Charlando con Sara Sacristán sobre El jardín de infancia

La vorágine de publicaciones de la última década y, no lo vamos a negar, también las guerras del fandom, han hecho que El jardín de infancia y su autora, Sara Sacristán Horcajada, hayan pasado bastante desapercibidas por el escaparate de blogs, podcasts y otros canales que tenemos al alcance. Pero nunca es tarde para hablar de un buen libro, y menos de uno que se lee tan rápido y tan bien como este.

El jardín de infancia es una novela corta que no hace mucho ruido, pero quizá sea porque te deja sin aliento. Se ha ido moviendo en pequeños círculos, empujada por el boca a boca. «Léelo, léelo, es flipante», me han dicho diferentes personas en contextos distintos. Y tenían razón, pero no por lo que se cuenta en la sinopsis:

En el jardín de infancia los niños y niñas cuidan de sí mismos, organizados en una estructura jerárquica basada en un código de colores y asistidos por un complejo sistema automático que les dispensa la comida, la ropa, los libros, los juguetes… Todo funciona así porque así ha funcionado siempre. Hasta que las rutinas empiezan a fallar y su pequeña sociedad comienza a desmoronarse.

Quizá haya llegado el momento de salir al exterior, si es que existe algo más que el jardín de infancia.

Es difícil contar mucho más de la trama sin caer en el spoiler. Efectivamente, la novela nos presenta un gran habitáculo donde viven decenas de niños que se han criado solos. No solo han sido privados de afecto, sino que han establecido un sistema para que se organicen jerárquicamente… Quien coja la bandeja azul está al mando. Quien coja la bandeja azul come más. Quien coja la bandeja azul tiene algo que los demás no tienen… más posibilidades de sobrevivir.

En El jardín de infancia encontraremos una historia de supervivencia en la que lo primero que nos impacta es el estado en el que viven los niños, la crueldad del entorno, marcada por la enorme bola de nieve que se ha formado por la jerarquía de la comida. En una fase clave del crecimiento como es la niñez, la malnutrición condiciona todo el desarrollo.

Sara Sacristán relata el funcionamiento de este experimento hasta que, por causas desconocidas, deja de funcionar y entonces los niños tienen que plantearse salir de allí… sin saber siquiera lo que hay al otro lado. El protagonista se plantea decenas de preguntas, las mismas que quienes leemos, dirigidas en una dirección: por qué.

Lo flipante de esta obra no es la historia en sí, que quizá nos emplace a otras obras conocidas, sino las pocas concesiones que hace, por no decir ninguna. El estilo de la autora es afilado, sin florituras, tanto que puede oírse cómo araña las planchas de metal que conforman el edificio donde viven los niños. Se te clava y te desgarra con la crueldad de lo que describe, te deja los huesos al aire.

Y ahí, con todo, te mantiene en vilo hasta el final, un final que responde preguntas, pero no todas, que plantea otras, que da lugar a interpretaciones. ¿Qué hay tras El jardín de infancia? ¿Qué nos está queriendo decir realmente?

Hemos hablado con Sara Sacristán para que pueda darnos algo más de luz acerca de esta y otras cuestiones.

Hola, Sara, bienvenida a bordo. Hace ya muchos años que escribiste El jardín de infancia. ¿Cómo surgió la idea para esta novela?

Me encanta la pregunta, porque la forma en la que llegué a escribir la historia siempre me ha parecido curiosa: hace muchos años, cuando estaba aún en el instituto, escribí las historias de cuatro personajes, a modo de trasfondo, con la intención de usar luego esos personajes en una novela. Cada una describía un mundo distinto y narraba los primeros años de vida del personaje dentro de ese mundo. Además, la historia de cada personaje reflexionaba sobre un aspecto de nuestra sociedad que llevado al extremo podría resultar terrible: competitividad, consumismo… Una de esas historias era El jardín de infancia, aunque aún en un estado muy embrionario. Años después mi hermana me animó a revisar El jardín de infancia y enviarla a algún certamen de escritura. Y eso hice. Por eso le tengo tanto cariño a la novela. La escribí como una historia que sólo yo iba a conocer, para poder darle trasfondo a un personaje. Pero acabó siendo una historia en sí misma.

Para mí, uno de los mensajes principales ha sido cómo el fomento de la competitividad conforma una sociedad desequilibrada y desigual. ¿Podrían los niños haber elegido compartir?

