulthu.

Lo onírico

No es ningún misterio que Lovecraft recurría a sus sueños (o pesadillas, más bien) para dar forma al terror de sus historias. Le interesaba especialmente lo que había bajo la capa de la razón, de lo consciente, y lo onírico era la vía más sencilla para acceder a ello. El horror cósmico se apoya mucho en lo subconsciente, ya que busca despertar nuestros terrores ancestrales, que muchos de ellos están compartidos por medio mundo: miedo a la oscuridad, a la soledad, a la violencia gratuita… Kiernan se adentra de nuevo en el horror cósmico con Agentes de Dreamland (Runas, 2018, trad. María Pilar San Román). En esta ocasión, la autora describe un mundo oscuro y brutal, similar a las ciudades vacías y repletas de sombras de Lovecraft, un mundo en el que los humanos no valen nada, ellos lo saben, y simplemente esperan extinguirse. Otro ejemplo de este uso de lo onírico es The Dream-Quest of Vellitt Boe de Kij Johnson (St. Martin Press, 2016). Johnson describe un paisaje asombroso, como ya nos adelanta la preciosa portada. La protagonista, la profesora Vellitt Boe, descubre que su alumna más brillante se ha fugado con un soñador del mundo de la vigilia. Debido a que la estudiante en cuestión podría ser la única que salvase a la humanidad, decide ir a buscarla. Mundos paralelos, tierras del sueño, criaturas monstruosas… Esta obra recoge muchos de los elementos característicos del género.

Las ciudades vacías, extrañas y oscuras descritas en los libros que leyó en su juventud estimularon el mundo interior de Lovecraft. Grabado del artista italiano Giovanni Battista Piranesi.

Más Allá

¿Qué vacío hay más grande que la muerte? Este suceso es el ejemplo más claro de nuestra cabeza rellenando huecos: explicaciones religiosas, científicas, filosóficas… Y es que la razón ha demostrado no ser suficiente para enfrentarnos a ella. Por ahora, la única manera de acceder al misterium tremendum por excelencia es eso, morir. White is For Witching, de Helen Oyeyemi (Picador, 2009), no es exactamente horror cósmico, pero hay base del cosmicismo y la muerte ocupa un lugar muy importante. Esta historia es la de la familia Silver, cuya matriarca acaba de morir. Locura, despersonalización, contacto con muertos, un mundo desconocido que sin embargo está peligrosamente cerca del nuestro… La muerte nos inquieta porque lo que hay más allá es una incertidumbre, pero también porque es un lugar donde supuestamente estaremos solos. ¿O no?

Antologías

Son muchas las autoras que desarrollan su horror cósmico a través de antologías y relatos en zines. Se hacen muchas compilaciones de relatos en torno a la figura de Lovecraft; son particularmente conocidas las organizadas por S. T. Joshi, estudioso lovecraftiano. Buen ejemplo de ello son Lynne Jamneck (sus historias aparecen en H.P. Lovecraft’s Magazine of Horror y algunas entregas de Black Wings of Cthulhu, entre otros sitios), Ann K. Schwader en Autumn Cthulhu (Lovecraft eZine Press, 2016) y Nancy Kilpatrick, que lleva a sus espaldas quince antologías. De esta última, cabe destacar Danse Macabre: Close Encounters with the Reaper (Edge, 2012).

En definitiva…

El despertar de Cthulhu.

En el trabajo de estas autoras no solo se incorporan muchos más personajes femeninos al género, incluidos los que adquieren un rol protagonista. Las relaciones entre humanos, la profundidad de los personajes, la sexualidad… Todo esto adquiere ahora importancia, derribando cierto muro de separación entre el terror lovecraftiano –muy definido, descrito en numerosas ocasiones como frío y lejano, totalmente desprovisto incluso de cierta calidez humana– y un terror más comercial. Si sabemos aprovecharlo, este género es una de las puertas directas hacia el interior de nosotros mismos, porque nos enfrenta directamente con nuestros terrores más profundos, los que nos imaginábamos a oscuras en nuestra cama mientras nuestros padres veían la televisión en el salón. Estas escritoras han dado una vuelta de tuerca a un género que, si se renueva cada cierto tiempo, descubriremos inagotable.

Cuando uno se asoma al vacío, anticipa lo que va a ver. Y al final incluso cree verlo. Pero luego, cuando finalmente se asoma, comprueba que solo es un agujero negro desde el que se adivina la magnitud del universo. Que nos recuerda, tan aplastantemente, lo insignificante que somos y lo poco que valen, en comparación con la enormidad del tiempo, nuestros anhelos, nuestras vidas, y sí, también nuestros miedos.

Lovecraft tocó las teclas de nuestras aprensiones universales. Sobre el miedo, escribió lo siguiente, una de sus más célebres citas:

La emoción más antigua e intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido.

El miedo a lo desconocido es tal vez el más antiguo de la humanidad, especialmente si lo entendemos como un sinónimo de abandono, de vulnerabilidad. Si sintetizáramos el terror común a todos los relatos de Lovecraft, descubriríamos el verdadero temor que lo persiguió durante toda su vida: la soledad. Estar a solas con nosotros mismos, lejos de nuestros seres queridos, de nuestra familia, amigos o de la persona amada, es lo que refuerza la inquietud a que esos abismos insondables y profundos nos devoren.

 

Colaborador
Elena Romero (COLABORADOR): Estudiante de Lingüística, lectora con debilidad por la literatura juvenil y consumidora de historias turbias en todos sus formatos.
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