No, no lo creo, porque todo en el jardín está diseñado para que los niños compitan entre ellos desde una edad tan temprana que no se plantean otra posibilidad. No era mi intención transmitir que de forma natural el ser humano tiende a la competitividad y la crueldad. Creo que cuando un ser humano nace tiene el potencial de convertirse en cualquier tipo de persona, y que es nuestra educación, lo que observamos y aprendemos durante nuestra infancia, lo que más influye para que al final seamos una cosa u otra. Los niños de El jardín de infancia no podrían haber elegido compartir o colaborar entre ellos porque nunca nadie les enseñó que esa opción existía. Toda su infancia se desarrolla en un ambiente en el que la competitividad es la única vía para la supervivencia. Además, es lo único que tienen para darle sentido a su vida porque si eliminan esa lucha constante… ¿qué les queda dentro del jardín? Nunca les han ofrecido nada más. Esa es también otra idea que quería transmitir (y tal vez esto sea un poco spoiler): que, tras esa competitividad, tras esa lucha constante por ser los mejores y que creemos que nos llevará al éxito, a menudo no hay nada que realmente tenga sentido.

La han comparado mucho con El señor de las moscas o incluso con Los juegos del hambre. ¿Qué influencias tiene realmente la novela?

Pues tengo que ser sincera: cuando plasmé por primera vez la idea de El jardín de infancia (y la idea básica en sí nunca cambió, aunque luego modificase partes de la trama) yo no había leído El señor de las moscas, y Los juegos del hambre ni siquiera se habían escrito, creo. Pero el tema de la naturaleza humana en entornos opresivos y de competitividad extrema no es precisamente nuevo en literatura. En ese momento yo devoraba libros de ciencia ficción distópica en los que la historia servía como base para la reflexión social. Así que supongo que intenté imitar todos esos clásicos de la ciencia ficción y escribir una historia sobre esos aspectos desagradables de nuestro mundo que me preocupaban a mí en ese momento (y me siguen preocupando): la desigualdad, la competitividad extrema que de forma sutil se nos inculca desde pequeños, el que para que unos pocos tengan mucho, muchos no tengan nada…   

La mayor parte de tu producción es de ciencia ficción, pero también ganaste el Premio Avalon de relato fantástico en 2010. ¿Tienes algún género predilecto a la hora de leer o escribir?

Ciencia ficción, sin duda. Incluso el relato con el que gané el Premio Avalon de relato fantástico era en realidad de ciencia ficción. Creo que todo lo que he escrito, salvo un par de relatos cortos como “La bestia” (fantasía) o “El final del laberinto” (terror), puede clasificarse dentro de ese género. También es lo que más leo, aunque no lo único. Me encanta también la fantasía, era lo que más leía en mi infancia y adolescencia, y disfruto mucho de las buenas novelas de misterio. De vez en cuando me obligo a salir de mi zona de confort y explorar otros géneros, pero tengo que admitir que de cada diez libros que leo, ocho son de ciencia ficción. Es el género que más se ajusta a lo que busco en la literatura: reflexiones sobre temas de nuestra realidad expresadas mediante otras realidades alternativas.

Con El jardín de infancia ganaste el Alberto Magno en 2011 y te seleccionaron varios relatos entre 2010 y 2013 para algunas de las publicaciones más relevantes de entonces, como eran el Visiones y el Premio «Ovelles Elèctriques». Ahora te han vuelto a seleccionar para el Visiones 2021. ¿Puedo preguntar a qué se ha debido este lapso?

Pues… a una etapa de muchos cambios y decisiones importantes en mi vida. En 2009 acababa de terminar la carrera (estudié Geología) y encadené un máster con un doctorado. Estaba convencida de que la investigación era lo mío, pero me equivoqué. Casi desde el principio necesité una vía de escape, y para mí esa vía de escape siempre había sido la literatura. Desde pequeña había querido escribir mis propias historias, y de hecho ya había escrito algunas (por aquel entonces el germen de El jardín de infancia ya estaba en uno de mis cuadernos), así que hice algunos cursos de literatura y finalmente combiné el doctorado con la carrera de Teoría de la Literatura y Literatura comparada. ¿Adivinas cuál terminé y cuál no? Mientras estudiaba literatura, entre 2010 y 2013, escribí muchos de los relatos cortos que logré publicar y rescaté El jardín de infancia para enviarlo al Alberto Magno. Pero acabé dejando el doctorado y eso trajo una época de cambios, decisiones… Tuve que reestructurar mi vida entera y decidí dedicarme a la enseñanza. Seguí leyendo, pero preparar unas oposiciones te absorbe y para la escritura quedaba poco tiempo… Casi me olvidé de lo mucho que disfrutaba con ella hasta que un día, ya trabajando de profesora, un tal Israel Alonso (Editorial Cerbero) me llama al trabajo y me dice que quiere publicar El jardín de infancia. Nunca podré agradecérselo lo suficiente, porque el gusanillo de la escritura volvió a mí. Desde entonces, aunque poco a poco, he intentado volver a escribir de forma regular. Además del relato que han seleccionado en el Visiones 2021 y de otro que escribí para una colaboración también el año pasado (Plasticidad, en Diseña y estructura tus personajes a nivel experto), he quedado finalista del XXXIII Alberto Magno (diez años después…) con otra novela corta, La singularidad. Así que espero que el lapso haya pasado.

¿Cómo ves el panorama literario de género fantástico ahora respecto a hace una década?

No soy ninguna experta, pero desde mi perspectiva de lectora (porque como escritora mi experiencia es aún muy limitada), percibo dos grandes diferencias. Primero, el género fantástico parece haber tomado algo más de relevancia en España, y no solo en el mundo literario. Muchas de las novelas que los jóvenes leen (aquellos que leen, claro…) son de género fantástico. Muchas series de televisión o películas se basan en libros de género fantástico. En las estanterías de las librerías el género tiene cada vez más espacio, se reeditan clásicos, aparecen editoriales dedicadas a estos géneros… Las redes sociales también han ayudado a dar visibilidad a las obras de fantasía, ciencia ficción y terror. Esperemos que no sea una moda pasajera.

La segunda diferencia es que, por suerte, cada vez hay más nombres femeninos en las portadas de los libros de género fantástico. Creo que el aumento del número de autoras es una tendencia general en toda la literatura, pero que por alguna razón ha llegado más tarde al género fantástico y de ciencia ficción, y en concreto a lo que se publica de este género en España. En los últimos años por fin hemos podido disfrutar en España de Becky Chambers, Martha Wells, y otras autoras que en el mundo anglosajón si tenían relevancia pero que no se habían traducido aquí. Y también hay cada vez más obras escritas por autoras españolas. Me alegra apreciar el cambio, aunque llegue poco a poco. 

Sara Sacristán recomienda Vencer al dragón: “Recuerdo que me fascinaron sus personajes, tan alejados de los arquetipos del héroe matadragones o la hechicera que yo estaba acostumbrada a encontrar en otros libros”.

¿Qué obras y autoras te han influido más como escritora?

Sé que no voy a ser precisamente original, pero Ursula K. Le Guin es la primera que me viene a la mente. Aun ahora cuando descubro que hay algo de ella que aún no he leído me emociono ante la perspectiva de hacerlo. Una de sus obras que más me ha influido es El nombre del mundo es bosque. Recuerdo que fue una de las primeras novelas que me ayudó a reflexionar acerca de la propia literatura, a darme cuenta de cómo se podían contar historias con un trasfondo y una reflexión tremendas (ecologismo, esclavitud, explotación descontrolada de recursos) de una forma hermosa.

Si echo la vista un poco más atrás, hacia mi adolescencia, la primera vez que pensé “Yo también quiero escribir estas historias tan chulas” fue con novelas juveniles como Finis Mundi o Crónicas de la Torre de Laura Gallego García. Ver en la portada el nombre de una autora, y encima española, me animó mucho.

Otra obra que también me hizo reflexionar mucho fue Vencer al dragón, de Bárbara Hambly, que leí al final de mi adolescencia de pura casualidad, porque la encontré buceando en la biblioteca de mi barrio. Recuerdo que me fascinaron sus personajes, tan alejados de los arquetipos del héroe matadragones o la hechicera que yo estaba acostumbrada a encontrar en otros libros.

Y mejor lo dejo ya, porque cuanto más lo pienso más nombres me vienen a la cabeza, y como soy una escritora novata, sigo recibiendo influencias maravillosas cada día: Elia Barceló, Rosa Montero, Becky Chambers, Martha Wells, Connie Willis, Diana Wynne Jones

¿Tendremos más historias de Sara Sacristán? ¿Estás trabajando en alguna?

Eso espero. La singularidad, la novela que acaba de quedar finalista en el Alberto Magno, es la primera novela corta (o relato largo, según se mire) que he logrado terminar desde que volví a escribir de forma más constante. Escribo muy lento y soy mi peor crítica, por lo que paso mucho tiempo reescribiendo. Pero sí, estoy trabajando en una nueva historia y tengo muchas otras que de momento solo son apuntes en mis cuadernos. Espero lograr escribirlas algún día.

Muchas gracias, Sara. Por muchos más éxitos.

Laura S. Maquilón
Laura S. Maquilón (Novedades/Fichas de autoras): Escritora ofídica. Correctora y diseñadora profesional. Reseñista en Más que veneno y Libros Prohibidos. Coorganizadora de la iniciativa #LeoAutorasOct. Le gusta soñar con mundos mejores. Desvaría en Twitter.

 

Tras estas palabras, todavía recomiendo más la lectura de esta novela corta. Y, si hay algune editore que haya llegado hasta aquí, espero que La singularidad pueda ver pronto la luz.

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